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Maduro capturado: el dictador que cayó rendido tras el cerco de Estados Unidos

Exchofer de bus, heredero de Hugo Chávez y figura central del poder durante casi dos décadas, Nicolás Maduro nunca contempló abandonar el mando por voluntad propia. Su captura tras una operación militar estadounidense marca el desenlace de un liderazgo autoritario, vertical y sostenido en la lealtad absoluta de su círculo más cercano.

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Periodista y magíster en Periodismo de la Universidad del Rosario.

03 de enero de 2026

Nicolás Maduro, heredero de Hugo Chávez y figura central del poder venezolano por casi dos décadas, gobernaba convencido de que Estados Unidos intentaría derrocarlo porque él no se rendiría. Este sábado, esa amenaza se materializó: según anunció Donald Trump, el líder del regimen venezolano fue detenido y sacado del país junto a su esposa, Cilia Flores, tras una operación militar sorpresiva, la Operación Resolución Absoluta, que estaba planeada para desarrollarse cuatro días atrás, pero por circunstancias del clima se pospuso hasta hoy.

Maduro llevaba tiempo gobernando con el presentimiento de este final. No era una intuición difusa ni una paranoia pasajera: era una zozobra constante que atravesaba su entorno más cercano y marcaba cada decisión política y militar. Por primera vez desde que sucedió a Hugo Chávez en 2013, el presidente venezolano sentía que su poder estaba realmente amenazado.

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La madrugada del ataque confirmó sus temores. Estados Unidos lanzó una operación militar por sorpresa contra Venezuela, con bombardeos en varios puntos del país. Fueron atacados al menos cinco objetivos en Caracas y en los estados Aragua y Miranda. La operación tenía un objetivo central: llevarse al presidente.

La operación militar para capturar y extraer de Caracas a Maduro, requirió, según confirmó el jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, “meses de planificación y ensayos” y se utilizaron más de 150 aeronaves. “Fue discreta, precisa, se llevó a cabo durante las horas más oscuras del 2 de enero, y fue la culminación de meses de planificación y ensayos”, dijo Caine.

Miles de soldados de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos se desplegaron durante las semanas de Navidad y Año Nuevo hasta que en la noche del viernes el presidente Donald Trump les dio “la bendición”. Estaba oscuro. Las luces de Caracas estaban apagadas, cuando comenzó la operación que Trump, que en Navidad también autorizó a su ejército para atacar Nigeria, siguió desde una sala de teleconferencia en Mar-a-Lago, donde está de descanso.

Maduro ya había dejado una instrucción clara a su círculo: nadie se rendía. No habría negociación, ni salida pactada, ni acuerdo que implicara abandonar el poder. Si caía, no sería por decisión propia.

Ese rasgo —la negativa absoluta a ceder— define buena parte del perfil político de Maduro. Contra la imagen extendida de un poder fragmentado, quienes lo conocían aseguran que gobernaba en solitario. Su núcleo duro era reducido y hermético.

Además de Cabello, las decisiones estratégicas pasaban por el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López; por Jorge Rodríguez, su principal operador político; por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, hermana de Jorge; y por su esposa, Cilia Flores. Desde ese pequeño círculo se impartían las órdenes de un régimen vertical, sostenido por una red de lealtades chavistas que controlaban cada recoveco del Estado.

Sin embargo, de acuerdo con la información difundida posteriormente por Caine en rueda de prensa desde la residencia de Trump en Mar-a-Lago, “Maduro y su esposa, ambos acusados, se rindieron y quedaron bajo custodia del Departamento de Justicia, asistido por nuestras increíbles fuerzas armadas estadounidenses con profesionalismo y precisión, sin pérdida de vidas estadounidenses”.

Maduro no toleraba fisuras. Durante los meses previos a su caída, el control sobre las Fuerzas Armadas se intensificó. Junto a Padrino López, ordenó investigaciones internas constantes para detectar cualquier signo de alzamiento. En los cuarteles, la consigna era inequívoca: “Dudar es traición”. La frase se convirtió en lema y símbolo, incluso visible en la gorra que Diosdado Cabello utilizaba en su programa de televisión.

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Las purgas no se limitaron al ámbito militar. Tras las elecciones de julio de 2024, calificadas como fraudulentas por organismos internacionales que verificaron las actas presentadas por la oposición liderada por María Corina Machado, Maduro emprendió una limpieza interna. Fueron removidos los jefes de la inteligencia militar y civil y se multiplicaron las inspecciones en los cuarteles. Más adelante cayó Pedro Tellechea, ministro de Industria y Producción Nacional, hasta entonces un hombre de confianza al que el propio presidente había elogiado públicamente. Nadie estaba a salvo.

Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, intentó abrir canales con la administración Trump a través de Richard Grenell, enviado especial de la Casa Blanca para Misiones Especiales. Fueron contactos puntuales, sin éxito. Nunca se discutió seriamente una negociación que comenzara con la salida del presidente. La opción no existía.

Mientras tanto, Maduro avanzaba en su tercer mandato (2025-2031). De haberlo completado, habría acumulado 18 años en el poder, superando a Hugo Chávez, que gobernó 14, y quedando solo por detrás del dictador Juan Vicente Gómez, quien dirigió Venezuela durante 27 años. Su permanencia no se explicaba solo por la coerción: también fue resultado de una estrategia política que combinó control militar, eliminación de disidencias y una capacidad notable para adaptarse a contextos adversos.

Nacido políticamente a la sombra de Chávez, Maduro fue subestimado por sus rivales. Exchofer de bus y dirigente sindical, alto, de espeso bigote y con 63 años, explotó deliberadamente la imagen de “hombre del pueblo”. Se presentaba como un “presidente obrero”, hablaba de béisbol, destrozaba palabras en inglés y compartía anécdotas domésticas con Cilia Flores, a quien llamaba la “primera combatiente”.

En actos públicos bailaba música tecno con una frase suya en inglés: “No war, yes peace”. Desde el Palacio de Miraflores insistía en un discurso de paz, mientras acumulaba denuncias por violaciones de derechos humanos. La Corte Penal Internacional abrió una investigación por crímenes de lesa humanidad tras la represión de protestas masivas en 2014, 2017 y 2019, que dejaron centenares de muertos.

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Su relación con Cilia Flores fue central en su vida política. Ambos se conocieron en 1992, cuando visitaban en prisión a Hugo Chávez, encarcelado por un intento de golpe de Estado. Flores, exprocuradora, fue diputada desde el año 2000 y presidenta de la Asamblea Nacional entre 2006 y 2010. De 69 años, ejercía un poder notable tras bastidores y era una consejera total para Maduro. Ambos son divorciados y tienen hijos de matrimonios anteriores, pero ninguno en común.

Pese a su retórica ideológica, Maduro practicó una forma pragmática de gobernar. Enfrentó una batería de sanciones internacionales tras su reelección de 2018, desconocida por medio centenar de países, y sobrevivió a una crisis económica devastadora: el PIB se redujo en 80% en una década y el país sufrió cuatro años consecutivos de hiperinflación. Aun así, recortó gasto público, eliminó aranceles para impulsar importaciones y permitió el uso informal del dólar, que terminó imponiéndose en la vida cotidiana.

Esa “realpolitik” le permitió cierta estabilización, visible en la reaparición de tiendas y restaurantes de lujo, aunque reservados para una minoría. También supo negociar con Washington, pese a su discurso “antiyanqui”. Reanudó parcialmente el comercio petrolero con licencias a empresas como Chevron y logró la excarcelación de dos sobrinos de Cilia Flores, condenados por narcotráfico en Estados Unidos, así como la liberación de Alex Saab, acusado de ser su testaferro y juzgado en Florida por lavado de dinero.

El mismo país con el que negoció es ahora el que lo juzgará. Según confirmó la fiscal general Pam Bondi, Maduro enfrentará cargos por narcoterrorismo y otros delitos en Nueva York, a donde según Trump son trasladados. Washington lo acusa de liderar el tráfico de drogas a través del llamado Cartel de los Soles, cuya existencia es cuestionada por diversos expertos.

Hasta el final, Maduro se vendió como “indestructible”. Así lo mostraba el dibujo animado de propaganda “Súper Bigote”, emitido por la televisión estatal, donde aparecía como un superhéroe que combatía monstruos enviados por Estados Unidos y la oposición. Se definía como “marxista”, “cristiano” y “bolivariano”, mantenía una relación estrecha con los evangélicos y repetía: “¡Cristo está con nosotros!”.

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Este sábado, sin embargo, la narrativa se quebró. Tras el ataque “a gran escala” contra Caracas y otras regiones, Maduro y Cilia Flores fueron capturados y sacados del país. Su paradero es desconocido. El hombre que nunca pensó rendirse, que concentró el poder como pocos en la historia reciente de Venezuela y que gobernó convencido de ser invulnerable, cayó no por un acuerdo ni por una renuncia, sino por la fuerza.

Con información de AFP...