40 años sin Borges: así era la intimidad del genio contada por Bioy, su amigo
Hace 40 años Jorge Luis Borges murió en Ginebra. Desde entonces, es uno de los autores más leídos en lengua castellana. Su retrato más fiel lo hizo Adolfo Bioy.
Poeta, ensayista y editor de la revista Arquitrave.
Jorge Luis Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Veinte años después, una editorial argentina puso en circulación un volumen de 1700 paginas, meramente titulado Borges, cuyo autor, Adolfo Bioy Casares (1914-1999), gastó los dos últimos años de su vida en la puesta a punto del quizás mejor retrato íntimo de uno de los mas grandes hombres que haya existido jamás. Un ciego de Buenos Aires, una ciudad eterna como el agua y el aire.
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El libro cubre los años que van entre 1931 y 1989, pero los primeros quince resultan compendiados en una decena de páginas. Años del encuentro, de la redacción conjunta de su primer trabajo: un opúsculo sobre la cuajada; de la fundación de sus efímeras revistas y editoriales, del matrimonio de Bioy y Silvina Ocampo. Un diario, redactado noche tras noche, durante los cuarenta años cuando Borges cenó en la casa de Bioy, varias veces por semana. Años en que ambos escribieron notas para solapas de libros y narraciones, guiones para filmes y versos de ocasión. En este libro, Adolfito hace el papel de James Boswell (1740-1795), ante un adorado Samuel Doctor Johnson (1709-1784), ejercido por Borges. Con esta obra Bioy alcanzará la inmortalidad de su maestro, pues si la obra de Borges es hoy frecuentada por miles de millones de lectores en todas las lenguas, quien quiera saber del ser de carne y hueso deberá recurrir a este inconcebible testimonio de la vida de un grupo de porteños, tan geniales y chismosos, como de la belleza de las mujeres que los acompañaron y los tiempos oscuros que les tocaron en suerte.
Es el chisme el que da cuerpo a todo el volumen. Bioy no se cansa de anotar que Borges viene a cenar, dejando por sentado que comía prácticamente de su bolsillo. Es asombroso certificar la incansable voluntad de Bioy por no dejar pasar detalle de lo que Borges le cuenta, le comenta, le trasmite en llamadas telefónicas, sobre el extenso círculo de amistades del rico heredero de La Martona, la más grande procesadora de lácteos de Buenos Aires a mediados del siglo pasado. Un círculo de amistades que presidía otra rica heredera, su cuñada, Victoria Ocampo, una de las argentinas mas célebres, no por su belleza sino por su inteligencia y sus contribuciones a la literatura de nuestra lengua, directora de la revista y la editorial Sur, amiga de Ortega y Gasset, Neruda, Lorca, Tagore, Camus.
Bioy hace del chisme, de su más desnudo ejercicio, la cicuta que nos va envenenado en la lectura de sus recuerdos de Borges. Ni la amistad, ni la prudencia y el respeto a las damas e iguales impiden que con pasmosa ingenuidad y propósito Bioy registre la frase ingeniosa o hiriente, la parcialidad de juicio, la tozudez contra quien se malquiere o se odia, la misoginia, el racismo, los complejos de superioridad argentinos, el antiperonismo, el anticomunismo y el escepticismo tanto suyo como de Borges, a medida que los dos crean una obra hecha de mutilaciones, modificaciones, suplantaciones y falacias, cuyo propósito es la creación, tanto en carne como espíritu –de eso es testimonio este libro– de una fabrica inmortal de palabras.
Nadie se salva en este extenso escrutinio y saqueo del mundo, donde Borges y Bioy (Biorges) diseccionan pasajes, examinan estrofas y rimas de un verso, impugnan locuciones, festejan sonoridades, ríen de la aspereza y la ausencia de buen gusto de un autor, o reescriben poemas por el mero gusto de ejercer el oficio que mejor conocen.
Los juicios son implacables. Aquí algunos. El Fausto, de Goethe, “¿No te parece –dice Borges–, que es el mayor bluff de la literatura?”. Shakespeare es “the divine amateur”, siempre usa el “mot injuste”. El surrealismo, “contrariamente a otras ideologías invasoras de lo literario, el catolicismo y el comunismo, prescinde del propósito de lograr obras legibles”; los poemas de Alejandra Pizarnik son “absurdas cacografías”; a Ezra Pound lo consideran el “il miglior fabbro, pero nadie lo lee”; “Thomas Mann era un idiota”; “Le dieron el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez... Primero Gabriela Mistral, ahora Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita, que para dar premios... Gabriela Mistral no ha escrito un poema bastante bueno... Los premios no ayudan, en la posteridad a nadie...”; “¿Qué puede saber de nada un bruto como Hegel?”. De Oliverio Girondo se dice que “su obra no es nada” ... “Fue un peronista inmundo”; “Neruda gusta porque a veces es cursi sin asco”; “Lorca escribió poemas horribles”; “Ya me habían dicho que los músicos no tenían oído. Piazzolla no sabe leer los versos”; “Sábato también desaparecerá, sin dejar rastro, después de la muerte”; “Si comparás la muerte de Sócrates y la de Cristo no hay duda de que Sócrates era el más grande de los dos. Sócrates era un caballero y Cristo un político, que buscaba la compasión [...]”.
Y si el chisme es el hueso, la maledicencia es la médula que ata esta amistad y la hace compadrazgo. Si Borges es un facón de hielo, Bioy es la perfidia misma y ambos son tóxicos y mortíferos. Bioy, entre líneas, va dejando sentado que Borges tiene una puritana antipatía por los temas amorosos y siente incomodidad ante las alusiones literarias a la vida sexual, justifica muchas veces que lo erótico es inferior a lo épico. Pero la cúspide de las insidias se alcanza cuando hacen referencia a las mujeres que les han interesado sentimentalmente.
Los amores tristes del genio
De Norah Lange, la bella pelirroja libertina que fue una de las pasiones de juventud de Borges, se dice que le dejó para casarse con Oliverio Girondo, y con la complicidad de Lorca hizo el amor en una terraza, con Neruda. Borges le dice Bioy que ella “vive idiotizada por el alcohol”. Norah bien vale una digresión.
Borges la había conocido recién llegado de Europa, cuando tenía unos 24 años y ella 17. Era hija de una pareja de noruegos emparentados con los Borges/Acevedo y escribía poemas sobre los paisajes de las afueras de Buenos Aires, era procaz y apasionada. Borges comenzó a frecuentar las fiestas sabatinas en casa de ella. Un año después aparecería La calle de la tarde, el libro de poemas de Norah, con un prólogo de Borges, el primero que escribiera sobre autor alguno. Uno de los poemas sugiere un encuentro erótico, donde se describe visitando a su amante en una suerte de rocío que cae sobre un botón abierto de una rosa, mientras su corazón palpita de gozo al saber que en la fiesta los labios de él la esperan y más tarde será penetrada como una luna asciende en el silencio de la noche.
Esos años fueron de felicidad para Borges, pero a finales de 1926 todo se hizo trizas al Norah enamorarse perdidamente de Oliverio Girondo, el poeta surrealista que más detestaba Borges, autor de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, [1922], publicado en Francia con textos irónicos que exaltaban el cosmopolitismo y la vida urbana de esta obra, contraria, precisamente, a la melancolía, tanto sentimental como social, presente en el poemario de Borges Fervor de Buenos Aires [1923], donde se dibuja una geografía poética de la ciudad, con sus calles, plazas y casas, que son una silueta de Buenos Aires en el siglo XIX.
Borges era todo lo opuesto a Girondo. Como lo atestiguan los relatos, era de origen patricio, buen mozo, erudito, retraído, modesto y nada acaudalado. Girondo, con una pavorosa dentadura, la barbilla hundida oculta en una espesa barba, era pálido, con los ojos inmensos como su cabellera que terminaba en bucles sobre su espalda y se había educado en colegios privados ingleses y franceses, pero era un consumado exhibicionista, descarado y resentido, que decía detestar la pacatería porteña, así fuese heredero de una enorme fortuna amasada por terratenientes vinculados a familias ilustres, de la élite gobernante, pero sin héroes de la independencia en su linaje.
Un noviembre, Borges fue con Norah a un almuerzo en honor a Güiraldes, que había publicado Don Segundo Sombra. En la foto de recuerdo Norah mira hacia arriba medio ensoñada y a su lado Borges sonríe. Él le presentó a Girondo, que le impresionó de inmediato con su voz profunda como de caoba y subterráneo, según contaría ella en su madurez. “Oliverio era vital, apasionado. Me enamoré de él desde ese día”. Sin embargo, Oliverio la despreció y se marchó a Europa. Borges entonces le propuso matrimonio, pero no solo le ignoró, sino que escribió contra sus libros bajo el título de Jorge Luis Borges pensando en algo que no alcanza a ser poema.
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Perder a Norah fue quizás la calamidad de su vida. En El Aleph hay varios trasuntos de ese trauma y de la convicción de que, como en Schopenhauer, el ejercicio de la sexualidad conduce al golem y el fracaso.
Allí relata la desilusión de Borges tratando de olvidar el amor no correspondido por Beatriz Viterbo o Norah Lange, porque sin su amor jamás podrá expresar con palabras la esencia del mundo. Pero esa muerte le concede en una pequeña esfera mágica empotrada en el silo de una casa que va a ser demolida, esa apoteosis. Beatriz o Norah, musa de la juventud y prototipo del deseo perdido para siempre. “He cometido el peor de los pecados, no fui feliz”.
Volvamos al libro. Y qué no se dice de Estela Canto, “este pilar de la rectitud”; a quien Borges dedicó El Aleph y, en pago, ella garrapateó un libro sobre su relación con él; o Silvina Bullrich, una “gorda raviolera del barrio de Flórez”. Susana Soca, mecenas uruguaya, es considerada “una opa”.
Acaso el personaje inolvidable entre estas señoras del gran mundo porteño sea Bibiloni de Bullrich, retratada por Bioy a partir de las consejas de Borges con sus intrépidas confidencias, neologismos audaces, e imprevistas intervenciones cursis y lamentables. “Así como a usted le interesa conocer poetas y escritores –dice a Borges–, a mí me interesa conocer gente rica”; al ella salir de un recital de danza moderna, exclama: “yo prefiero los otros bailes, con orquesta y con personas conocidas que la sacan a una a bailar”; en medio de una comida sostiene: “Soy tan inteligente, tan genial que a veces no me pueden comprender”; “A mí no me gustan, pero soy tan inteligente que he descubierto que conviene estar bien con los peronistas”, etc.
Los matrimonios de Borges
Capítulo aparte merece el primer matrimonio de Borges, cuando a los 68 años decidió casarse, ante la posible desaparición de su madre, con una vieja novia de juventud, Elsa Astete Millán viuda de Albarracín, un ser de otro mundo, menos del borgiano. “Pongo mi destino en manos de una desconocida”, dice Borges. “No se parece a las que él nos tiene acostumbrados –confíó doña Leonor Acevedo a Bioy–. Yo me quedo tranquila: creo que lo va a cuidar. Ya no es joven. Fue linda: ahora, ya la verás... Pero él no ve. Para él sigue siendo la de antes”. “Vieja –describe Bioy–, de piel grisácea; en actitud de sierva enamorada, postrada de admiración ante el ídolo potencialmente díscolo [...]; resuelta a rodear al hombre de cuidados domésticos y a persuadirlo de los encantos hogareños; proclive a tomar ofensa y a ofuscarse por celos; desconfiada; querendona, cariñosa y optimista; expresiva y dada al mohín”.
Y más adelante los celos de Elsa con sus amigos, sus viajes, sus homenajes, mientras el viejo y ciego poeta cada vez mas rico va comprándole vestidos, abrigos de piel, apartamentos, o zapatos de segunda mano.
Al final, por supuesto, llega el turno a María Kodama, con quien casó por poder Borges 45 días antes de morir. Bioy guarda la más estricta prudencia sobre ella, quizás para no ofender la memoria de su amigo y maestro. Y anota: “Borges me dijo que para morir da lo mismo un sitio que otro. Y qué lujo: tener un amor, y aun mal de amores a los ochenta y tantos”. Sin embargo: “María es una mujer de idiosincrasia extraña; acusaba a Borges por cualquier motivo; lo castigaba con silencios (recuérdese que estaba ciego); lo celaba (se ponía furiosa ante la devoción de los admiradores). Junto a ella vivía temiendo enojarla”.
El 14 de junio de 1986, un desconocido, en un quiosco de periódicos, cerca de La Biela, le cuenta que Borges ha muerto. “Seguí mi camino –anota Bioy–. Fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges.” Antes de morir, apunta, alguien grabó a Borges cantando tangos: “Dicen que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre”.
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