Fonda que resistió al embate de un siglo y dos guerras en el Suroeste está en riesgo de cerrar
Es la más antigua de la región, según su propietario. Queda en la vereda San José de Urrao. Sus dueños se cansaron y la tienen a la venta.
La fonda La San José —que según su administrador y copropietario es la más antigua del Suroeste antioqueño— cumple 100 años en este 2026 y justo al alcanzar un siglo tiene incierto su futuro después de sobrevivir tanto tiempo y de superar dos oleadas de violencia.
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El negocio está ubicado en la vereda San José, de Urrao, famosa por los paisajes hermosos en los que se logra un encuadre que combina las montañas de un verdor exuberante con la vista del valle que forma el serpenteante y café del río Penderisco.
La zona es el balneario natural de los habitantes de este recodo del Suroeste antioqueño y queda a solo diez o quince minutos desde el casco urbano de Urrao, por una carretera perfectamente pavimentada que termina en el municipio de Betulia.
Cuenta César Augusto Moreno, el actual administrador y miembro de la familia que tiene La San José hace más de siete décadas, que el negocio fue fundado en 1926 por Mariano del Corral Villa, un descendiente de españoles que habían llegado a la región provenientes de Santa Fe de Antioquia. Esta estirpe era dueña de la mayoría de las tierras de Urrao, entre ellas las haciendas San Dimas y El Espinal.
“En ese tiempo era una posada, un sitio de paso para campesinos, arrieros y comerciantes hacia las vías de Altamira, El Carmen y Pabón. Altamira era importante porque era el camino hacia el Cauca, Cangrejo y el municipio de Betulia”, cuenta César.
Hoy día uno solo se gasta poco más de cinco minutos en carro para llegar desde el pueblo hasta la fonda, pero en aquellos tiempos el recorrido, en mula, distaba poco más de dos horas y ni qué decir del lapso que transcurría entre Urrao y Betulia, que se gastaba dos días aproximadamente con las respectivas mercaderías, y eso si el camino estaba bueno y las mulas no se resabiaban, en tanto que hoy puede hacerse en dos horas en carro.
El papá la compró sin tener ni un céntimo
El papá de César, don Guillermo Moreno, se empleó desde un principio en la fonda. Le tocaba lavar la loza del restaurante donde atendían a quienes se hospedaban acá para descansar en medio del viaje extenuante. Pero como los patrones lo vieron creativo y echado pa’ lante, le permitieron después despachar mercados y tener un contacto más directo con la clientela.
En la época de la Violencia, el Suroeste fue escenario del enfrentamiento entre liberales y conservadores. Municipios cafeteros como Andes, Jericó, Concordia, Betania, Ciudad Bolívar, Salgar y Támesis vivieron asesinatos políticos, desplazamientos forzados y persecuciones partidistas hacia familias por el solo hecho de simpatizar con el partido contrario.
Ese conflicto se sintió también en las veredas del área rural comprendida entre Betulia y Urrao, que tenían una influencia conservadora fuerte. En ese contexto fue que los chulavitas —las guerrillas conservadoras— saquearon y convirtieron en cenizas La San José.
Después de eso, los Villa del Corral restauraron la edificación manteniendo la tapia original, que no sucumbió ante el incendio, pero cambiando el techo y otras partes de madera.
Posteriormente decidieron venderla y los finqueros amigos les echaron el cuento de que le vendieran a don Guillermo, el dependiente aventajado. El argumento era que este ya tenía una parcela de una cuadra que había comprado al lado y le sobraba empuje para mantener el establecimiento a flote.
Aunque la mayoría de ellos eran conservadores, contrario a don Guillermo, quien profesaba ideas liberales y no contaba con un céntimo, los mismos finqueros le sirvieron de fiadores. Esto fue en octubre de 1953 y la transacción se hizo por 800.000 pesos que era un platal para esas calendas, por lo que terminó de “matar la culebra” apenas en 1974, es decir, más de dos décadas después.
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El patriarca de los Moreno convirtió el hospedaje y sitio de abastos en un negocio próspero con el que crió a sus siete hijos. Él mismo lo manejó hasta 1995, cuando lo arrendó pasando en un corto tiempo por dos administraciones diferentes de extraños.
En esa misma década el viejo, que no era todavía tan viejo y poseía gran olfato para hacer plata, fue uno de los pioneros —junto con Guillermo Sepúlveda— de los cultivos que hicieron de Urrao una potencia mundial en producción de granadilla, una bonanza que duró poco pero dejó huella en el pueblo, donde hoy se ve un resurgir.
El “niño de la casa” se hizo cargo del local
En 1997, César, el menor de los vástagos de don Guillermo, tomó las riendas de La San José y fue a él al que le tocó lidiar con el siguiente cierre por la segunda oleada de violencia.
César recuerda que el 4 de febrero del año 2000, a la una de la madrugada, un comando de paramilitares arribó y le “limpió” el establecimiento llevándose absolutamente toda la mercancía, luego, como de remate, le lanzaron una sentencia tajante: “El cierre es hasta nueva orden, se me va de aquí”; posteriormente como para despejar cualquier duda de que tocaba obedecer, bloquearon el acceso a una amplia zona rural inmovilizando cinco vehículos, entre ellos un bus y tres taxis, ejecutando a sus ocupantes. Quemaron los automotores y dinamitaron el puente sobre la quebrada La Honda, según el recuento que hizo el portal Verdad Abierta. Los muertos fueron trece.
Ya antes, el 28 de abril de 1998, un grupo armado conformado por unos 300 hombres vestidos con prendas de uso exclusivo de las Fuerzas Militares y —se determinó que fueron de las autodefensas— habían incursionado en el corregimiento La Encarnación y tras incendiar el puesto de policía mataron a diez personas que iban en un bus escalera. Posteriormente aplicaron el pillaje dentro de las casas y tiendas forzando las puertas para llevarse la mercancía y cuanta mula o caballo se les atravesó. Después siguieron hacia la vereda El Maravillo y asesinaron a once personas más.
La fonda La San José estuvo en receso alrededor de cinco meses y César se refugió en el cultivo de tomate y plátano, así como en la crianza de animales para sobrevivir.
Pero aún con esos episodios de dolor, lo que más destaca el comerciante son las escenas picarescas que habrían acontecido en La San José, como los rumbones que armaban Rigoberto Urán y sus amigos en la época en que se dedicaba al azar y el ciclismo apenas atisbaba por su vida.
“Él venía a entrenar y a rumbear a la fonda cuando todavía vendía chance en Urrao”, relata César. Don Guillermo también contaba con frecuencia que hasta el propio Cosiaca, ese legendario cuentero y tramposo, protagonista de distintas leyendas de la historia de la colonización paisa, estuvo por acá.
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La historia local habita en las paredes de La San José
El local tiene la apariencia añeja de las casonas pueblerinas, lleno de puertas y ventanas de madera por todos lados por donde entra gente y mucha luz; el techo está hecho de tejas de barro cuya edad se refleja en algunos visos de moho. Son, según César, más o menos 450 metros cuadrados.
La decoración acaba de completar la atmósfera campechana que transporta a la época en que los caballos eran el vehículo por excelencia para llevar las mercancías entre los pueblos, y en vez de carreteras había trochas destapadas, siendo fondas como esta el alivio de los arrieros después de una jornada ardua de trabajo.
Las mesas están hechas de madera antiquísima, y burda, con perfiles irregulares dependiendo de cada árbol del que salieron, lo que le da un toque de autenticidad al sitio. Las sillas son en el mismo material, igual que el mostrador y hasta la estantería en comino crespo. Pero esto además se completa con el piso encementado y con la inmensidad de las puertas y ventanas.
También hay imágenes que muestran parte de la historia local. Por ejemplo una foto es del capitán Franco y “el Míster”, dos jefes de las guerrillas liberales en la década de 1940 a 1950 muy reconocidos en el Suroeste y el Occidente antioqueño.
Igualmente llama la atención la estampa de un concurso de pesca en el Penderisco, tomada por don Guillermo en 1955 y una más correspondiente a una visita que hizo Álvaro Uribe Vélez hace 18 años, cuando todavía habitaba la Casa de Nariño.
Este es el presente, ¿y cuál será el futuro?
Hoy día la fonda abre los siete días, entre las ocho de la mañana y las diez u once de la noche y hasta más tarde si es necesario, pues el establecimiento funciona como restaurante bar —podría decirse que también como minimercado—. Así, combina la clientela de los alrededores, que llega a abastecerse de los granos, el aceite, los huevos, leche u otros productos para alimentarse, con la atención a turistas que arriban desde otras latitudes atraídos por la belleza del pueblo y los propios habitantes de Urrao y Betulia que tienen este sector como sitio de paseos y escapadas vespertinas para tomarse unos guaros.
Entre semana la atienden César, su novia, Sandra Contreras, y otra persona, pero fines de semana y puentes festivos se requieren cinco, seis y hasta siete trabajadores
Los planes de venta se originaron en dos motivos: por una parte, los hermanos que tienen parte quieren monetizar lo suyo, pero también César, con 53 años y sin descendientes directos a la vista, dice estar cansado porque este tipo de establecimientos precisan de una dedicación 24/7 ya que el cliente se percata de la mano del dueño y se siente mejor cuando este mismo le sirve un tinto o se acerca a preguntarle cómo lo están atendiendo.
César generalmente permanece detrás del mostrador o en la registradora y si la clientela no es abrumadora cumple el papel de mesero, revoloteando de un lado para otro. Siempre va sonriente y entabla diálogos cortos con los comensales.
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“Estos negocios son muy buenos, pero lo desgastan mucho a uno. Hay que trasnochar y estar pendiente uno mismo para poder que funcione. Si yo me muevo, la gente viene y pregunta dónde está César”, dice.
En cuanto al resto de los hermanos, aunque sí han manifestado su pesar de que el legado de su papá pueda desaparecer, ninguno da señas de querer continuar con la fonda. Es más, otro de ellos tiene una finca hotel y también la quiere vender porque desea descansar después de una vida de trabajo.
Dos más laboran en Medellín como auxiliar de odontología y dependiente de una entidad financiera, más otro que padece una discapacidad visual; tampoco estarían dispuestos entonces a cambiar sus vidas actuales para enclaustrarse en La San José.
La gran incógnita entonces es en manos de quién quedará la fonda y si ese nuevo dueño estará interesado en preservar una tradición centenaria manteniendo el negocio abierto o simplemente lo compraría la propiedad para otro tipo de desarrollo económico.
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