Antioquia

La finca en la Loma de los Benedictinos, en Envigado, que se resiste a ceder al urbanismo

Este exclusivo sector de Envigado, en límites con El Poblado, dejó de ser rural para recibir lujosos edificios y condominios. Esta es la historia de Cecilia Vasco, una mujer que se rehúsa a seguir el camino de muchos de sus vecinos: vender.

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La primera entrevista que hice, a los 8 años de edad y con la ayuda de mi padre, fue al futbolista Andrés Escobar. Desde ese día no he dejado de hacer preguntas, ni de amar el periodismo. Soy egresado de la Universidad de Medellín.

hace 6 horas

Bastaron 100 metros de distancia para percibir en Cecilia cierta predisposición para hablar de su finca campesina, la última sobreviviente de la Loma de los Benedictinos, un exclusivo sector de lujosos condominios de casas y pomposos edificios en Envigado.

—Quiero que me cuente la historia de la casa, le dije.

Aclararle una y otra vez que no era un comprador, fue insuficiente.

—Soy periodista y quiero saber cómo ha hecho para mantenerse aquí, le insisto.

Cecilia Vasco, como me afirmó llamarse la mujer de unos 70 años, nació y creció en la propiedad de colores blanco, verde y naranja, de un solo piso, con un amplio deck, dos muebles cafés sin espaldar, una banca, dos puertas, techo y tres ventanas de madera con abarrotes verticales en igual material.

Es una típica casona antioqueña, de aquellas de arrieros con postes para amarrar las bestias, alejadas de la civilización. Esta, la de Cecilia, persiste hace un siglo en medio del tráfico abrumador y las construcciones de viviendas modernas y hoteles.

“Apartamentos desde $11.300.000 el metro cuadrado”, se lee en un aviso cerca de la estatuilla de una virgen que recibe a los visitantes de la finca. Más al oriente, a pocos metros, se ven los vestigios de otra, la penúltima en resistir, y que ya es una simple referencia para promocionar un nuevo proyecto urbanístico.

Siguiendo la loma, rumbo al Alto de Las Palmas, cerca a la finca de Cecilia, se empiezan a ver inmensas villas de conjuntos cerrados, algunas nombradas con el adjetivo de “hacienda” y el apellido de la familia que vendió el terreno. Solo eso queda de aquellas casonas: un apellido.

Los Benedictinos, o aquel sector del barrio Zúñiga, era habitado por no más de cinco familias: las más representativas: los Rozo, los Castañeda, los Mora, los Londoño y, por su puesto, los Vasco.

Detrás de una de las ventanas, sentada y a la sombra, donde apenas puedo ver su rostro, Cecilia me cuenta que su padre, Luis María, construyó la casa.

Allí vivió su infancia, su adolescencia entre fincas, árboles de mango, rieles y animales en una familia numerosa, con un padre laborioso y una madre dedicada a los menesteres del hogar.

—Esto era muy diferente a hoy. Solo eran mangas por donde corría feliz, dice.

En esta, la de Cecilia, aún se aprecia el establo. Hasta hace poco los vecinos veían las vacas pastar.

—Era de mi hermano, pero él salió de ellas, porque tiene muchos dolores en las rodillas, cuenta.

Las nueve habitaciones de la propiedad, que luce impecable y conserva su arquitectura original, son habitadas por Cecilia y tres hermanos, dos mujeres y un hombre.

Cuentan vecinos de la zona que constantemente se ven personas bajarse de vehículos de alta gama y tocar el timbre que está debajo del aviso de “cremas a $1.000” para preguntar si está en venta o arriendo.

“Hay inversionistas que quieren poner ahí un restaurante o cantinas. Otros, por supuesto, construir hoteles o edificios de apartamentos”, cuenta un vecino de la propiedad.

Juan Carlos Montoya, asesor del Plan de Ordenamiento Territorial del Departamento Administrativo de Planeación (POT) de Envigado, comenta que ya los vecinos de Cecilia, propietarios de casas como la de ella, las vendieron, no hace menos de 5 años. Seguían aguantando, pero desistieron.

“Allí, (contiguo a la de Cecilia) van a hacer un hotel. Muy seguramente, y entre muy poco, esa casita también la van a vender”, acota Montoya, refiriéndose a la vivienda de Cecilia.

Ruralidad urbana

La comunidad de los Monjes Benedictinos de Santa María de la Asunción llegó al barrio Zúñiga de Envigado en 1954, proveniente de Monserrat, España. Fue en ese año cuando el nombre del sector comenzó a institucionalizarse.

Una de las fincas de la zona, la de don Bernardo Mora, diagonal a la de Cecilia, recibió a este claustro religioso que luego sería un colegio, uno de los más importantes y reconocidos del Valle de Aburrá. Montoya explica que desde hace más de 50 años Benedictinos es suelo urbano y que no se había desarrollado porque no tenía infraestructura de servicios públicos.

A partir de 1990, agrega, se empezó a construir la red de acueducto y alcantarillado de esa zona por el sistema de valorización.

“Todos los desarrollos viales que se fueron dando desde la avenida El Poblado hasta el colegio Cumbres fueron desarrollados por los urbanizadores a medida que iban llegando a a construir con lo que llamamos vías obligadas”, asevera Montoya.

De la misma manera, anota el funcionario, “proyectos, desarrollos y sectores como La Abadía, El Esmeraldal, Cumbres, las vías, las redes de servicios públicos fueron construidas y pagadas por urbanizadores o por el sistema de valorización”.

Natalia Castaño, directora del Instituto de Estudios Urbanos (Urbam) de Eafit, precisa que la expansión urbana de Envigado está agotando su suelo rural y borrando las huellas de una economía agrícola familiar. Relaciona que se perdió la oportunidad de conservar casas, similares a la Cecilia, como espacios colectivos de memoria e identidad.

“Esta casa es un símbolo de la manera como se expande Envigado desde finales de los ochentas, noventas. De que el periodo rural, y esa ocupación de las lomas, está llegando a su fin. Culmina una etapa muy intensiva y deficitaria en algunos aspectos relacionados con el espacio público, los equipamientos y la dependencia tan alta del vehículo y de las zonas, predominantemente privadas”, expone.

Castaño reconoce que el hecho que no existan esas huellas de lo que fue una parte de la ciudad mucho más enfocada a la producción agrícola de pequeños predios, de tener algunos animales, vacas, gallinas alrededor de lo que eran estas fincas demuestra que hay una presión muy alta por ese suelo.

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“Hubiera sido interesante que una lógica de ocupación de estas lomas, de estas laderas, contemplara dejar huellas de lo que fue hasta hace muy poco: una condición más rural, productiva de pequeña escala, de núcleos campesinos, familiares que le dieron sentido y le impregnaron base a la economía de la familia y del municipio”, dice.

Desarrollo urbanístico

Daniel Suárez es un escritor y periodista de las entrañas de Envigado. Reflexiona que su municipio y todo el Valle de Aburrá debe equilibrar el desarrollo con la preservación de su memoria y patrimonio. Destaca esfuerzos institucionales y ciudadanos valiosos, pero cree que se requiere mayor decisión política y apropiación comunitaria para conservar estos espacios.

“Envigado tiene un valor, y es que sus casas más antiguas las ha conservado y las ha apropiado, y son patrimonio, por ejemplo, la Casa de la Cultura y Casa Blanca, la casa de Débora Arango, que son las dos haciendas más antiguas del municipio, de más de 200 años. Pero también ha perdido espacios importantes, y creo que no solamente le pasa a Envigado, sino al Valle de Aburrá, y a Antioquia entera”, apunta.

En Medellín, límites con Envigado, para arquitectos y docentes como Luis Fernando González, el patrimonio urbanístico fue devastado y lo que persiste está deteriorado y, en muchos casos, mal preservado por particulares.

Para Suárez, el desarrollo inmobiliario debe conversar con el cuidado por la memoria y eso se ha perdido. No obstante, rescata los esfuerzos, no solamente que desde la municipalidad, no solo de Envigado, sino de otros lugares que tratan de conservar esa memoria.

“Hace falta mucha intención y decisión política para conservarlas (las casas patrimoniales), y, por supuesto, la memoria de la gente. Para muchas personas que viven en Envigado, su vida ocurre en Medellín. Es decir, su dinámica social y cotidiana es en Medellín. Entonces, esta se convirtió en ciudad dormitorio. Y eso hace que no haya una apropiación por la memoria”, señala.

Suárez lamenta que esa memoria no se conserve y que, para conservar un lugar, tenga que haber una gestión alrededor de que haya una declaratoria, es decir, que se convierta en patrimonio y que tengan que interceder otras instituciones, como el Ministerio de Cultura.

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“Como esta casa del sector de los Benedictinos hay muchas más que se están perdiendo. Por eso es importante la apuesta institucional”, aclara y pone como ejemplo de lo que se puede hacer desde las alcaldías, la casa del escritor Fernando González, que también es patrimonio, diseñada por Agustín Goovaerts, y que se va a convertir en un centro cultural, así como la de la pintora Débora Arango, en procesos permanentes de protección y restauración.

“Creo que eso es un asunto en conjunto entre la ciudadanía, la vecindad y las instituciones, y eso es lo que hace que estos espacios se conserven. Y hay un asunto también, que es dónde vamos a vivir. Ojalá hubiera una intención de conocer qué es lo que hay alrededor, y eso es lo que no tiene la ciudadanía”, acota.

El furor por vivir en Envigado

Vivir en Envigado se ha convertido en privilegio y anhelo. En sus 7.936 hectáreas confluyen estratos 3, 4, 5 y 6, desde vecindarios alegres y populares que enmarcan el jolgorio paisa, hasta parcelaciones campestres de mansiones.

Según La Lonja Propiedad Raíz, en 2025 este municipio del sur del Valle de Aburrá fue el segundo, después de Rionegro, en tener la tierra más valorizada de Antioquia, con un 7,5% de crecimiento.

En Envigado, 1.633 hectáreas corresponden a suelo urbano o de expansión, que es el que se puede desarrollar, y 6.300 hectáreas de suelo rural.

A 2026, la densidad poblacional en el suelo urbano es de 170 habitantes por hectárea, y en el rural es de, aproximadamente, dos personas por hectárea.

Envigado (7,5%) y La Ceja (7,1%) fueron los municipios con mayor valorización del suelo en 2025, liderando el comportamiento del mercado en el departamento.

El valor de la tierra de Cecilia y su familia puede ser alto. Incluso, con la venta, quizá le daría para vivir en el penthouse de una torre aledaña, decisión que tomaron tantos vendedores de sus fincas en zonas rurales absorbidas por lo urbano.

Pero la vida de Cecilia parece suspendida en el tiempo. No le importa que a su alrededor todo gire velozmente. No la seducen las propuestas millonarias ni presume por los coqueteos y fotos de transeúntes y turistas en su propiedad.

Para ella no hay dinero que pague los recuerdos, los valores y la tradición.

—Aquí me quiero quedar, si Dios me da vida, muchos años más, concluye, hastiada, quizá, por la misma pregunta que tantas veces le han hecho.

Preguntas frecuentes

1. ¿Quién es Cecilia Vasco y por qué su finca es particular en Envigado?

Cecilia Vasco es una mujer de unos 70 años que nació y creció en una finca campesina de la Loma de los Benedictinos, en Envigado. Su casa, de arquitectura tradicional antioqueña, es una de las últimas viviendas rurales que permanecen en un sector que ha sido transformado por condominios, hoteles y edificios.

2. ¿Dónde está ubicada la finca campesina de Cecilia Vasco en Envigado?

La finca está ubicada en la Loma de los Benedictinos, en el sector de Zúñiga, Envigado, cerca del corredor hacia el Alto de Las Palmas. La propiedad se encuentra rodeada actualmente por desarrollos inmobiliarios y viviendas de alto valor.

3. ¿Qué ha pasado con las antiguas fincas de la Loma de los Benedictinos?