Cultura

Del ensayo al libro como pieza artística: las joyas que resguarda la nueva biblioteca del MAMM

La inauguración de este espacio suma un nuevo capítulo a la transformación reciente del museo, tras la llegada de Rafael Tamayo como director.

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Cubro historias de Tecnología, Arte y Cultura en la sección Tendencias. Fui editor en Semana, El País de Cali y Blu Radio. Me apasiona explorar cómo el mundo digital moldea nuestra sociedad.

15 de febrero de 2026

En el Museo de Arte Moderno de Medellín, como en cualquier museo del mundo, el recorrido es claro: salas, obras, textos de pared. El cuerpo avanza, la mirada se detiene en elementos que llamen la atención y las manos permanecen quietas. A lo sumo se señala tal o cual detalle, pero siempre lejos de lo que está expuesto. Por eso, encontrar una biblioteca en este tipo de espacios descoloca.

No aparece al final del trayecto ni se ofrece como una sala más. Su entrada está a un costado del edificio principal, con entrada por la carrera 44, y obliga a salirse del circuito para entrar en otro ambiente.

Al cruzar esa puerta lateral junto a un letrero amarillo, el museo cambia de escala. Ya no se trata de recorrer sino de quedarse. Los libros, muchos de ellos verdaderas obras de arte, están abiertos sobre mesas largas, no detrás alguna vitrina. Son joyas editoriales que se pueden tocar, hojear, volver atrás. Dentro de un lugar construido para la experiencia contemplativa, una biblioteca propone lo contrario.

Lo más importante de este espacio no son propiamente los libros”, dice Jorge Sepúlveda, líder de la Biblioteca MAMM. “El corazón es el archivo”. Durante años, este lugar fue una sala de estudio. El cambio de nombre a biblioteca no fue arquitectónico, sino más bien conceptual. Amplió horarios, diversificó colecciones y, sobre todo, puso en el centro un conjunto de documentos que solo existen aquí, producidos por el museo desde su fundación en el año 1978.

Ese archivo está compuesto por 19 fondos documentales que suman cerca de 70.000 documentos. Once son fondos cerrados, que ya no producen información, y ocho siguen creciendo.

Aquí conviven materiales del Salón Arturo & Rebeca Rabinovich, de las bienales de video y de cerámica, de proyectos emblemáticos y exposiciones, junto a archivos más recientes dedicados a prensa, concursos o a la obra de Débora Arango.

Parte de ese material (más del 40 %) ya ha sido digitalizado, pero la consulta física sigue siendo decisiva. Revisar una ficha técnica o un acta de jurados es también reconstruir cómo se hacía una exposición cuando la figura del curador aún no estaba profesionalizada en la ciudad.

La biblioteca está integrada a la vida del museo y pensada para la permanencia. El concreto a la vista en sus muros, las columnas robustas y la iluminación blanca son las mismas del resto del edificio, pero el uso cambia el ambiente.

Hay mesas largas para la consulta, estanterías abiertas a la altura del cuerpo, sillones dispuestos para una lectura más lenta y un silencio distinto. Aquí, la falta de voces no es reverencial sino de concentración. Se entra sin boleto, sin credenciales académicas y sin justificar la visita. El espacio es totalmente abierto al público

Ese gesto de abrir el archivo a cualquiera es la clave. “Nos interesa que muchas miradas, no solo la institucional, se acerquen a estos documentos”, explica Sepúlveda en entrevista con EL COLOMBIANO. Por eso la biblioteca prioriza la digitalización como primera capa de conservación y ofrece el material físico cuando es necesario, con cuidados básicos.

El archivo del MAMM es joven, dice. La mayoría de documentos no supera los 40 años. Algunos soportes, como el papel de facturas y comunicados, son frágiles por naturaleza. “Digitalizar es la primera garantía”, comenta sin idealizar el desgaste. El archivo también cuenta la historia de sus propios límites.

La colección bibliográfica acompaña ese espíritu. Cerca de 4.000 ejemplares, entre libros, catálogos, revistas y material audiovisual, conforman un mapa que va del arte moderno al contemporáneo, pasando por la memoria institucional y la divulgación. Hay una colección generosa de catálogos de museos internacionales, recibidos en una época en la que las instituciones intercambiaban publicaciones como forma de diálogo.

Para explicar el sentido de la biblioteca, Sepúlveda elige cinco piezas del catálogo. Cada una encarna una forma distinta de entender el libro dentro de un museo.

El primero es el catálogo Yayoi Kusama, publicado con motivo de la exposición realizada en el Centre Pompidou entre octubre de 2011 y enero de 2012. Es un volumen de gran formato, denso en imágenes, que recorre décadas de trabajo de la artista japonesa. Repetición, obsesión y espacio se despliegan página tras página.

El segundo, Impreso en Colombia: fotografía masiva en el siglo XX, editado por Ediciones Réplica, mira la imagen desde otro lugar. No se ocupa de la fotografía como pieza de galería, sino de su circulación popular con retratos de estudio, impresos, fotografías reproducidas en masa. Es un libro que dialoga de forma directa con archivo, prensa y memoria visual, y que amplía la idea de qué imágenes merecen conservarse.

A ese eje se suma Radical Women: Latin American Art, 1960–1985, catálogo del Hammer Museum en Los Ángeles. Este libro revisa la obra de mujeres artistas latinoamericanas y latinas en Estados Unidos, muchas de ellas excluidas durante décadas de los relatos oficiales del arte moderno.

El cuarto libro cambia el registro. Los ciegos, de Sophie Calle, combina texto y fotografía para responder una pregunta sencilla: ¿Qué es la belleza para alguien que nunca ha visto? El resultado es un archivo más cercano al testimonio que al ensayo académico.

El quinto objeto es el más enigmático. Todo pasa no tiene sinopsis comercial ni circulación masiva. Es una publicación de artista. No aparece en buscadores ni en catálogos editoriales. Y ahí reside su valor. Representa el tipo de material que la biblioteca busca preservar: aquello que no está en Google, que existe en tirajes mínimos y que, sin un archivo, se perdería. Es un libro que se entiende mejor en la mano que en una reseña. Hay que verlo para entenderlo.

Estas piezas conviven con otras líneas en construcción: fotolibros, publicaciones independientes, fanzines, libros de artista. También con una colección infantil y de divulgación que apunta a nuevos públicos. “La información hoy está en todas partes”, dice Sepúlveda. “Lo que hace especial a una biblioteca es su agenda cultural, la mediación, lo que pasa alrededor de los libros”.

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La política de adquisición va en esa dirección. El MAMM no busca convertirse en una biblioteca académica. Prefieren ser una puerta de entrada a un lenguaje que suele percibirse como técnico y distante. Biografías, correspondencias, novelas inspiradas en artistas, libros documentales empiezan a ocupar espacio junto a los catálogos históricos. Esta biblioteca se piensa como un lugar donde el arte se aprenda sin solemnidad y con cercanía.