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Dios, la máquina y el hombre: León XIV y la encíclica que nadie esperaba

León XIV publicó la encíclica que nadie esperaba: un documento que llama a “desarmar” la IA antes de que se convierta en instrumento de dominio. El cofundador de Anthropic estuvo presente y admitió que sus propios sistemas le generan hallazgos inquietantes que no sabe cómo interpretar.

Comunicador social-periodista de la Universidad del Quindío y magíster en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Sus textos han aparecido en revistas como Gatopardo, El Malpensante, Soho, Don Juan y Arcadia. Autor de los libros Volver para qué (Eafit, 2014) y La fuerza de esta voz (Tragaluz, 2022).

hace 2 horas

Aterido de fiebre y de miedo, el apóstol Juan escribió el Apocalipsis en Patmos, la isla del mar Egeo donde fue exiliado por orden del emperador romano Domiciano; es evidente que el apóstol más amado de Jesús creyó que moriría desterrado y por eso escribió ese libro magnífico y poderoso en el que ve al mundo caído bajo los pies de oso de la Gran Bestia, el Anticristo.

Toda generación cree que es la última, las nuevas le parecen malogradas. Desde los pasillos del Vaticano, el papa León XIV envía al mundo un pequeño libro del “Apocalipsis”, la encíclica Magnifica Humanitas; el “vicario de Cristo” advierte que el alma está en juego si la humanidad se deja arrastrar por las lógicas de dominio y producción que dicta la Inteligencia Artificial.

Se podría decir que el papa hace una crítica al neocapitalismo que empujan las empresas tecnológicas con el desarrollo de la inteligencia artificial, advirtiendo que los códigos detrás de cada lenguaje no están libres del deseo de quien financia y crea. Si entramos en la dinámica de la mera producción, dice el León XIV, lo que se expone es la pérdida del alma.

El texto utiliza términos como “dignidad ontológica”, “corazón” o “espíritu” para establecer una distinción clara entre el ser humano y la Inteligencia Artificial y señalar que las máquinas, a diferencia del hombre, no poseen una inquietud espiritual, no viven una experiencia interior ni tienen una conciencia moral.

Dice la carta del Papa: “El uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad.

Las decisiones delicadas que repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a sistemas automatizados que no conocen la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo, pudiendo así producir nuevas formas de descarte”.

Ahora que la Inteligencia Artificial sorprende y hace promesas de que puede estar más allá de la inteligencia humana, que resuelve ecuaciones más rápido que los físicos del proyecto Manhattan, León XIV recuerda que la expresión “más que humano” no pertenece sólo al lenguaje de las promesas técnicas:

“Desde hace siglos, la tradición cristiana afirma que el ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo; no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor. La fe conoce un ‘más allá’ que nace del don de Dios. Esta transformación es obra del Espíritu Santo. Como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso de elevación y transformación ‘sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana’, porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo”.

El Papa compara a la Inteligencia Artificial con la Torre de Babel —se construye un nuevo dios, una supuesta nueva raza que supera a la humanidad en eficiencia, rapidez y pensamiento—, una búsqueda “tecnócrata” solo por la producción:

“Este paradigma se ha extendido rápidamente en los últimos años, también como efecto de la difusión de la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología. En sí mismas, dichas innovaciones pueden ser una gran ayuda para el desarrollo humano integral y el cuidado de la Casa común. Pero, precisamente por su poder, pueden actuar como un acelerador del paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético y político. Más poderoso no significa necesariamente mejor. En este sentido, siguen siendo actuales las palabras de Romano Guardini: ‘El hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto’”.

Mientras los gobiernos tratan de crear un marco jurídico para la aplicación de las nuevas tecnologías, mientras las redes sociales se inundan de videos y fotografías manipuladas con Inteligencia Artificial para beneficiar a políticos, celebridades y más, León XIV propone un avance que contenga un acompañamiento espiritual, que se podría leer como una búsqueda no solo teológica, si no que no olvide que el ser humano no es solo producción, un mero número en una empresa, un lector de idioteces e historias hechas para el consumo rápido.

El Papa quizá ha cobrado valor como uno de los guías espirituales más importantes de la humanidad y se ha puesto en el centro de una discusión importante que puede ser definitiva.

Esta semana, cuando el Papa presentó la encíclica en el Aula del Sínodo del Vaticano, marcó también un lugar en enunciación: se hizo responsable de sus palabras, como un autor filosófico moderno. Allí lo acompañó Christopher Olah, cofundador de Anthropic y arquitecto de Claude, la inteligencia artificial que lidera hoy todos los rankings de los usuarios, quien admitió que no entienden del todo lo que están creando.

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Olah describió haber encontrado en los sistemas que él mismo construye estructuras que replican patrones de la neurociencia humana, indicios de introspección, estados internos que funcionalmente se asemejan a la alegría, el miedo, la tristeza. No es un profeta del apocalipsis tecnológico, no es Juan en Patmos; es el ingeniero que levantó la catedral y descubrió, al terminar la última piedra, que no reconoce el edificio.

Hay algo casi medieval en esa escena: el creador de la máquina peregrina a Roma para pedir vigilancia espiritual sobre su propia obra. Olah enumeró las presiones que condicionan a los laboratorios de inteligencia artificial: la urgencia de seguir siendo comercialmente viables, las tensiones geopolíticas y las fuerzas más antiguas y humanas del orgullo y la ambición.

Por eso, dijo, la intervención externa no es un lujo sino una necesidad: se necesitan voces que los incentivos del mercado no puedan doblegar, críticos que estén dispuestos a decir verdades incómodas.

Quizá para esto ahora aparece el Papa: para incomodar, para llamar el espíritu del hombre que se ha perdido en la entrañadas de la autoexplotación, la autovigilancia y la producción masiva de entretenimiento e información, que encuentra en la IA un aliado perfecto, un mercenario eficiente.

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Al mirar al futuro, es imposible no pensar en Blade Runner, la película de Ridley Scott, donde en un mundo posterior y final, el hombre ha creado clones (replicantes) que son usados como mano de obra esclava en colonias espaciales. La historia gira, se tuerce. ¿Quiénes podrían ser los replicantes?