Cultura

Con Axis mundi, Reencarnación amplía el eje del ultrametal en Colombia

En 1987 nació esta banda en Medellín que ha sido piedra angular del metal nacional. Acaban de lanzar un nuevo disco para demostrar su vigencia.

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hace 13 minutos

Por Luis Felipe Gutiérrez Hoyos
* Colaboración especial


En Colombia, un país donde el metal extremo no solo fue música sino territorio, ritual y resistencia urbana, hablar de Reencarnación es hablar de un linaje. Desde el ultrametal de los años ochenta hasta las mutaciones contemporáneas del black y el thrash, la banda ha sido piedra angular del metal nacional. Con Axis mundi, su sexto álbum de larga duración, publicado el 12 de octubre de 2025 por el sello Void Nation, el grupo no celebra su historia: la somete a prueba.

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Víctor Raúl Jaramillo, su líder, conocido dentro del circuito metalero de Medellín como Piolín, evita las declaraciones grandilocuentes. Prefiere citar a Wisława Szymborska para recordar que somos “tan diferentes como dos gotas de agua pura” y que todo, incluso lo que parece repetirse, es nuevo bajo el sol. “Es la puesta en escena de cuarenta años de actividad artística”, afirma. Y eso es exactamente lo que se escucha: un álbum anclado en el ultrametal fundacional, pero decidido a expandirlo.

Desde los primeros compases, Axis mundi deja claro que su energía no proviene de la conmemoración, sino de una urgencia creativa. Piolín lo define como “un acto de resistencia” y “una necesidad vital”. Esa vitalidad se percibe en la producción: el sonido es crudo cuando debe serlo, pero también dinámico y consciente de su peso histórico.

Sanguina mortis encara esa tensión entre tradición y riesgo. El tema transita el thrash y el black con la ferocidad que caracteriza a Reencarnación, pero introduce variaciones estructurales que denotan lo progresivo. Es una expansión musical del lenguaje propio de la banda donde la violencia sonora se complejiza sin perder intensidad.

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En “Sueño profundo” y “Sacro pandemonium” reaparece el ADN del grupo: velocidad, brutalidad, riffs cortantes, una sensación de inminencia constante. Aquí, el eco del ultrametal ochentero sigue presente, pero pulido por años de experiencia, dejando ver brutalidad, sí, pero también control.

Axis mundi, la pieza que da nombre al álbum introduce un matiz inesperado: texturas instrumentales y atmósferas cercanas a la música clásica contemporánea y al minimalismo, ampliando su vocabulario sonoro. No es un adorno, sino una expansión conceptual. Si en el estricto sentido antropológico axis mundi representa el eje que conecta cielo, tierra e inframundo, la canción funciona como bisagra del disco.

Piolín define el álbum como “onírico, esotérico, enigmático en su médula, simbólico”. Esa dimensión simbólica no está en letras que buscan deslumbrar, sino en la atmósfera general: sensación de tránsito y cruce de umbrales. Aquí el metal no es solo género, sino herramienta de exploración.

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Entre los gestos más significativos está la inclusión de Reencarnación de la Luna, primer tema compuesto por Piolín en su paso por Profecía (1983-1986), que da origen al nombre de la banda. A ello se suma La bestia, versión del tema The Beast de la agrupación neojerseyana The Beast, con una nueva letra en español escrita por Jaramillo.

En Medellín, ciudad que convirtió el ruido en identidad, publicar un disco de metal extremo en 2025 no es un gesto decorativo. Puede que las condiciones hayan cambiado desde los años más convulsos, pero la lógica de la resistencia permanece. Hacer metal —extremo, radical, no complaciente— sigue siendo afirmación. En ese sentido, Axis mundi no solo mira atrás: demuestra que el metal extremo colombiano puede mantenerse sin diluirse.

Reencarnación no es solo una de las bandas más influyentes del país; su impronta resonó incluso en escenas escandinavas que luego redefinieron el black metal global. Más allá de la anécdota, el álbum dialoga con esa casta transnacional sin perder su raíz local.

Al final, Axis mundi no se sostiene por su historia, sino por la convicción con la que está hecho. No es un disco para consolidar una reputación, sino resultado de una necesidad interna. Es, como dice Piolín, “un salto al vacío y una prueba de amistad y confianza entre sus integrantes”. Tras cuatro décadas, Reencarnación suena a institución, pero sobre todo a banda, en el sentido más vital del término.

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En tiempos de consumo rápido y algoritmos complacientes, un álbum así exige escucha atenta. No ofrece comodidad: ofrece intensidad. Y en esa intensidad late el mismo impulso que hace cuarenta años convirtió el metal en Colombia en algo más que música: en una expresión cultural con carácter propio.