Desde lejos el proceso revocatorio de la presidente Dilma Rousseff en Brasil puede verse como un espectáculo. Los debates en el Congreso, con parlamentarios disfrazados, portando carteleras y pronunciando arengas de un minuto para anunciar su voto, que confirman el enunciado garciamarquiano de que Brasil es el país más grande de El Caribe. Como fondo, las coloridas y masivas manifestaciones de simpatizantes de cada bando en las principales ciudades del país. De cerca –me cuentan los amigos brasileños– la desazón y la impotencia de ver un país paralizado de cuenta del conflicto político.
Es muy probable que Dilma no esté pagando sus propias faltas sino las de su partido y su antecesor. Y, como pasa siempre con la corrupción, se le está castigando...