Mundial 2026

La historia detrás de la bendición que llevó a Luis Díaz a la cima del fútbol mundial

En este perfil exploramos la vida de la figura de la Selección Colombia a partir de la voz de sus familiares y de Barrancas, su pueblo natal. Les contamos el mayor secreto de Lucho.

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Periodista de la Universidad de Antioquia con énfasis en periodismo narrativo. En El Colombiano cubro deportes. He sido enviado especial a partidos de la Selección Colombia en Barranquilla. También a eventos de ciclismo como el Clásico RCN, Tour Colombia, Giro de Rigo, partidos de tenis, carreras de atletismo, natación, gimnasia, tiro con arco. He cubierto 7 finales del fútbol colombiano (6 in situ) y el Mundial de Qatar. Sigo la actualidad del DIM, Nacional y deportes del ciclo olímpico. Hago perfiles de deportistas. Presentador de El Debutante y realizador para redes sociales. Tuve un paso por el equipo digital: escribí breaking news.Trabajé en el programa Ángulo Deportivo de la emisora cultural de la UdeA. Escribí para La Oreja Roja y La Cola de Rata sobre migración, política internacional, economía y deportes. Fui voluntario de la Revista Arcadia en 2018. Produje y edité un podcast en serie llamado Duplas. Lector, salsómano y amante de sufrir en bici.

hace 3 horas

Luis Díaz tiene un secreto. Bueno, en realidad tiene varios. Pero hay uno que es la verdadera razón de su éxito. Es algo tan cotidiano que, cuando el lector de este perfil se entere, dejará de verlo solo como el futbolista extraordinario que su esfuerzo ha forjado y se dará cuenta de que el extremo guajiro vive cosas como las que le pasan a cualquier joven colombiano.

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Las raíces son fundamentales en la vida. Tener un lugar en el mundo para volver, del cual sentirse parte y decir «yo soy de allá», es el cielo, mientras que no tenerlo es doloroso, un infierno, según narró Dante en La Divina Comedia.

Por eso, no hay mejor manera de entender al hombre que hay detrás del mejor futbolista colombiano del momento, que es candidato serio para ganar el Balón de Oro después de hacer una temporada increíble con el Bayern Múnich —anotó 26 goles y dio 23 asistencias— y está a días de cumplir el sueño de jugar su primer Mundial, que viajar a sus raíces, al lugar donde nació y creció.

Estamos en Barrancas, La Guajira, el municipio donde doña Cilenis Marulanda dio a luz a Luis Fernando Díaz Marulanda, el primer hijo de su matrimonio con Luis Manuel Díaz, un hombre apasionado por el fútbol que, sin saberlo, le heredó a su primogénito un regalo que le daría sentido al resto de su vida desde aquel jueves 13 de febrero de 1997 en que vino al mundo.

Barrancas no es un municipio desértico, como pueden pensar algunos. Todo lo contrario, está rodeado de un color verde que le da un aire macondiano: por donde se mire se encuentran árboles grandes, parcelaciones con sembrados de plátano, yuca y montañas, muchas montañas.

Lea: Esta es la esquina de Barrancas que guarda los secretos de Luis Díaz, la gran figura de la Selección Colombia

El municipio donde se formó uno de los talentos más grandes que ha visto este país está en el valle que se forma entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá, dos montes imponentes llenos de biodiversidad que son fundamentales en la geografía de nuestro país.

Allí hace mucho calor. En el día, la temperatura puede alcanzar los 39 grados, mientras que las noches nunca bajan de 20. El Dane estima que allí viven 44.000 personas y que, como consecuencia de dificultades para acceder al sistema de salud, tener una vivienda digna y poseer servicios públicos como el agua potable todo el tiempo, el índice de pobreza multidimensional es de 52,3 %.

Algunas familias del lugar, que colinda con los municipios de Fonseca, Hatonuevo, Riohacha y la frontera con Venezuela, viven en casas de bahareque, un método de construcción donde las estructuras se hacen con palos y se cubren con una mezcla de barro, paja y agua.

Estas se ven en pequeñas parcelaciones cuando se va por la vía que pasa por las afueras del municipio, donde los Díaz son conocidos y respetados, incluso desde antes de que Lucho llevara su nombre por el mundo: cuando jugaba en el Liverpool inglés, cada que se destacaba, le cantaban desde las tribunas que fue a esa ciudad a marcar goles, que él era Luis Díaz y que era de Barrancas.

De tal palo...

Bien dicen que lo que se hereda no se hurta. Luis Díaz es, en esencia, la mezcla perfecta entre los rasgos de sus padres, no solo en lo físico, sino también en su forma de ser. Doña Cilenis Marulanda es una mujer de piel trigueña, cabello crespo y una estatura que está por encima del promedio femenino de Colombia, que es de 1,59 metros.

Ella, a vuelo de pájaro, pasa del metro con sesenta y cinco centímetros. Es una mujer callada, reservada, que prefiere la sombra, el anonimato, vivir en silencio y con modestia, aunque es la progenitora de quien quizás es, hoy por hoy, el colombiano más famoso de todo el planeta.

En un evento realizado el miércoles 10 de junio en la cancha sintética de la sede de la fundación que su hijo tiene en Barrancas, prefirió quedarse sentada bajo una carpa antes que levantarse a hablar con los representantes de las empresas presentes o ponerse a conversar con las personas que trabajan en la alcaldía de su municipio.

Como casi no se expone, nadie la molesta. Por eso mismo es difícil de identificar para quien no la haya visto antes. Sin embargo, basta con detallarle el rostro para darse cuenta de que es la mamá de Lucho: se parecen mucho.

Así fue como este escribiente se le acercó y le propuso tener una conversación. Ella dijo que no le gustaban esas cosas. Pero era una oportunidad de oro: en los años de carrera de su hijo, ella no ha concedido más de dos entrevistas. Por eso le propuse no hacer video, sino solo grabar el audio con el celular y que, después de que me diera su permiso, olvidáramos el teléfono y solo habláramos. Estaba poco convencida, pero aceptó.

¿Qué siente al ver que tanta gente quiere a su hijo?

“Siento mucha alegría. Me siento muy orgullosa de él, de ver que lo apoyan tanto en Colombia como en todos los países del mundo. Eso lo ha ayudado mucho a salir adelante. Siempre le pido a Dios que le dé mucha sabiduría e inteligencia para que siga creciendo como jugador y como persona”.

¿Por qué cree que en el país sienten tanto amor por Luis?

“Porque es muy humilde, sencillo. La humildad es lo mejor que él tiene. Por eso ha crecido en su carrera futbolística y en su vida personal. Eso, de verdad, marca la diferencia. Yo he conocido a otros jugadores, compañeros de él, que son buenas personas, pero no tienen el corazón tan grande como lo tiene él. Y no lo digo porque sea mi hijo”.

En lo último que dijo, no le falta razón. Se sabe que el amor de madre es tan grande que algunas veces puede ser ciego. No obstante, los hechos hablan por sí mismos: con su fundación, Luis Díaz ha ayudado a más de 100 niños de su municipio. No solo les da espacios para que jueguen fútbol. También los apoya para que tengan educación y acceso a la tecnología —lo respaldan las marcas Oppo y Claro—, oportunidades que él no tuvo cuando era un niño extrovertido cuando tenía el balón en los pies, pero introvertido si de hablar se trataba.

¿Qué le heredó Lucho a usted?

“Él me heredó a mí la timidez. Nosotros somos un poquito tímidos para hablar”, respondió mientras se reía al verse hablando con un desconocido de lo más valioso que tiene una madre: uno de sus hijos.

¿Usted acompañaba a sus hijos a jugar cuando eran pequeños?

“A mí no me gustaba el fútbol. Mane siempre ha sido entrenador, pero yo solo lo acompañaba en ciertos partidos. Sin embargo, cuando empezó a llevar a mis hijos, comencé a ir más a las canchas para ver jugar a mis niños”.

¿Ahora, que tiene un hijo que está entre los mejores 5 futbolistas del mundo, le gusta el fútbol?

“Ahora sí me gusta ver los partidos. Disfruto mucho los partidos de mis hijos (Jesús Díaz, el menor de la familia, juega en el Independiente de Yumbo, de la segunda división de Colombia). No me pierdo ninguno. Algunas veces, cuando veo que los tumban, salto y grito: «¡No, jueputaaaa!». (Risas). También me molesto cuando los jueces les sacan tarjetas sin motivo. No puedo aceptar esas cosas”.

Aprovechando su presencia, ¿es verdad que Lucho tuvo desnutrición de joven?

“Mi hijo nunca pasó hambre. Cuando dijeron eso, me dio mucha rabia. Nunca pasó. Esa era su constitución. Yo siempre estaba muy pendiente de la salud de mis hijos y los médicos me dijeron, cuando era pequeño, que él era delgado porque quemaba mucha grasa, pues siempre estaba pateando (jugando fútbol) en nuestra casa. En su momento, el médico me dijo que no me preocupara. Además, el muchacho comía mucho”.

Lo último lo confirmó Josher Brito Díaz, un ingeniero de minas de 32 años que, además de ser uno de los primos cercanos de Luis Díaz —«somos como hermanitos», dice—, es el director de la fundación del jugador desde 2019. El hombre, tres años mayor que el primo con el que iba a ver jugar al equipo de El Cerrejón en Primera C, del que Mane Díaz hacía parte del cuerpo técnico, aseguró que “si vieran las cantidades que come desde pequeño, más de uno quedaría sorprendido”.

¿Cuál es la comida favorita de Luis, qué le pide cuando viene a la casa?

“Cuando viene, me pide que le haga arroz con pollo, arroz de coco, mojarritas, ensaladitas, comidas típicas de acá, de La Guajira. También le gusta comer friche”, respondió doña Cilenis, que es la protagonista del video de la canción “La Promesa”, que Luis Díaz canta. Eso, la pasión por la música, es una herencia de la que hablaremos más adelante.

Por ahora, hay que decir que el friche es un plato tradicional de la cocina wayuu que consiste en cocinar pequeños trozos de carne de chivo que, después, se fríen en su propia grasa, en su misma sangre y que, por lo general, se sirven con arepa de maíz, bollo de yuca y queso costeño.

Ese plato que tanto le gusta a Lucho es de origen indígena. De acuerdo con datos de la Presidencia, el 26,3 % de la población que vive en Barrancas es indígena. En el municipio, compuesto por los corregimientos de Carretalito, Chalceta, Guayacanal, Las Casitas, Nuevo Oreganal, Papayal, Patilla y San Pedro, hay siete resguardos wayuu.

Por eso, en 2015, ese lugar fue uno de los sitios donde se buscaron jugadores para armar la Selección Colombia que disputó la Copa América de Pueblos Indígenas, celebrada en Chile. El equipo era dirigido por Carlos “El Pibe” Valderrama.

—Él llegó a esa selección porque un entrenador, muy amigo nuestro, lo vio y dijo que le hacía falta un jugador. Aunque él no era indígena, lo metieron ahí después de que el técnico le dijera a Mane que jugaba demasiado —aseguró doña Cilenis, quien está convencida de que su hijo hará un buen Mundial en Norteamérica 2026—: “Yo sé que a mi Lucho, mi rey, le irá excelente porque tiene mucha energía positiva y siempre piensa en salir adelante con la Selección”.

Un sueño de familia

En la cancha de arena del barrio Lleras de Barrancas se ve correr, de un lado para otro y con una velocidad poco usual, a un niño flaquito al que le gusta tanto tener el balón que, cuando alguien se lo quita, pega una carrera para volverlo a tener y tratar de marcar gol.

Son los primeros años del 2000. El niño se llama Luis, como su padre. Pero también lleva ese nombre porque era el que tenía su bisabuelo paterno, registrado como Luis Guillermo Díaz.

Luis Guillermo nació en Barrancas cuando Colombia era muy nueva para el mundo (entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX). Tenía varios hermanos. Entre ellos estaba María Ignacia Díaz, conocida como Nacha, una mujer que tuvo un hijo ciego con gran talento para componer canciones vallenatas, al que llamó Leandro.

Leandro Díaz es considerado uno de los mejores compositores de vallenato de todos los tiempos. El hombre, nacido el 20 de febrero de 1928, era primo del abuelo de Luis Díaz. Así lo contó el mismo Jacob Díaz, un hombre de 90 años (nació el 29 de noviembre de 1936), que vive en una casa esquinera del barrio Lleras de Barrancas donde el ahora extremo del Bayern Múnich pasó casi todo el tiempo de sus primeros 17 años de vida.

Al frente de la vivienda, que tiene un patio enorme que hoy día está “cubierto” por unas paredes de más de 5 metros que hubo que poner cuando Luis Fernando se volvió famoso por jugar en el Junior de Barranquilla, queda la cancha donde Lucho dio sus primeras patadas.

Cuando la figura de la Selección Colombia empezó a jugar era de arena, pero ahora es de césped sintético: hace cuatro años la Alcaldía de Barrancas la intervino para hacerle un homenaje al jugador. Sin embargo, ese escenario deportivo lo construyó don Jacob, quien es delgado como su nieto, lleva unos pelos en la barbilla que acompaña con un bigote —como el que ha utilizado el futbolista algunas veces—, completamente blancos, porque era un apasionado por el fútbol.

Jacob, de voz suave y una media sordera que lo obliga a utilizar un audífono en el oído izquierdo, que le permite escuchar cuando la gente le habla duro, casi gritado, a pesar de estar a menos de un metro, jugaba fútbol cuando era joven, aunque su verdadero pasatiempo era tocar flauta, guitarra y cantar.

La pasión por el fútbol de Jacob la heredaron dos de sus nueve hijos: Gabriel y Luis Manuel. Ambos crearon, hace más de 30 años, el Club Baller (Club Barrio Lleras), una de las primeras escuelas de formación que tuvo Barrancas.

Luis Manuel, conocido en el pueblo —y en el mundo— como Mane, jugaba bien. Dice que en la cancha se movía parecido a como lo hace hoy su hijo: “Yo era correlón, hacía goles. Él heredó de mí eso. También la humildad, la sencillez, lo cumplidor, lo dedicado y la entrega que le pone a todas las cosas que le gustan”.

Mane y su hermano han formado a varias generaciones de futbolistas en Barrancas. Sin embargo, su mejor proyecto ha sido Lucho: el gran heredero de la pasión que ha movido a tres generaciones de la familia Díaz.

Según contó el tío Gabi, a quien Lucho muchas veces le dice papá, el extremo guajiro mostró su amor por el balompié desde pequeño: todos los juguetes que tuvo de niño eran balones. Esa esférica era, como aún demuestra, lo único que le importaba.

Desde niño, de acuerdo con el relato de su tío, un hombre que también disfruta cantar vallenato, Lucho mostró que tiene claro dónde están sus raíces, que sabe de dónde salió y siente orgullo de los lugares que lo han marcado.

Cuando Luis Fernando tenía 10 años, la familia Díaz Marulanda se ganó una casa en el barrio El Cerezo, más al centro de Barrancas, que entregó el Gobierno. Mane y Cilenis se mudaron para allá con sus hijos. Sin embargo, cuando salía de la escuela, Lucho se iba para la casa del abuelo paterno a jugar y se quedaba hasta las 10 de la noche con sus primos, bien fuera en la cancha de arena o en el patio del hogar de los abuelos.

Los secretos de Luis Díaz

Una de las cosas que más le admiran en el mundo a Luis Díaz es su capacidad para controlar el balón como si tuviera un guante en el pie. Piensen en el gol que le hizo a Argentina con la Selección Colombia en el Monumental de Buenos Aires. Recuerden el golazo que le marcó al PSG en la semifinal de la Champions, cuando controló el balón después de un pase largo de Harry Kane con el “tacón” del pie, y lo hizo ver como si fuera fácil.

Esa técnica, para muchos comparable con la de varios futbolistas brasileños, Luis Díaz la forjó desde niño en la casa de su abuelo. Casi siempre que jugaba con sus primos, bien fuera en el patio, donde ponían como arcos los troncos de unos árboles de mango que aún están, o en la cancha de al frente, lo hacía descalzo.

No le importaba que el suelo hirviera por el fuerte rayo del sol. Tampoco que eso le generara lo que su primo Josher denominó como vejigas de sangre —ampollas—, que se les formaban y reventaban cuando el roce de la piel con el asfalto o la tierra era tan fuerte que les levantaba el cuero.

Nada de eso importaba. En su momento, ellos se limpiaban la sangre y se sobreponían la piel levantada para poder seguir jugando. Sabían que, con el paso del tiempo, ese cuero que se pegaban se iba a convertir en un callo que los protegía para que no les doliera jugar sin zapatos, que solo se ponían cuando disputaban partidos con niños de otros barrios o en la cancha Olimpo Fonseca de Barrancas, ubicada en el centro del municipio, donde se hacían los torneos.

Eso llevó a que Díaz forjara el carácter que hoy, ad portas de jugar el Mundial de Norteamérica, lo ha convertido en una figura mundial. También influyó en Luis la formación que le dieron en el Club Deportivo Albania, del municipio guajiro que lleva ese nombre, que ahora recibe las regalías de formación del jugador cada vez que hay traspasos porque el Club Baller no estaba inscrito ante la Liga de Fútbol de su departamento cuando Lucho jugó allí.

En Albania lo llevaron por primera vez a Barranquilla. Allá jugó un torneo. Le fue bien. Hizo un golazo en el que se pasó a todos los rivales, con el balón controlado, desde la mitad de la cancha. En la prensa le pusieron “Maravilla Díaz”. Poco después se presentó, con su padre, a las pruebas del Junior. Jugó algunos minutos. Lo eligieron.

Cuando llegó a Barranquilla, su vida no fue fácil. En Barrancas hacían actividades como rifas o ventas para enviarle dinero que lo ayudara a sostenerse. Un tío que vivía en la capital del Atlántico lo llevaba a Bomboná, la sede del Barranquilla FC, filial del Junior en la que empezó a jugar, todos los días en una moto.

Ahí empezó a crecer como jugador. El 13 de abril de 2016, hace 10 años, debutó como profesional en un partido entre Barranquilla y Jaguares de Córdoba por la Copa Colombia. En 2017 pasó al Junior. A mediados de ese año debutó en primera división. Después se destacó en la Copa Sudamericana de 2018, en la que Junior fue finalista (perdió ante Paranaense). Lo buscaron desde el exterior. Se iba a ir a River Plate, pero el pase se cayó.

Terminó en Porto. Ahí se destacó. Después de su brillante Copa América en 2021, llamó la atención del Liverpool. Lo compraron a inicios de 2022. En Inglaterra brilló. Esta temporada, previa al Mundial, llegó al Bayern, donde vive uno de los mejores momentos de su carrera. Es, sin duda, un hombre lleno de éxito.

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El secreto del éxito de Luis Díaz es hacerle caso a doña Cilenis, su madre. Antes de cada partido, ella le escribe un mensaje por WhatsApp en el que le envía su bendición y que su hijo, quizás el hombre más famoso de Colombia en este momento, debe responder de inmediato.

“A él le va bien porque responde mis bendiciones. Si no lo hiciera, no le iría bien. Yo le digo que tiene que responderme porque las bendiciones de la mamá son las que más cuentan”, asegura doña Cilenis. Lucho, como cualquier joven colombiano, tiene que hacerle caso a su mamá.

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