Cultura

Sergio Savango, un artista que se inspira en las historias de las mujeres de su casa

Sus obras serán expuestas en la galería El Garaje de Bogotá del 21 de febrero al 16 de marzo. En junio llegarán a Nueva York. Lo visitamos en su estudio.

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Periodista. Hago preguntas para entender la realidad. Curioso, muy curioso. Creo en el poder de las historias para intentar comprender la vida.

14 de febrero de 2023

Sergio Savango comenzó a pintar gente negra sin saber que tiene algo de negro. Su tatarabuela era hija de esclavos africanos comercializados en Cartagena que después llegaron a Belmira, norte antioqueño. Sergio lleva diez años pintando retratos inspirados en las mujeres de su familia. Cuadros con una carga histórica poderosa.

No estudió arte. A los 20 años —tiene 30— descubrió este talento cuando estaba en segundo año de arquitectura. En las materias de dibujo se dio cuenta de ese gusto, entonces poco a poco se fue puliendo, aprendiendo. La pasión fue tanta que prefirió dejar la carrera y dedicarse a pintar.

Pintando le encontró un sentido diferente a su vida. Con esas pinceladas le da identidad a muchas de sus mujeres: hermanas, tías, primas. A las que les fueron suprimidas sus identidades y libertades. Por parte del papá tiene 16 tíos y tías, y más de 70 primos.

Sergio está en su estudio que queda en Copacabana, Antioquia. Allí también está su casa donde vive con su esposo Mariano. Es un salón amplio de ventanas de vidrio gigantes que van desde el piso hasta el techo y por las que se logra apreciar la vegetación que rodea su casa.

—¿Qué hay detrás de las personas que pinta?

—No tienen una identidad física real, porque solo tomo referencias de las tías, primas o amigas, pero les cambio la fisonomía. Son historias de gente común que no tiene un reconocimiento público. Desde niño me ha movido la gente, ver la gente. Y la muerte de mi papá me generó un despertar más ancestral.

Gustavo, su padre, falleció hace seis años. Y esa muerte fue precisamente la que lo motivó a interesarse más por las maternidades forzadas y las mujeres con distintos tipos de anhelos: de ser libres, de no tener tantos hijos, de ser profesionales o de no depender siempre de la figura masculina. Cuando muere el papá siente ese chispazo por encontrarse con su raíz, algo que lo trajo de nuevo a Medellín el pasado 21 de diciembre de 2021: nació en Bello, pero vivió casi 20 años en Argentina.

Los nombres de sus obras son muy colombianos. En “Nosotras los domingos ya vamos a la iglesia”, por ejemplo, se inspiró en sus tías o muchas otras mujeres antioqueñas seguidoras de la religión de forma indirecta. Que desde niñas viven en esa dualidad entre querer ser libres y a la vez sienten la necesidad de ir a la misa del pueblo. Las que son muy católicas, pero les gusta la parranda. Muy católicas, pero se quieren separar del esposo y no tener más hijos. Fue un canto a las libertades desde las decisiones propias.

Hay otro: “Retrato de Clarita”. Fue una forma de darle identidad a la mujer y, sobre todo, a los cuerpos imperfectos. Es una escena en la que se ve la contemplación del cuerpo desde lo diferente. Una joven frente al espejo que se siente tranquila con lo que observa, que tiene la libertad de hacerlo, de mirarse, de quererse. Que desde el amor propio entiende que todos somos diversos.

—Me conecto mucho con las mujeres, no le tengo miedo a lo femenino.

—¿Y cómo se inspira?

—Escribo mucho, lo que voy escuchando y pensando lo anoto. Saco muchas fotos de lo que me gusta y junto. Tengo muchos cuadros pensados, pero los voy haciendo en diferentes momentos, ahora estoy haciendo cinco que los planeé hace cinco años. Yo voy encontrando los momentos para poder hacerlos.

Cuando Sergio no está pintando, se le ve practicando gimnasia acrobática o bojutsu (arte marcial japonés con un bastón). Son sus maneras de salir de la rutina.

La esencia de Savango

En su proceso creativo primero plasma la escena en un boceto en una hoja de papel que después lleva al lienzo donde también la dibuja a lápiz. Luego elige una gama de colores partiendo de algunos referentes de sus otros cuadros o de otros artistas. Se inspira, a veces, en Fernando Botero, Débora Arango y Pedro Nel Gómez. O en el color de una pared que vio en algún pueblo que visitó.

Para darles color a esas escenas, Savango inicia aplicando óleo sin aceite para lograr un aspecto mate y cuando se seca se va yendo con un óleo con más aceite para que quede más graso, más brillante. Y tenga una durabilidad en el tiempo.

Usa diferentes tipos de pinceles. Con los chinos de cerda de gato hace las capas iniciales y para los detalles utiliza unos más pequeños y angulares. Las pinturas las mezcla en un charol de plástico o en platos de icopor. Inicia siempre con tres colores: rojo, naranja y amarillo. Esto ocurre en cualquier cuadro, porque lo primero que pinta son las orejas y la nariz de los personajes.

De primerazo se creería que el azul es su color favorito: está en casi todos sus cuadros, pero no. Le gusta el maure que es como un rojo encendido. En sus obras utiliza el verde, un color con una carga simbólica fuerte desde el feminismo, un tema que toca muy implícitamente.

Sus manos y pies están presentes en la mayoría de sus cuadros. Es decir, mujeres con la forma de las manos y pies de Sergio. Es la historia de alguien, pero en parte es también la vivencia de Sergio.

—¿Por qué incluye estas partes de su cuerpo en las obras?

—Es más algo simbólico, porque estas historias y el arte son las que me han hecho a mí, me han puesto los pies sobre la tierra. Más que la forma, es el significado.

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Nunca pinta un cuadro a la vez, pinta varios al tiempo porque se aburre fácil. En un mes saca máximo tres: el óleo tarda mucho en secar. Mientras seca la capa de uno, continúa con el otro, y así. Nunca, tampoco, los cuadros le quedan como pensó en un principio.

—Lo que más me gusta cuando los termino es que me sorprendo, porque me siento con una idea pero termino con otra. Eso es lo lindo también, ese dejarse llevar para encontrar cosas muy interesantes. Cada cuadro que me enseña, ha sido también aprender a llevar procesos míos personales, ha sido un acompañamiento desde el arte, pero también una terapia.

En promedio sus cuadros miden 1.80 por 1.70 o 2 metros por 1.70. Hace poco hizo uno de 3 metros por 1.80 para la Oficina de la Comisión de la Verdad: está en la Universidad de Antioquia. Son cuatro mujeres: dos están de pie y son esas anónimas que han sufrido toda la carga de la violencia en los territorios más apartados, que no paran de luchar; otra está sentada junto a un árbol cargando una bebé y representa esa nueva generación de mujeres que aprendieron de esos procesos de paz, con más libertades.

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El primer cuadro que vendió, hace 10 años, fue al cuñado de una de sus hermanas: es un rostro abstracto de una niña. Todo fue en pinceladas con acrílico, porque en ese entonces no conocía mucho el óleo: cobró 100.000 pesos por él.

En estos 20 años que lleva pintando, Sergio ha vivido varias anécdotas. Sin embargo, una que tiene fresca en sus recuerdos es la vez que un millonario coleccionista de arte judío lo contactó por Facebook porque quería un cuadro suyo. Cuando se encontraron para hablar del precio, el artista le hizo una oferta del doble del precio inicial y el cliente se rió, “me respondió que se lo estaba regalando”. No le había entregado el cuadro y al otro día ya tenía la plata en la cuenta.

—¿Qué le falta pintar?

—Hay unos cuadros que quiero pintar más referentes a las manifestaciones y protestas sociales, pero siento que todavía no es el momento.

—¿Y ya pintó al papá?

—No. He pintado su esencia, algunos rasgos, pero no tal cual era él. Y no lo voy a pintar más porque ya lo hice dos veces y con eso logré ese proceso de sanación. Está bien donde está, donde lo tengo yo.

—¿Cuál es esa esencia?

—Lo que transmitía su mirada, era una mirada que dice que todo estará bien, de tranquilidad o de contemplación.