Atrato, la obra que llevó el arte colombiano a uno de los museos más importantes del mundo
Es la primera vez que un artista colombiano expone en el Victoria and Albert Museum. EL COLOMBIANO conversó con Juan Covelli, el artista de esta obra que también puede verse en el Museo de Antioquia.
Periodista de la Universidad de Antioquia. He trabajado como fact-checker en La Silla Vacía y ahora hago parte de la sección de Tendencias de El Colombiano.
Más de 2,3 millones de obras hacen parte del Victoria and Albert Museum, considerado uno de los museos más importantes del Reino Unido y del mundo. En más de 45.000 metros cuadrados, distribuidos en 145 galerías, este espacio –dedicado principalmente a las artes decorativas– alberga obras de artistas como William Turner, William Blake y el italiano Rafael, así como algunas de las piezas más célebres de diseñadores de moda como Cristóbal Balenciaga y Alexander McQueen.
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En ese mismo lugar, específicamente en el Photography Centre, se presenta Atrato, la instalación del artista colombiano Juan Covelli, que profundiza en las problemáticas de uno de los ríos más caudalosos del mundo. Esta obra, la primera de un colombiano en el V&A, está compuesta por un documental sobre la situación del río, afectado por la minería ilegal, y por un diseño sonoro construido con alabaos y grabaciones realizadas en el Chocó.
De manera simultánea, en el Museo de Antioquia se exhibe un fragmento de esta obra como parte de la exposición temporal Simulacro de lo imposible. Allí puede verse un fotomural sobre el ecocidio del río Quito –uno de los principales afluentes del Atrato– acompañado de una pantalla que informa en tiempo real sobre el precio del oro. Un pedacito de lo que, hasta el 1 de marzo, podrá verse en el Reino Unido.
EL COLOMBIANO habló con Covelli sobre el origen de esta instalación y sobre el significado de su presencia en un museo en el que su obra dialoga de manera crítica con el discurso colonial que ella misma cuestiona.
Antes de Atrato, usted realizó una obra sobre el Salto del Tequendama. ¿Cómo están relacionados estos proyectos?
“El proyecto del Salto del Tequendama es el primero de una serie, de un cuerpo de obra que estoy desarrollando y que se llama Espejismos. Es un proyecto que se interesa específicamente por distintos cuerpos de agua del país. Empiezo por el Salto del Tequendama porque, en ese momento, estaba muy interesado en la relación entre el paisaje y los procesos de dominación colonial. Desde espacios como la Expedición Botánica, figuras como Humboldt llegan a detectar el paisaje, a nombrarlo, y ese acto de nombrar es también un acto de apropiación: ‘me pertenece porque lo nombro’.
Me interesaba mucho esa relación entre la impresión del paisaje y el territorio. El Salto es el punto de partida porque Humboldt es el primero que lo dibuja, y desde ahí surge todo el proyecto. Además, este trabajo habla de la relación que tenemos los bogotanos con el río: le damos la espalda y depositamos en él toda nuestra contaminación. El Salto es también un lugar fundacional, un mito que le da vida a la Sabana. Antes era una glaciación, una especie de mar congelado, y es por ahí por donde se desocupa la Sabana, algo que coincide con el relato muisca, cuando dicen que Bochica es quien abre la Sabana.
Más adelante, comienzo a interesarme mucho el Atrato, especialmente con la Sentencia T-622 de la Corte Constitucional que en 2016 reconoció al río como sujeto de derechos. ¿Qué pasa después de eso? Porque, en la práctica, todo sigue ocurriendo allá. Tenemos una idea romántica de él—el Atrato como el río más caudaloso de Colombia—, pero no comprendemos la magnitud del daño que atraviesa su ecosistema a causa de la minería ilegal mecanizada. Ahí vuelve a aparecer esa tensión entre la idea de paisaje que tenemos del río, lo que realmente sucede en él y la historia que lo atraviesa”.
Para esta obra usted visitó el Atrato. ¿Cómo fueron sus viajes a esta zona del país?
“Viajé allá dos veces. En ambas recorrí el Atrato y algunos de sus afluentes, visitando distintos puntos del río. El primer viaje fue principalmente de investigación: para entender, observar y comprender el territorio. El segundo ya estuvo enfocado en los procesos de grabación y en la realización de la pieza artística.
Más allá de esos viajes, el proyecto implicó al menos dos años de investigación previa. Desde Bogotá estuve leyendo, revisando materiales y pasando muchas horas observando imágenes satelitales, tratando de entender cómo el río se ha transformado a lo largo de los años”.
Es el primer colombiano en exponer en el V&A. ¿Qué hay detrás de la llegada de Atrato a este museo?
“Este proyecto está muy ligado a mi trayectoria como artista y a un interés por trabajar con historias que no han sido suficientemente abordadas. El primer proyecto del Salto del Tequendama tuvo una gran resonancia: fue adquirido por el Banco de la República y por la KHR McNeely Family Foundation, lo que llevó a que la curadora del museo se interesara en el trabajo.
La producción cuenta además con el apoyo de la Embajada de Colombia en el Reino Unido, que acompañó el proyecto junto con el museo. Se trata de un museo que, evidentemente, hace parte de la historia colonial e imperial británica, pero que también ha venido haciendo un esfuerzo importante por abrirse a otras formas de pensar, narrar y entender la historia”.
Mencionaba usted esa crítica al colonialismo en sus obras anteriores y el Museo ha sido reconocido dentro de esa tradición...
“Mi trabajo siempre ha estado atravesado por la idea de decolonizar, transformar y repensar el museo. La pieza se instala en una sala victoriana, que es transformada, y dialoga con objetos que ya hacen parte de la colección: piezas precolombinas que estaban catalogadas de manera general como quimbayas. Junto a una arqueóloga realizamos una investigación y confirmamos que, aunque eran precolombinas de Colombia, no todas pertenecían a la cultura quimbaya, sino que provenían de distintas regiones.
A partir de ahí propongo lo que llamo una arqueología especulativa. Creo nuevas piezas hechas en oro recuperado de basura electrónica, que dialogan formalmente con esas figuras precolombinas. La instalación incluye también una batea, utilizada tradicionalmente para la extracción artesanal de oro, como parte de una especulación que busca romper con las lógicas coloniales del museo y transformar las maneras en que nos acercamos a la historia y a la arqueología.
Finalmente, la pieza interpela el consumismo y la forma en que el norte global consume tecnología. Habla de la relación que tenemos con los aparatos electrónicos, que en muchos lugares se renuevan cada uno o dos años, y de cómo ese consumo impacta directamente los territorios en Colombia. Esa es, en el fondo, la idea central del proyecto.”
¿Quiere seguir investigando los cuerpos de agua colombianos?
“Sí, en este momento estoy trabajando en la gestión de recursos para un nuevo proyecto sobre el río Cauca. Este río fue declarado en 2019 en Sentencia 038 del Tribunal Superior de Medellín sujeto de derechos y, en particular, me interesa todo lo que ha ocurrido alrededor de la represa Hidroituango.
La idea es desarrollar un proyecto sobre ella y sobre el impacto que ha tenido tanto en el ecosistema como en las comunidades que viven aguas arriba y aguas abajo”.