De sombrío edificio de juzgados a galería de arte: la historia del Palacio Nacional
Iniciamos una serie dominical para reconstruir la historia de las principales joyas de la arquitectura de Antioquia. En esta entrega, el Palacio Nacional, construido entre 1925 y 1933.
Comunicador Social - Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. He trabajado para medios como Radio Bolivariana y El Tiempo. Hago parte del Área Metro e investigo temas de gobierno, política, salud, servicios públicos e historia. Creo en la importancia del periodismo para vigilar al poder.
Por muchos años, en el Palacio Nacional funcionó una especie de Big Ben a lo paisa. La anécdota la cuenta el redactor Pedro Nel Córdoba en un artículo publicado en este periódico en 1972, año en el que el edificio ya comenzaba a jugarse su supervivencia.
Lea más: El paisa Miguel Mesa expone Potosí: un viaje artístico entre de mapas, historia y textiles
Dentro de los muchos entes que alojó el Palacio estuvo el Cuerpo de Bomberos de Medellín, que aprovechó la altura de la edificación —por mucho tiempo una de las más grandes en el horizonte urbano de Medellín— para instalar unas bocinas en una de sus torres.
“Cuatro enormes cornetas enfocaban sus bocas hacia los cuatro puntos cardinales. Solo se utilizaba para dos cosas: anunciar los incendios y dar las doce horas de cada día. Nadie ponía en duda que cuando sonaba era el mediodía. Las gentes tenían plena confianza en ellas, tanto como los ingleses al famoso Big-Ben colocado en la Torre de Londres. La gente podía tener su reloj en buenas condiciones, pero solo creía en la hora de la sirena. Cuando esta sonaba se escuchaba con mucha nitidez no sólo en la periferia sino en los municipios vecinos”, narró el periodista.
Pese a que por largo tiempo el sonido se convirtió en parte de un ritual de la vida cotidiana de la ciudad, el crecimiento del Centro terminó anulando su alcance y relegando a una bodega las famosas cornetas.
Aunque con el paso de las generaciones el recuerdo fue quedando en el olvido, este ilustra una de las múltiples caras del Palacio Nacional, una de las joyas de la arquitectura de Medellín próximas a cumplir 100 años, que ha servido para todo: oficinas públicas, juzgados, comando de Policía y hasta centro comercial con galería de arte.
Los orígenes del complejo
La idea del edificio comenzó a cocinarse en la década de 1920, uno de los momentos más vibrantes en la historia urbana de Medellín. Si bien la ciudad ya había emprendido grandes proyectos de arquitectura décadas atrás, como la Catedral de Villanueva, la Plaza de Mercado Cubierto de Guayaquil y la estación Medellín del Ferrocarril, entre otros, fue en la década de 1920 que la capital antioqueña comenzó a crecer en altura y a dejar atrás su apariencia pueblerina.
De este periodo son edificios como el Henry, el Gonzalo Mejía (que incluyó al Teatro Junín) y el Palacio Municipal.
No obstante, en materia de obra pública, una de las obras más grandes fue el Palacio Nacional, cuyos diseños fueron encargados al arquitecto belga Agustín Goovaerts. El complejo fue pensado para responder a la creciente necesidad de centralizar múltiples oficinas públicas en un mismo lugar, un concepto para entonces nuevo en la ciudad.
De los edificios que precedieron en ese mismo lugar al Palacio son muchas las anécdotas, tal como lo advertía el redactor Córdoba en el mismo artículo publicado en la edición del 30 de septiembre de 1972.
“En los terrenos del Palacio existió una enorme casa con aspecto de cuartel, habitada por Hermenegildo Botero Guerra, de quien se tienen muchas anécdotas, entre ellas ésta: cuando alguien tocaba a la puerta de tu casa y no quería recibirlo, entonces se despojaba de sus vestiduras. Completamente desnudo se paseaba por un pasillo leyendo un libro y ordenaba a la del servicio que abriera. Así que el que miraba hacia adentro lo veía en el traje de ‘Adán’, inmediatamente cerraba y desistía de entrevistarse con Hermenegildo”, recogió el redactor.
Las fotografías antiguas de la carrera Carabobo también muestran que en la zona funcionó la Torre Pilatos y la cárcel de varones, que posteriormente sería trasladada a la cárcel que se construyó en La Ladera. En el lugar también funcionó la oficina de telégrafos.
Es de este pasado carcelario del que parten también las historias según las cuales los primeros trabajos del Palacio estuvieron a cargo de los presos. Se dice que estos construyeron el primer nivel —en lo que luego serían luego los sótanos— como una cárcel.
El arquitecto e historiador Luis Fernando González Escobar, en su texto Memoria y Patrimonio en Medellín, advirtió que la demolición de la Torre Pilatos también generó controversia en su momento, por considerarse como un atentado a un monumento arquitectónico que le daba identidad a la ciudad.
Entérese: Más allá de Banksy: otros artistas urbanos que aún mantienen su identidad en secreto
En su investigación, González encontró el fragmento de un escrito publicado en septiembre de 1928 en el periódico El Heraldo de Antioquia y firmado por un columnista identificado como Cirano de la Mancha. “Orgullo y ostentación de nuestros sencillos abuelos que veían en ella el monumento arquitectónico de la Villa, fue la vieja torre del antiguo Palacio de Justicia, que hoy derrumban los obreros de la civilización, los enviados extraordinarios del cemento armado”, señalaba el opinador.
“La antigua pueblerina fisonomía de la Villa de la Candelaria cambió por completo, y con ella la psicología de los habitantes. Las almas como las calles se tornaron de cemento armado y brea. Cuánta brea, cuánto cemento armado! Y fueron cayendo las fortalezas inamovibles de las viejas ideas, de las ideas que se creyeron eternas, al compás de la piqueta que derruía los vetustos edificios. Transición intensa y rápida; peligrosamente rápida”, apuntaba.
Tal como ocurrió con muchos de los edificios diseñados por Goovaerts, entre los que se destacan el Palacio de Calibío o el edificio Gonzalo Mejía, el Palacio Nacional le cambió por completo la cara a la carrera Carabobo y se impuso como un gran referente arquitectónico. Las obras tardaron más de ocho años, arrancando en 1925 y concluyendo en 1933.
Palacio a la romana
La mole se caracterizó por espacios pensados con una gran atención al detalle: rejas en hierro forjado, una fachada en ladrillo que posteriormente se cubrió y arcos de estilo románico extraños para la Medellín de comienzos de siglo.
Además de su fachada imponente, una de las principales atracciones del edificio fue su ascensor, que si bien no fue el primero de Medellín, sí era punto de paso obligado para los visitantes que buscaban llevar a sus pueblos la anécdota.
En sus primeros días concentró oficinas de todos los tipos, que iban desde las del Ministerio de Justicia, Obras y hasta la Contraloría, así como el comando de la Policía y la sede de los bomberos, de la que se desprendió la anécdota de las sirenas.
El lugar amasó también durante varias décadas la fama sombría de ser uno de los edificios preferidos por los suicidas, sobre todo luego de que en 1951 ocurriera un primer episodio con un ciudadano alemán y el fenómeno capturara por muchos años la curiosidad y morbo de la prensa y el público general.
Como sede de los juzgados, dentro de los muros del Palacio Nacional fue que también se realizaron muchos de los juicios más recordados de Medellín, como el del crimen de la joven Ana Agudelo Ramírez, una ascensorista del edificio Fabricato que estuvo desaparecida por más de una semana y luego fue encontrada descuartizada en dicho lugar.
El principal sospechoso del crimen fue un celador identificado como Abel Antonio Saldarriaga Posada, quien fue detenido en 1968 y cuyo juicio se extendió hasta 1971.
En los archivos fotográficos de EL COLOMBIANO se conservan las imágenes de las audiencias, en los que pueden apreciarse los pasillos del Palacio Nacional atiborrados de curiosos y al celador del edificio echado en una silla con sus manos recogidas en sus piernas y una expresión de tedio.
De juzgado a mall
El fin del Palacio como edificio público comenzó el 26 de septiembre de 1972, fecha en la que el Departamento le compró a la Nación el edificio, por un valor de $23 millones.
Para los ciudadanos antioqueños, el negocio era que, a cambio, el Gobierno Nacional se comprometía mediante escritura pública a levantar un nuevo edificio de 27 pisos en lo que después se conocería como el Centro Administrativo La Alpujarra, para concentrar allí los tribunales y juzgados.
Mientras esa nueva sede se construía, la Nación se comprometía a pagar $2,3 millones al año a manera de arrendamiento.
Pese a que la transacción sonaba bien para el departamento, poco tardaron en aparecer los problemas y retrasos y el nuevo edificio fue considerado un símbolo de la desidia y el derroche para muchos.
“El nuevo Palacio Nacional, cuya construcción se adelanta en un sector de La Alpujarra, es un monumento a la desidia oficial, a la negligencia, al derroche. No en vano se explica que ese edificio nacional cuya conclusión estaba prevista para agosto del año anterior, esté hoy a mitad de camino. Pero lo más grave de todo es que una obra que se esperaba terminar en un lapso de 40 meses y que costaba $90 millones, hoy vale más de $300 millones. Simple y llanamente se ha registrado un incremento del 340%”, expresó José Roberto Jaramillo Moreno en un texto publicado en las páginas de este diario el 28 de agosto de 1977.
Le puede interesar: Humedad amenaza con destruir centenarios cuadros de la iglesia de Manrique, en Medellín, y no hay plata para arreglos
Durante sus últimos años como edificio oficial, el Palacio se convirtió más en un problema que otra cosa, representando grandes costos de mantenimiento y suscitando entre muchos el debate sobre su eventual demolición.
El momento más crítico fue la década de 1980, en la que la deplorable situación de todo el edificio y la inseguridad de sus instalaciones fueron ampliamente denunciados en la prensa. Terminado el nuevo Palacio de Justicia de La Alpujarra, el Palacio Nacional tuvo el visto bueno de la junta directiva de las Empresas Departamentales de Antioquia (EDA) para ser vendido el 20 de diciembre de 1990.
Un grupo de inversionistas privados, arropado en la compañía Promotora Raíz Puntual, le vio potencial al lugar y decidió comprarlo para habilitar allí un centro comercial.
El edificio fue entregado por EDA el 12 de mayo de 1992 y se inauguró el 1 de septiembre de 1994, sentando un precedente en la conservación del patrimonio arquitectónico de Medellín.
Además de consolidarse como uno de los principales establecimientos comerciales del Centro, después de la pandemia los últimos pisos del complejo se convirtieron en la galería de arte más grande de Medellín.
El espacio ahora sirve no solo para que artistas independientes habiliten sus propios espacios para vender su trabajo, sino que se convirtió en un sitio para realizar eventos y exposiciones en el que la obra de maestros como Rodrigo Arenas Betancourt y Jorge Vélez conviven con la de artistas jóvenes y emergentes.