Encuentran rastros de los primeros pobladores de América en una caverna de Río Claro
El hallazgo de 2.000 piezas arqueológicas con más de 3.600 años de antigüedad en Puerto Triunfo revela el paso de los primeros pobladores de América por el Magdalena Medio.
El vigilante de una reserva natural privada hacía su ronda habitual en pleno cañón de Río Claro, Magdalena Medio antioqueño, cuando el calor de ese sofocante bosque húmedo lo llevó a buscar refugio en la entrada de una formación rocosa que los lugareños conocían de tiempo atrás. Al internarse unos pasos, notó entre la hojarasca fragmentos que no eran piedras comunes: trozos de vasijas de cerámica quebrados, con bordes trabajados e incisiones ajenas al entorno natural.
Advirtió la rareza del hallazgo, recogió con cuidado algunas muestras en sus manos e informó de inmediato a los directivos de la empresa.
El sitio del descubrimiento no es una cueva ordinaria. Se trata de la caverna El Guardián, un sistema kárstico —paisaje formado sobre rocas— de unos 70 metros de altura, conformado por cuatro niveles dentro de un imponente bloque de mármol y calizas que pertenecen a la formación geológica Cajamarca.
Tampoco es cualquier cañón, la caverna hace parte de la cuenca de Río Claro, una corriente de aguas verdes y diáfanas que dejan ver las enormes losas de mármol que se extienden en su lecho en medio de la exuberancia de la selva. El río nace en lo alto del municipio de San Francisco y desemboca en la margen izquierda del Magdalena.
Luego de la investigación y la densidad de evidencias recuperadas, la caverna fue incorporada al Atlas Arqueológico de Colombia.
“Un trabajador un día se puso a mirar bien unas piedritas que veía en el suelo y se dio cuenta que eran cerámicas”, dice Yadira Ospina Ríos, directora de desarrollo organizacional de la empresa Microminerales, propietaria de la reserva.
La noticia activó de inmediato los protocolos de arqueología preventiva que la minera —presente desde hace más de 20 años en el sector— venía adelantando. La empresa contactó al equipo científico de la Corporación Gruta, entidad especializada que ya había realizado levantamientos e inventarios arqueológicos en la región.
Tras una evaluación preliminar que constató el altísimo potencial del yacimiento, dieron aviso al Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) a principios de 2025. Una vez evaluado el expediente científico, el Icanh dio las licencias de intervención en julio de ese año, dando inicio a la excavación y al rescate del montón de piezas que empezaron a aparecer.
Aún los investigadores no sabían que lo que arrancó como una simple ronda de vigilancia rutinaria terminó por desenterrar pistas sobre las rutas de tránsito, las prácticas rituales y los patrones de asentamiento de los primeros pobladores que remontaron el valle del río Magdalena e ingresaron a Antioquia.
Un ‘laboratorio’ de herramientas
La primera fase de la exploración consistió en la elaboración de una planimetría detallada y un dibujo tridimensional de la caverna. Con el fin de no perder la contextualización de las piezas, la cueva fue dividida en una cuadrícula de unidades de dos por dos metros. Cada elemento recolectado fue georreferenciado mediante receptores GPS de alta resolución, asignándole un código para cartografiar con las áreas de actividad humana.
Los resultados del rescate arqueológico superaron cualquier expectativa. En total, se inventariaron más de 2.000 evidencias arqueológicas prehispánicas —con concentraciones en superficie que alcanzaron cerca de 3.000 fragmentos recuperados en la fase inicial— que abarcan un periodo superior a los 3.600 años de antigüedad.
Entre los vestigios desenterrados sobresale una variedad de alfarería que documenta distintas etapas de evolución cultural y tecnológica. La excavación sacó a la luz recipientes de uso doméstico como ollas de cocina, cuencos de almacenamiento y vasijas llanas para la preparación de alimentos.
A medida que los investigadores ingresaban a sectores más profundos y oscuros, la tipología cerámica cambió hacia objetos más sofisticados: tinajas con complejas incisiones geométricas en sus bordes, fragmentos con pintura ritual y hasta una singular pieza cerámica que conserva la figura de un pequeño ser antropomorfo o “muñequito”.
Mateo Lalinde Osorio, gestor cultural de la Corporación Gruta, dice que la división del espacio subterráneo reflejaba una separación entre la cotidianeidad y lo sagrado: “Acá —señala el ingreso a la cueva— era un poco más doméstico y allá —indica hasta donde llega la luz— era el espacio ritual”.
Al llegar al tercer nivel de la caverna, Lalinde explica la dinámica de las ceremonias que allí se celebraban: “En este tercer nivel encontramos cerámica y una cuenta de collar, que es una piedrita tallada, pulida, que nos da cuenta de que tenían una ritualidad. Llevaban la cerámica y la ofrendaban a sus espíritus y a sus maestros; llevaban bandejas, ollas y algunas las quebraban, las tiraban al suelo, como matándolas, ofreciéndolas a sus espíritus”.
Ese ritual o “matanza” simbólica de las vasijas explica la enorme acumulación de fragmentos que cubrían el piso del tercer nivel. Las evidencias no se limitaron a la arcilla modelada. La investigación halló piedras de molienda desgastadas por el uso continuo, instrumentos utilizados por las antiguas comunidades para triturar semillas, pigmentos minerales y hierbas medicinales.
La excavación alcanzó la formación de mármol que dejó al descubierto piezas quemadas con tonos rojizos intensos, lo que sugiere el contacto prolongado con fogones. Otro descubrimiento de trascendencia fue la identificación de un taller de manufactura lítica. En el suelo de la cueva había cientos de lascas, percutores, núcleos y cuchillas cortantes elaboradas sobre piedras.
El dato resulta revelador desde el punto de vista geológico, porque el cañón de Río Claro está compuesto exclusivamente por mármoles y rocas calizas, lo que demuestra que los antiguos habitantes no obtenían la materia prima en la cueva, sino que la transportaban desde las playas del río Magdalena o de cuencas vecinas para tallar sus herramientas de trabajo dentro del refugio.
Los primeros americanos
La investigación en la caverna El Guardián confirmó una hipótesis que los arqueólogos investigaban desde hace más de una década. Los hallazgos en los niveles más profundos y antiguos de la cavidad no solo pertenecen a comunidades alfareras de hace 3.600 ó 4.500 años, sino que se remontan al periodo de poblamiento temprano de América, unos 11.000 años atrás.
El director científico de Gruta, el arqueólogo Luis Guillermo López Bonilla, dijo que el yacimiento es un hito arqueológico: “Esta caverna nos ayudó a encontrar algo que no habíamos visto antes, pero que veníamos buscando. Y son los primeros pobladores de América. Son los artefactos que tienen que ver con la primera oleada de humanos que pasaron por el continente que únicamente tenían una tecnología de piedras talladas utilizadas en actividades de caza y de pesca”.
Las teorías de poblamiento continental sostienen que los primeros grupos de cazadores-recolectores continentales ingresaron al interior del territorio colombiano remontando el curso del río Magdalena. Se conocían evidencias arqueológicas tempranas de hace 16.000 años en Pubenza (Cundinamarca), de 12.400 años en las cavidades y abrigos rocosos de El Abra y Tequendama en el altiplano cundiboyacense, y rastros en Puerto Berrío. Sin embargo, persistía el vacío sobre la ruta que utilizaron aquellas familias para ascender desde las tierras bajas del Magdalena e internarse en la cordillera central antioqueña.
“Por muchos años estuvimos con la hipótesis de que en alguna de las cavernas de este ecosistema kárstico de Río Claro se habían dado ese tipo de ocupantes humanos, pero solamente en esta caverna encontramos un sitio estructurado donde vemos que hay un taller en el que se fabricaban esas herramientas”, dice López.
El arqueólogo explica que la morfología y las técnicas de retoque de los cuchillos y lascas hallados en El Guardián son idénticas a las tallas encontradas en El Abra. Es decir, la cueva funcionaba como un campamento desde el cual los cazadores organizaban jornadas de cacería de fauna silvestre, aprovechando la protección natural que ofrecían los paredones de mármol.
Con el paso de los milenios, la función de la cueva cambió. De refugio de bandas nómadas de cazadores pasó a ser la morada de grupos asentados y, finalmente, un santuario de culto ancestral.
“Acá donde estamos sentados —en lo profundo de la caverna, mientras conversamos a la luz de linternas gigantes— era el lugar de vivienda de las personas que hacían los rituales. Dentro de la realización de rituales acá vivía una pequeña familia que sin duda estaba liderada por una persona que tenía un rango espiritual importante en su comunidad y era quien cuidaba, era el guardián de la caverna, por eso el nombre”.
Para evitar que el sitio sufra impactos por la minería ilegal, la guaquería o la deforestación, se creó un plan de manejo arqueológico. Como parte central de este plan y de los programas de apropiación social de la ciencia, Microminerales y la Corporación Gruta proyectan la construcción de un aula de interpretación ambiental en la reserva de Puerto Triunfo. En este espacio museográfico se exhibirán las vasijas, herramientas líticas y la figurilla rescatadas, acompañadas por fichas pedagógicas e itinerarios sobre la biodiversidad local.
“La idea es generar un aula de interpretación ambiental donde puedan convivir tanto la exposición de lo encontrado en las cavernas como la exposición de todo lo que es la flora y fauna que se está protegiendo en las zonas de conservación”, dice Yadira Ospina.
El arqueólogo López dice que, como ningún otro lugar, las cavernas son los lugares receptores de la memoria del planeta: “Este hallazgo demuestra que el sitio no se puede tocar, que debe quedar excluido de la minería y que toda actividad que se desarrolle debe estar planificada y regulada”.
Dice Werner Herzog en el documental Into the Inferno, sobre la fuerza destructiva de los volcanes, que el universo es monstruosamente indiferente a la presencia del hombre. Esa misma indiferencia, la del tiempo frente a lo humano, se repite dentro de la caverna: junto a la formación monumental de mármol prehistórico, moldeada durante milenios, las piezas arqueológicas que registran la vida humana lucen insignificantes.
Bloque de Preguntas y Respuestas
- ¿Qué antigüedad tienen los restos arqueológicos encontrados en la caverna El Guardián?
- Los hallazgos abarcan más de 3.600 años de antigüedad y, en los niveles más profundos, existen evidencias que los investigadores sitúan alrededor de 11.000 años atrás. Ambas antigüedades corresponden a diferentes momentos de ocupación de la caverna.
- ¿Qué objetos arqueológicos encontraron en la caverna El Guardián?
- Se encontraron más de 2.000 evidencias arqueológicas prehispánicas, entre ellas fragmentos de cerámica, ollas, cuencos, tinajas, piedras de molienda, cuentas de collar, percutores, núcleos, lascas y cuchillas de piedra. También apareció una pieza cerámica con la figura de un pequeño ser antropomorfo.
- ¿Qué evidencia relaciona El Guardián con los primeros pobladores de América?
- Los arqueólogos encontraron en los niveles más antiguos herramientas de piedra asociadas con actividades de caza y pesca. Según el director científico de la Corporación Gruta, sus técnicas de talla y retoque son similares a las herramientas encontradas en El Abra, lo que aporta evidencia sobre una posible ruta de desplazamiento de los primeros pobladores desde el valle del Magdalena hacia el interior de Antioquia.