Colombia se acordó del Chocó: donaron nevera médica para el banco de sangre de su hospital en crisis
Este es el primer texto que publico en primera persona desde que soy periodista; lo escribo así para dar las gracias, y para pedir en voz propia que no olvidemos al Chocó. En unas semanas, cuando cesen los envíos de ayuda, cuando se retiren del sitio los especialistas, cuando dejen de llegar los aviones y camiones cargados de medicina y comida, es cuando más nos necesitará el departamento.
Periodista y magíster en Periodismo de la Universidad del Rosario.
El martes 11 de agosto, 24 horas después del terremoto, cuando logré comunicarme con mis amigos y familiares de Chocó, pude por fin hablar con Cristian (médico y amigo de infancia). Me contó que en solo dos días habían tenido que trasladar desde el Hospital San Francisco de Asís más de 30 pacientes a Antioquia por la complejidad de sus heridas. También me dijo que estaban recibiendo apoyo de organizaciones médicas de otras ciudades y que las donaciones de sangre que llegaban debían utilizarse prácticamente de inmediato.
La razón era sencilla y grave: la nevera especializada para almacenar sangre llevaba meses dañada. Sin ella, el hospital no podía conservar las unidades recibidas durante el tiempo necesario. Una herramienta básica para responder a cirugías de emergencia, hemorragias severas y traumatismos provocados por una catástrofe como el sismo.
Un banco de sangre permite tener unidades compatibles disponibles cuando se necesitan, sin depender de que una donación llegue desde otra ciudad. Pero reemplazar la nevera no consistía simplemente en comprar cualquier equipo. Era necesario conseguir una unidad especializada; es costosa y debe garantizársele electricidad permanente. Su transporte también requería cuidado.
La sangre era solo una parte del problema. Después de hablar con Cristian, escribí un artículo para este periódico sobre las necesidades del hospital y, en cuestión de horas, comenzaron a llegar mensajes a mi número personal de ciudadanos que querían ayudar. Algunos ofrecían dinero, otros preguntaban dónde podían conseguir una nevera y alguien propuso que varias personas se juntaran para comprarla.
En la tarde recibí una llamada del doctor Rodrigo Sánchez, gerente de Scalpel SAS, una empresa dedicada a la comercialización y distribución de equipos especializados para el sector salud y tecnologías relacionadas con refrigeración médica, gestión de sangre y cadena de frío para vacunas. Dijo que tenía una nevera con las características que estábamos buscando. Quería donarla y quería enviarla directamente al Chocó.
Cristian y yo no habíamos hablado tanto en un solo día.
Él me llamaba emocionado para contarme los detalles de la “nevera de última tecnología” que iban a recibir gracias a esa donación. Cinco minutos después, yo lo llamaba para contarle que no era lo único que estaba llegando. Otra empresa ofreció enviar aires acondicionados para la sala de urgencias del San Francisco, donde todos los días trabajan con temperaturas que rondan los 32 grados en Quibdó.
Después lo llamé para contarle que la clínica veterinaria Aquavet enviaría desde Bogotá insumos médicos para el hospital. Cristian me había mostrado otra escena difícil de imaginar: en urgencias solo tienen tres computadores para hacer los registros. A uno no le funciona la mitad de la pantalla. El jefe de urgencias trabaja desde la sala con su portátil personal.
Al final de la jornada apareció Michelle, de Good News Movement. Escribió para preguntar cómo podía ayudar. Reunió fondos, compró un computador y consiguió sillas de ruedas. Este fin de semana llegó otra nevera a Chocó donada por la Asociación Colombiana de Hemato-oncología.
Pero esta historia no empezó con una nevera.
Con Cristian somos amigos desde que teníamos dos años. Crecimos como vecinos en La Media Luna, una cuadra de un barrio de Quibdó por la que no pasan carros porque es muy estrecha. Vivíamos frente a frente. Con él, Jennifer, Coraima, Francisco, Jonnhy y Katherine construimos una amistad cercana, cotidiana, hecha de años. Jeffi es abogada; Cora, ingeniera de procesos; Francisco, forense; Jonnhy, hasta hace unos años quería ser cura. Cristian es el médico del grupo. Y yo soy periodista.
A Cristian le guardo una admiración particular porque, después de terminar sus estudios en Bogotá, decidió volver al Chocó. Volver para servir a su tierra. Esa tierra se convirtió, el lunes 10 de agosto, en el epicentro de un terremoto que hasta ahora ha dejado 300 muertos en Colombia.
Cuando tembló la tierra, Cristian fue una de las primeras personas en las que pensé. Pensé en mi amigo trabajando en el único hospital público de mediana complejidad del departamento, al que empezaban a llegar los heridos. En el hospital donde trabaja, durante años fue normal que a un médico le retuvieran el salario hasta ocho meses, y apenas este año habían empezado a pagarle puntualmente.
Pudimos hablar el martes. El lunes, el día de la emergencia, Quibdó se había quedado sin energía, sin conexión telefónica y sin señal de internet. Cristian estaba bien y trabajaba con el grupo de médicos generales y especialistas del hospital y con los profesionales que habían llegado como voluntarios para reforzar la atención. Algunos viajaron en un avión pagado por nuestro coterráneo y orgullo futbolístico, Jhon Arias. Hacían un trabajo titánico.
Y no hablo solamente de las dificultades de ejercer la medicina en las regiones más apartadas de Bogotá o Medellín. Hablo de algo más básico. A veces a Cristian, o a cualquier otro médico del San Francisco de Asís, le ha tocado decirle a la familia de un paciente que compre con su propio dinero los guantes con los que van a atenderlo, porque en el hospital no hay.
Yo también conozco desde adentro lo que significa depender de un sistema de salud precario. A los dos años me diagnosticaron enfermedad de células falciformes, una condición genética incurable que altera la hemoglobina y deforma los glóbulos rojos, que adquieren una forma rígida de hoz y pueden bloquear el paso de la sangre y del oxígeno, hasta causar ataques cardiacos o fallos multiorgánicos. Durante mi infancia tuve crisis de dolor que llegaron a impedirme caminar durante semanas y pasé largas temporadas hospitalizada.
En Estados Unidos, por ejemplo, las crisis de dolor de estos pacientes pueden tratarse con opioides como la hidromorfona cuando otros analgésicos ya no funcionan; en el Chocó, mi experiencia era otra. Muchas veces no quería permanecer en el hospital: la atención y las condiciones me hacían sentir más enferma, así que terminaba diciéndole a mi familia que ya me sentía mejor, aunque no fuera cierto, solo para que me dieran de alta.
El terremoto, por supuesto, no iba a borrar esa realidad. Ese martes 11 de agosto, el San Francisco ya estaba al límite: el servicio de urgencias funcionaba con una sobreocupación del 245 %. Las nueve camas disponibles de la Unidad de Cuidados Intensivos estaban ocupadas. Después de los daños sufridos por otros centros asistenciales de Quibdó y de la reducción de servicios en la red privada, terminó recibiendo prácticamente toda la demanda hospitalaria de la región.
Hasta allí llegaron pacientes de municipios como Istmina y Nóvita, además de personas heridas en las zonas cercanas al epicentro. En el área de trauma permanecían pacientes con fracturas múltiples, lesiones ortopédicas y otras complicaciones provocadas por el colapso de estructuras.
Para entender la presión que soporta el hospital, hay que mirar un día cualquiera. Sin contar a los voluntarios y especialistas que llegaron después del terremoto, el hospital tiene 22 médicos generales distribuidos en turnos entre urgencias, hospitalización y maternidad.
En urgencias suelen trabajar cuatro médicos al mismo tiempo: uno recibe los traumas, otro atiende la consulta general, un tercero revalora a los pacientes y un cuarto permanece en observación, siguiendo la evolución de quienes todavía no pueden ser dados de alta.
En maternidad hay un médico permanente. En hospitalización, otro. Las especialidades funcionan con una lógica parecida. Los internistas trabajan por bloques de diez días: pasan las mañanas recorriendo las salas y el resto de la jornada en consulta externa. Hay tres cirujanos generales que también rotan por periodos de diez días y permanecen disponibles para las emergencias.
Un urgenciólogo cubre las 24 horas. Lo mismo ocurre con el intensivista de la Unidad de Cuidados Intensivos. Ginecología mantiene atención permanente en maternidad.
Los pediatras son varios porque una parte importante de los pacientes infantiles llega con complicaciones asociadas a la desnutrición. El neurocirujano, en cambio, solo está algunos días del mes. Cuando no puede llegar, el hospital recurre a la teleconsulta.
La ortopedia resume otra de las paradojas del San Francisco. Hay dos quirófanos destinados a cirugías ortopédicas y dos especialistas que rotan cada quince días. Pero con frecuencia faltan los materiales de osteosíntesis necesarios para fijar fracturas complejas. Cuando no están los insumos, la cirugía no puede hacerse. El paciente debe ser remitido, principalmente a Medellín.
En un departamento donde muchas comunidades solo tienen conexión fluvial o dependen de carreteras vulnerables a los derrumbes, una remisión no siempre significa unas pocas horas de espera.
El terremoto también dejó marcas en el edificio. En el área de hospitalización aparecieron grietas, aunque las urgencias no sufrieron daños mayores.
Por el temblor también regresaron médicos chocoanos que viven en otras regiones del país y el exterior. Volvieron temporalmente para ayudar a atender a sus pacientes, pero también para ayudar a su departamento, como mi amiga Kiara, que vive en Medellín y ahora está en Quibdó.
Quizás por eso escribo este texto en primera persona. Porque conozco a Cristian desde que teníamos dos años. Porque sé quién es el médico que está detrás de esas cifras. Porque cuando hablamos después del terremoto, no me habló solamente de su salud y la de su familia. Me habló del hospital donde trabaja y de la gente que intenta sostenerlo.
El San Francisco de Asís todavía necesita ayuda. Se requieren monitores para la toma de signos vitales, tanto para adultos como para pacientes pediátricos. También hacen falta glucómetros, sillas de ruedas —algunas de las disponibles están en mal estado—, camillas y cuellos ortopédicos, entre otros insumos. No estamos recibiendo dinero porque resulta más sencillo trazar, verificar y garantizar que las donaciones lleguen directamente al hospital cuando se hacen en especie.
Hace un año sufrí una hemorragia subaracnoidea y con frecuencia pienso qué habría pasado si me hubiera ocurrido en el Chocó. Quizás no habría existido la posibilidad de salvarme la vida a tiempo. Esa idea me acompaña cuando pienso en el San Francisco de Asís: quiero que esté dotado para que ninguna persona pierda la vida por falta de un instrumento, un equipo o un insumo que podría haber hecho la diferencia.
Y porque sé que llegará el día en que ya no habrá cámaras frente al San Francisco de Asís, en que los aviones dejarán de aterrizar con ayuda y en que las noticias sobre el terremoto ocuparán menos espacio. Ese día, Chocó seguirá allí. Cristian también.