Como directivo de la Universidad de Antioquia (Vicerrector General 1986 – 1987 y Rector 1992 – 1994) afronté enormes retos no académicos, fruto de la degradación del conflicto. Bajo el principio de la defensa de la universidad pública como patrimonio de la sociedad, valió la pena asumirlos. La Alma Máter ha vuelto a tener un imaginario positivo en los antioqueños. El esfuerzo continuado de muchos más rectores para ello, valió la pena.
Pero tuve momentos muy tristes. Destaco dos que aún no supero emocionalmente: la desaparición forzada de un líder estudiantil y el asesinato de uno de los vicerrectores. Ambos de orillas ideológicas distintas, pero demócratas. Un atentado a la pluralidad que debe ser un principio irrenunciable de la vida social...