Colombia

“No se trata de elegir un presidente, sino de determinar si se elige al último”: entrevista con Mauricio Gaona

El abogado constitucionalista Mauricio Gaona advierte sobre el riesgo de una “dictadura constitucional” en caso de que llegue a la presidencia Iván Cepeda. Analiza por qué las cuentas alegres de la derecha podrían fallar frente al avance estadístico de la izquierda en las urnas.

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Comunicador social-periodista de la Universidad del Quindío y magíster en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Sus textos han aparecido en revistas como Gatopardo, El Malpensante, Soho, Don Juan y Arcadia. Autor de los libros Volver para qué (Eafit, 2014) y La fuerza de esta voz (Tragaluz, 2022).

hace 1 hora

Después de hacerse famoso cuando se interpuso al decretazo que Gustavo Petro quería dar para imponerse por encima del Congreso y las Cortes, y de dar una lección de derecho al exfiscal y exministro Eduardo Montealegre, el abogado Mauricio Gaona vino al país y a Medellín para alertar del riesgo que tenemos de caer en una “dictadura constitucional”. Hablamos con él.

¿Hace cuánto no venía a Colombia?

“A Bogotá hace unos diecinueve o veinte años; a Medellín hace unos veinticinco años que no visitaba esta tierra tan hermosa”.

Alguna vez usted contó que días antes de la toma del Palacio de Justicia, su papá Manuel Gaona Cruz, a quien hemos venido descubriendo gracias a usted, los llevó a ustedes, los hijos, por los lugares donde había crecido, estudiado y trabajado. ¿Qué recuerda de ese episodio?

“Lo que pasa es que cuando Pablo Escobar le mandaba cartas —cartas que se entregaron a la Comisión de la Verdad—, decía: ‘usted es el responsable más importante de la extradición’. Él lo llamaba ‘el cerebro de la extradición’. Esto se debe a que mi padre desarrolló una tesis que llamó ‘intermedia’, la cual no existía en Colombia. Básicamente, decía que, con base en los artículos cinco y once de la Convención de Viena, una vez un Estado hacía un canje de notas diplomáticas —como ocurrió entre el Departamento de Estado y la Cancillería colombiana en esa época—, el tratado tenía efectos legales; y una vez el presidente firmaba una ley aprobatoria del Tratado, este se desnacionalizaba. Esa tesis de mi padre la apoyaron los otros magistrados de la Sala Constitucional. Eso significaba extraditar a Pablo Escobar, que era lo que él quería evitar a toda costa. Entonces, una vez ellos decidieran eso, pasaba a la Sala Penal y comenzaban a expatriarlos. Esa tesis era terrible para Pablo Escobar, obviamente, porque era no solo el primer extraditado, sino que también estaba amenazando el negocio más rentable de la tierra”.

¿Entonces su papá, hacia octubre, les hizo ese paseo?

“Lo que ocurrió es que, en la segunda carta, Pablo Escobar le dijo: ‘No admitimos que salga a defender tesis distintas’. Ahí comenzaron las amenazas. La última llegó en un sobre; era un viernes y nosotros le entregamos esa carta como a las siete de la noche. Él abrió el sobre y solo había una hoja blanca y un escapulario, nada más. Mi hermano mayor estaba ahí; yo no vi el sobre, pero sí vi la cara de mi papá desde lejos. La reacción fue que le dio un golpe al escritorio y se puso a escribir desde esa hora como hasta las cuatro de la mañana; iba, dormía un poco y se levantaba. Él tenía una máquina Olivetti de las grandotas que sonaba en toda la casa. Escuché que mi mamá y mi papá conversaban; eran muy fuertes esas conversaciones, porque ella quería que nos fuéramos del país, pero él decía que tenía que terminar la ponencia. Al final llegaron al acuerdo de que, una vez firmara la ponencia y quedara en efecto, nos iríamos para Francia. Llegó un momento en que debió pasar algo en su mente, porque el domingo paró de escribir y les dijo a los escoltas que nos quería llevar a hacer un recorrido, pero ellos se negaron porque no estaban autorizados. Él estaba reacio: lo iba a hacer con o sin escoltas. Fuimos a la casa donde conoció a mi mamá, porque eran vecinos. Nos llevó al colegio Camilo Torres, donde estudió”.

Para ustedes era extraño...

“Claro, al principio uno no entiende, porque uno es muchacho y no dimensionaba. Pensábamos que era un paseo de domingo, porque nosotros no podíamos salir; incluso jugábamos fútbol en la sala de la casa. Pero pronto nos dimos cuenta de que las cosas estaban raras, porque vimos a mi mamá llorando en el carro. Él nos iba contando la historia de su vida mientras visitábamos los lugares; nos habló de las dificultades que tuvo y cómo les hizo frente. Pero estaba como emocionalmente desconectado, como que ya estaba ido. Después nos llevó a la Universidad Externado, donde dictaba clase, pero estaba cerrada; entonces caminamos por los jardines y, bueno, ahí nos explicó varias cosas”.

¿Esto sucedió tres días antes de la toma?

“Esto sucedió un domingo y el asalto al Palacio de Justicia fue miércoles. El lunes fue festivo, día que aprovecharon para cambiar la guardia. Cuando mi padre llegó el martes a la Corte, notó el cambio y se lo comentó al doctor Reyes. El miércoles fue el asalto. El martes llegó temprano a casa. No sé si habrá sido premonición, más temprano que de costumbre en la tarde para estar con mi hermana y nosotros”.

Pese a esa historia, usted y otros hijos de grandes magistrados decidieron seguir el mismo camino del Derecho...

“Sí, decepcionado. Pero es que se trató de muchos otros casos. Uno de los mejores amigos de mi papá era Rodrigo Lara Bonilla; ambos habían estudiado en Francia y él iba mucho a la casa; lo asesinaron más o menos un año antes de la toma al Palacio. Cuando yo crecí, vi el asesinato de Luis Carlos Galán Sarmiento, quien también estuvo en el funeral con nosotros. En todos esos crímenes lo que noté es que nunca había verdad, y les daban más el micrófono a los que habían cometido los delitos. Entonces Pablo Escobar sacaba cartas o el M-19 nos decía cómo habían ocurrido las cosas y, naturalmente, eso indignaba. También el Ejército cometió esos excesos tan brutales y ninguno reconocía nada. Entonces pensé: ‘esto hay que investigarlo, pero obviamente hay que aprender Derechos Humanos’, y me puse a estudiar Derecho. Por eso me fui a Francia y a Italia a trabajar. Estudié Derecho para buscar justicia, para saber qué pasó”.

Y ahora lo vemos a usted —desde la norma, desde la ley, desde la Constitución— dando una batalla muy fuerte frente a quienes quieren, ya desde otro punto de vista, tomarse la democracia o, más que tomarla, sabotearla. ¿Por momentos no le parece que está haciendo el mismo papel que hizo su papá en ese momento, enfrentando a unos poderes muy complejos?

“Pues sí, tal vez es una ironía. Un gran escritor decía que un hombre no puede escapar de su destino hasta que se rebela otra vez consistentemente. No es intencional; eso fue más bien accidental. Cuando yo era asesor del Fiscal General de la Nación, y después pasé a ser Contralor Nacional Delegado para investigar corrupción en el Congreso y la Presidencia, eso me dejó la sensación de que Colombia es muy corrupta, terriblemente corrupta, y que por más que sacara investigaciones, este era un tema de nunca acabar. No veía que pudiera hacer un cambio real. Por eso la Academia fue para mí el camino para tratar de influenciar a más personas. Y ahora, si vamos al presidente: un día me mandaron una consulta sobre el ‘decretazo’ del Gobierno que estaba empujando Eduardo Montealegre. Afortunadamente, el Consejo de Estado escuchó. Yo les mandé un mensaje y también les hice una reflexión constitucional de por qué esto era inconstitucional”.

Quería ya meternos de lleno en lo que se nos viene para Colombia. Usted ha analizado que Colombia está recorriendo una ruta muy similar a la de los países que se convierten en dictaduras; dictaduras que no son de fusiles, sino que cambian las leyes. Bajo esa luz, ¿usted cómo ve el panorama para las elecciones de primera vuelta?

“Hace un año hicimos una entrevista aquí en EL COLOMBIANO y dije que quizá este era el año más importante para la vida republicana de Colombia. La verdad, creo que me quedé corto, porque no creo que se trate de elegir a un presidente, sino de determinar si eligen al último presidente. En este caso estamos ya no hablando de cambiar unos artículos de la Constitución, sino que, si pasa como lo propone el Gobierno, es pasar de la democracia a la dictadura constitucional. Las dictaduras ahora no son de fusil; ahora el arma es la Constitución. He dicho muchas veces que el carácter de los líderes se une al destino de las naciones, para bien o para mal. Me temo mucho que en este caso sea para mal. Existen líderes que han inspirado a las naciones y las han hecho grandes, y existen otros que las han destruido”.

¿Usted se refiere a Petro?

“Sí, naturalmente. Pero no es el único. El caso de Nicolás Maduro en Venezuela, de Daniel Ortega en Nicaragua y de Ferdinand Marcos en Filipinas es el mismo. Podemos ir a muchos países y vemos a estos personajes a través de la historia, que son pequeños ante el momento y las necesidades de su pueblo y solo las utilizan para llegar al poder. Una vez están en el poder, se quedan, no para resolver problemas de la gente, sino para resolver sus propios problemas y sus aspiraciones personales. Entonces es el poder por el poder, no el poder para el pueblo”.

¿Usted qué rasgos ha visto en estos dictadores? ¿Son parecidos o tienen diferencias?

“Uno puede variar en el cuadro psicológico del líder, y en el código cultural y sociológico de conducta varía un poquito, pero no mucho. Hay siempre unas deficiencias en el temperamento, una inestabilidad, una inmadurez. Eso es un común denominador: tienen una inseguridad tremenda. Y eso los lleva a que, en el ocaso de sus gobiernos, se muestren más autoritarios. Pero es que el autoritarismo no se hace, lo permitimos, y es un defecto del populismo. Es decir, el populismo es la primera fase de estos modelos. El populismo altera la percepción del votante suministrando un culpable y una solución simple para un problema complejo. Siempre ocurre que la complejidad del problema se superpone a la simplicidad de la solución. Cuando eso pasa, el votante recupera su percepción, que estuvo alterada por mucho tiempo”.

¿Cuántos países ha evaluado?

“Treinta y nueve y el patrón es el mismo; algunas veces se ven diferencias antropológicas y otras culturales, en el vocablo y las expresiones que se utilizan. Algunos usan un poquito más la religión, como en Asia; algunos usan más la raza, como en África, y otros usan más el odio de clases, como en Latinoamérica”.

Ahora Petro está cosechando haber subido el salario mínimo y el salario a los militares y policías; vemos a un presidente con una popularidad importante para el fin de su gobierno. ¿Usted cuándo cree que eso se va a quebrar y que vamos a ver las consecuencias negativas?

“Ya las vimos, porque a pesar de que algunos denunciamos la inconstitucionalidad del ‘decretazo’ o de la Asamblea Popular Constituyente, lograron inscribirla. El siguiente paso, como ocurrió en Venezuela, es pasar esa Asamblea Nacional Constituyente, porque allá también era Asamblea Nacional Constituyente Original. Esta es la más peligrosa, porque solo tiene dos límites en el proyecto: uno es el respeto de los derechos humanos y el otro es la representación parlamentaria. Y estas asambleas que no tienen límites —sobre todo en derechos humanos, que ya están incorporados en el derecho internacional público— no se necesitan, porque los derechos humanos no son los que dice la Constitución, sino los que dicen los tratados internacionales. Pero como no hay límites, fíjese lo que hizo la Asamblea Constituyente en Venezuela: ellos pueden cerrar Congresos, pueden destituir funcionarios; cerraron la Asamblea Nacional Legislativa. En la propuesta que tiene el Gobierno, vamos hacia la tesis del poder unificado; es decir, que la mayoría del Congreso debería representar la mayoría en la presidencia. O sea, el Congreso se convierte en un departamento administrativo de la Presidencia en la práctica. La propuesta habla de que hay que eliminar el ‘bloqueo institucional’, es decir, la oposición. Pero la oposición no es una causa para reformar una Constitución, es una garantía para protegerla”.

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Dicho de otra manera, va encaminado a que el Estado responda al capricho del gobernante...

“Y eso viola principios constitucionales primarios. Porque la otra tesis —tal vez en un debate que hicimos hace un tiempo con el Ministro de Justicia de aquel entonces, Eduardo Montealegre— que más me preocupaba era esa de que Petro era la suprema autoridad administrativa y, a través de una interpretación de la jurisprudencia original de los Estados Unidos que creó el control constitucional difuso, presentar que se podía, por vía de excepción de inconstitucionalidad, que el presidente terminara siendo también la principal autoridad constitucional. O sea, estaba por encima de todos. Si eso es así, tendríamos un hiperpresidencialismo: una vez se controla al Congreso, también a las Cortes; así terminan infiltrando la otra rama y, en ese caso, la Constitución ya no es la norma de normas, sino que la norma de normas es la voluntad del gobernante. Eso es dictadura constitucional. Lo que estoy diciendo a los colombianos es que no van a cambiar el régimen constitucional ni unas normas, van a cambiar el ordenamiento constitucional, que es el que la sostiene”.

Lo que llamamos nosotros aquí la arquitectura y el sistema de pesos y contrapesos...

“Exacto. Entonces ya no va a haber principio de separación de poderes, porque el Presidente es el que dice qué se hace. ¿Quién lo va a controlar? ¿Las cortes que él nombró, las cortes de bolsillo? No. Entonces se vuelve incontrolable. Además de eso, el otro punto que está citando es que, si el presidente es la norma de normas, entonces rompe el principio de primacía constitucional; quedamos en la primacía del gobernante. Cuando uno rompe esos principios quedamos así: se llama Constitución, parece Constitución, pero solo es un manual que esta persona desarrolla para llegar a ser un dictador. De hecho, estoy trabajando desde hace varios años con el Grupo Planeta para presentar esto más claro en un libro que vamos a lanzar en las próximas semanas. Todo se basa en un artículo que escribí llamado Democratic Blending para la Universidad de Columbia”.

¿Estas dictaduras modernas siempre terminan mal?

“Pues se pierde una generación, por lo menos. Miremos nada más lo de Venezuela. Ya han pasado desde Chávez casi treinta años; Ortega va para la cuarta reelección en Nicaragua. Y esto no es un tema de ideologías, porque los populistas son los mismos. La ideología es la herramienta. De todos modos, en los sistemas electorales del siglo XXI lo que gana es el discurso de odio”.

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En caso de que no gane Cepeda, candidato que apoya la Asamblea Nacional Constituyente, ¿cree que de todas maneras el Congreso la saca adelante?

“Será más difícil, porque el presidente, de todos modos —así sea independiente del Congreso y tenga en la oposición mínimo a esos veinticinco senadores del Pacto Histórico—, puede negociar con otros partidos como el Centro Democrático. Mientras que, si el candidato de la continuidad llega al poder, con toda la contratación que es tan grande, con la ‘mermelada’ y una mayoría en el legislativo, esa constituyente no es una hipótesis sino una realidad. Hay que decirlo: el candidato Cepeda no ha sido hipócrita, él ha dicho que lo quiere hacer”.

¿Y usted cree que ese candidato tiene posibilidades de ganar?

“A mí los números optimistas que hay en la derecha no me están cuadrando, porque Cepeda muestra una propensión estadística inclinada y progresiva. Ha roto varias veces el techo estadístico y cada vez que lo hace dicen ‘ese es su techo’. Bueno, cuando uno rompe el techo cuatro veces, ya hay una inclinación directa a seguir rompiéndolo. Después de la visita del presidente Petro a Washington, comenzó a subir bastante: 24, 30, 35% de intención de voto; la próxima puede ser del 40%. Hay que tener en cuenta que él va solo, en cambio la derecha está fracturada y se están atacando entre las dos campañas, por lo que podría haber una implosión estadística; es decir, que uno de los dos se desinfle y pierdan ambos. También hay otro candidato que es de centro, Sergio Fajardo, cuyos números tal vez no sean tan importantes, pero son lo suficientemente relevantes para hacerle falta a la derecha. Además, en la mente del votante está la idea de que en la primera vuelta votará por el que le gusta y en la segunda cambia, pero quizá no haya segunda vuelta”.

El esquema colombiano ha estado a la derecha, ¿no cree que los candidatos se unirán para que no gane Cepeda?

“Entiendo esa posición, pero hay que tener en cuenta que Petro ganó cuando ni siquiera estaba en el poder. La izquierda está en el poder; eso cambia la ecuación. El salario mínimo no creo que sea la última medida populista de este gobierno”.

Hace un par de semanas el gobierno sacó el Decreto 0234 que abre la puerta a negociaciones laborales por sectores completos, lo que significa que acuerdos entre sindicatos y algunos empresarios podrían volverse obligatorios para miles de empresas. ¿Esa es otra movida populista?

“Eso va hacia otra decisión más preocupante, porque ese tipo de reformas yo las he visto en otros países donde el tema pasa de socialismo a algo más cercano al comunismo; es una imposición colectiva. Ese decreto tiene el artículo 2224, numeral 7, que dice que se puede solicitar información financiera cuando sea pertinente y necesaria; eso quiere decir que los sindicatos le pueden solicitar esa información a las empresas. Esa es una señal peligrosísima para la inversión extranjera, porque cuando una compañía va a invertir en un país, escoge el que tenga menos problemas y costos fiscales o laborales; las empresas quieren hacer dinero. Entiendo la razón de buscar justicia social, no me malinterprete, pero aquí no se trata de crear un sindicato, sino de cambiar el sistema de negociación, incluyendo la segunda parte de ese articulado que habla de que la negociación sea multimodal y transversal”.

¿Usted cree que los del sector de la centroderecha y la derecha se quedan cortos en su estrategia electoral para poder enfrentar al candidato Cepeda?

“Yo entiendo que cada candidato legítimamente da su lucha. Mi examen no es político, es constitucional y estadístico. Mi mensaje simplemente es que analicen bien lo que están haciendo, porque no estoy completamente seguro de que vaya a haber una segunda vuelta. He notado un exceso de confianza en diferentes ciudades que he visitado y me preocupa que los números no me dan así. No sé si están leyendo bien las estadísticas”.

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Vino a Colombia a presentar un libro sobre las clases de su padre, el magistrado Manuel Gaona Cruz.

“Así es. Fue un proceso bonito, porque tuvimos la fortuna de contar con estudiantes de las clases que dio entre 1974 y 1980. Esos estudiantes viajaron desde varias partes de Colombia solo para el lanzamiento del libro de su maestro, porque nos ayudaron a recolectar el material. En esa época se usaban casetes y máquinas de escribir; entonces se validó con un equipo técnico profesional de la Universidad de los Andes, con apoyo gigantesco de su rectora, la doctora Raquel Bernal, y de la decana de entonces, la profesora Eleonora Lozano. Se hizo un trabajo enorme recolectando cincuenta años de trabajo de unas clases de cátedra de Teoría del Estado que se enfocaban en Ética de Estado y la doctrina del poder, que es lo que nos hace falta en este momento. Le pareció a la Universidad y al suscrito que valía la pena entregarle eso a los jóvenes como un patrimonio constitucional para Colombia”.