De tantas veces contada, la anécdota ya hace parte de la chismografía literaria nacional. En 1972, un joven poeta de Buga, Valle del Cauca, publicó el poemario Pensamientos de un hombre llegado el invierno. En el evento de presentación, la gente encontró que a un lado del libro se vendían unas páginas con un prólogo escrito por Jorge Luis Borges. Esa vez se vendieron más prólogos que poemarios. Es fácil imaginarse la conmoción que causó en su momento el hecho de que el escritor latinoamericano más importante del momento –y uno de los más grandes de la lengua castellana de todos los tiempos– le diera su respaldo a un desconocido escritor de provincias.
Resumo la historia: un periodista de Cali le encargó a un colega en Buenos Aires preguntarle a Borges por el texto. El asunto divirtió al autor de El Aleph; al menos eso se entiende de la lectura del reportaje hecho al argentino. Borges habría contestado: “No recuerdo el texto, pero podría haberlo escrito”. A partir de ahí, la carrera literaria de Harold Alvarado Tenorio –el entonces joven poeta de esta historia, que hoy es un octogenario incombustible– ha tenido cumbres y caídas, pero no ha pasado desapercibida en la vida literaria nacional.
Harold habló con EL COLOMBIANO sobre Poemas, su más reciente libro de versos, que presentará este 12 de junio a las seis de la tarde en la sede del Estadio de la librería Grammata.
Hace unos días, Gustavo Álvarez Gardeazábal dijo que usted es el mejor poeta vivo de su generación, pero sus polémicas lo han eclipsado. ¿Cree que eso se ajuste a la realidad?
“Ese tipo de afirmaciones rotundas, el mejor, el peor, el meridiano, etc., todo ese tipo de lenguaje se usa habitualmente para evadir decir algo cierto sobre el tema que se está conversando. Pareciera querer decir Gardeazábal que le molestan mis polémicas. Pero todo ello me tiene sin cuidado. Todo irá al olvido; la existencia de las cosas depende de quien las necesite o quiera dar uso de ellas. Aun cuando también pareciera que el arte se conserva incólume si está bien hecho. Eso he tratado de hacer con mis poemas, pero nada puedo garantizar al respecto. Además, cuando haya muerto, nada sabré de ello, solo habré conocido la maledicencia de quienes han usado el poder para tratar de hacernos desaparecer del mapa”.
Sus anteriores poemarios tenían títulos sugestivos, este no. Se titula Poemas, a secas. ¿Por qué tomó esa decisión?
“Porque eso pretenden ser, meros poemas, textos líricos. He llegado a pensar que el título para un libro distrae al lector de entrada, lo previene. Otra cosa son los títulos de los poemas, que son como una lucecilla para entrar en el laberinto del texto”.
Hace cuarenta años escribió Proverbios de uno llegado a los cuarenta. Ahora se titula Proverbios. Ese poema cierra con el verso “haciendo el cínico papel de un hombre sabio”. Tal vez un presagio de la vejez...
“Lo escribí cuando cumplí cuarenta años y ya había visto lo que nos esperaba. Mis conocidos de juventud iban renunciando a ser honestos, estudiosos, generosos, enemigos de la crueldad y el mal, y optaban por arrodillarse ante la corrupción de los poderosos, y medraban sin pausa en ello. Hoy son lo que merecían, unos don Nadies, llenos de dinero y poder. Petro es el vivo retrato de Camilo González Posso u Otty Patiño: uno ha vivido de su hermano asesinado en una refriega con la policía y el otro de los miles de muertos que han causado todos sus procesos de guerra y paz. Qué asco de tipos. Y cómo olvidar su caricatura, esa piltrafa titulada José Mario Arbeláez. Y si Petro es el Lenin, Ivancito es su divino Stalin”.
Al final de su poema Ella, usted dice: “Ni hermosura ni muerte/ importan al viejo. / Solo estar/ seguir cayendo”. Inevitable preguntarle por esos versos a un poeta de más de ochenta años. ¿La vida es una caída continua?
“Sí, es una desgracia. Eso lo sabemos desde que aparecieron las grandes religiones, único consuelo que tienen los que siguen viviendo. Antes se moría masivamente joven con valor o con honor. Ahora de continuos dolores que nos hacen rezar día y noche, a sabiendas de que solo seguimos cayendo para que el dinero haga más dinero”.
En los poemas del libro el placer está en el pasado, es un asunto que se recuerda. ¿El placer es de los jóvenes?
“El placer existe, o creemos que existe, pero solo si sirve a la fecundidad, el orgasmo es la antesala de la reproducción. Otra marulla de la naturaleza”.
Se ha dicho muchas veces que sus versos son muy kavafianos, pero una vez le escuché decir que eso se debe a sus traducciones del alejandrino. De alguna manera usted prestó su voz a los asuntos del otro...
“Decir que mis poemas son kavafianos es una soberana majadería. Aquí muy pocos pueden leer griego demótico, así que no saben cómo suena la melodía, que no la música, kavafiana. Yo he compuesto esa melodía que tienen mis versiones de los poemas de Kavafis. Y no es cierto que mis poemas imiten los temas de él, cuyo erotismo velado no existe en mis textos, y menos los asuntos históricos, ni siquiera el rescate de la belleza que un viejo homosexual descubre en la carne pobre y paga por ella. A mí me obsède la belleza de la estatuaria griega y romana, esa otra ficción del placer”.
Quizá las figuras más influyentes en su obra sean Rogerio Tenorio, su tío, y Jorge Luis Borges. ¿Qué le enseñó cada uno sobre el oficio de los versos?
“Mi pariente escribía de manera muy tradicional, a la manera de los sonetistas que crecieron a la sombra de Ricardo Nieto, Isaías Gamboa, Cornelio Hispano o Mario Carvajal y su protegido Antonio Llanos, algunos de ellos muy influenciados por el hispanismo de Carranza. De Borges he aprendido muchas cosa, yo quise ser Borges, pero no pude, y aquí se nota. Si algo ha influido mi poesía fueron las tempranas lecturas de los poetas Tang, de ciertos poetas brasileños, y sin duda, de los españoles de la Generación del 50. Pero habré leído tanto poeta y nunca he dejado de traducir, ya fuese con ayuda de otros o con mis propios esfuerzos. Yo he vivido en Berlín, en New York, en Madrid y en Pekín; de algo me habrá servido para admirar la belleza tanto en las calles como en los recintos del arte, y siempre leí muy emocionado a Rubén Darío y a Cervantes”.
Proverbios
No hables.
Mira cómo las cosas a tu alrededor se pudren.
Confía sólo en los niños y los animales
y de los ancianos aprende el miedo de haber vivido demasiado.
A tus contemporáneos pregunta sólo cosas prácticas
y comparte con ellos tus fracasos, tus enfermedades,
tus angustias, pero nunca tus éxitos.
De tus hermanos ama el que está lejos
y teme al que vive cerca.
A tus padres nunca preguntes por su pasado
ni trates de aclarar con ellos tu niñez y juventud.
Con tu patrón no hables, escríbele y nunca le cuentes
tus planes futuros y miéntele respecto a tu pasado.
Ama a tu mujer hasta donde ella lo permita
y si llegas a tener hijos, piensa que,
como en los juegos de azar,
podrás ganar o perder.
El destino no existe.
Eres tú tu destino.
Y si llegas a la vejez
da gracias al cielo por haber vivido largo tiempo,
pero implora con resignación por tu pronta muerte.
Los que no tenemos dinero ni poder
valemos menos que un caballo,
un perro,
un pájaro o una luna llena.
Los que no tenemos dinero ni poder
siempre hemos callado para poder vivir largos años.
Los que no tenemos dinero ni poder
llegados a los cuarenta
debemos vivir en silencio
en absoluta soledad.
Así lo entendieron los antiguos,
así lo certifica el presente.
Quien no pudo cambiar su país
antes de cumplir la cuarta década,
está condenado a pagar su cobardía por el resto
de sus días.
Los héroes siempre murieron jóvenes.
No te cuentes, entre ellos,
y termina tus días
haciendo el cínico papel de un hombre sabio.