Medellín

El mandamiento olvidado del gran Diego Calle Restrepo

Alonso Salazar, exalcalde de Medellín, recuerda al histórico gerente de EPM a propósito del centenario de su natalicio el 18 de julio de este 2026.

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hace 2 horas

Don Diego Calle Restrepo tuvo una vida prolífica. En el mundo público, diplomático y empresarial se le recuerda, sobre todo, por el salto que produjo su gestión en las Empresas Públicas de Medellín y por sus versos, en especial las loas al aguardiente. Nos legó un mandamiento esencial para una sociedad en la que la honradez se ha relativizado como valor.

Nació en Ciudad Bolívar, Suroeste de Antioquia, el 18 de julio de 1926. Diez años después de que falleciera en 1985, su esposa Marta López de Calle escribió una semblanza, muy completa, amorosa y sincera, en la que repasa su vida y en la que incluye, como anexo, sus escritos en verso.

Es un texto publicado por las Empresas Públicas de Medellín del se toman apartes en este artículo.

Don Diego, nacido en la provincia, como se suele decir, se hizo a pulso. Estudió primero en una escuela rural y luego en el Colegio San José del Citará, en Ciudad Bolívar. Su padre Conrado invirtió su patrimonio para educar a sus hijos trasladándose a Medellín. Él terminó su bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia en 1944 y luego estudió ciencias económicas en la misma universidad, en donde también trabajó como secretario de la facultad para “sustentar sus estudios y su bohemia”.

Se describió en sus escritos de joven como mono, feo, desmirriado, pecoso, flaco y dicharachoso, pero afortunado porque “agarraba más que la cera”. A pesar del autorretrato, la gente lo recuerda como un hombre apuesto que completaba, a veces, su vestido elegante con sombrero. Habrá que decir que además tenía una gran inteligencia, arraigo a su cultura natal y gran sensibilidad social.

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Estudió becado, entre 1950 y 1951, en la North Western University en Illions, Estados Unidos. De regreso a Medellín trabajó en gremios de comerciantes e industriales y en el sector privado.

Se casó en 1956 con su prima Marta López y tuvieron cuatro hijos: Andrés, Rafael, Clara Elsa y Ana María. De jóvenes compartían tiempo en La Liboriana, la cuenca de Salgar que tanta riqueza e historia produjo, en donde ambos visitaban familiares. Allí conocieron a Fabio Ochoa Restrepo y a Alberto Uribe Sierra, con quienes mantuvieron una relación cercana cuando ya vivían en Medellín. Fue en ese tiempo, viendo a los ejemplares Monarca y Cometa, que Don Diego se aficionó a los caballos.

Calle Restrepo tuvo la faceta de versista muy común en el Suroeste; escribió canciones y décimas, algunas de ellas con estilo de picaresca. Se amparó en Ñito Restrepo, su pariente, uno de los creadores de la trova paisa, para afirmar que el licor y el juego forman parte del folclor antioqueño. Se vinculó al ambiente bohemio de Medellín donde se hizo amigo de compositores como Tartarín Moreira, Carlos Vieco y Manuel Ruiz (Blumen), quienes musicalizaron algunas de sus letras.

En la cultura popular, Don Diego trascendió por sus décimas al aguardiente, que escribió lleno de nostalgia, a sus 24 años, cuando estudiaba en Estados Unidos.

No hallo en la existencia halago ni fuerzas para luchar, cuando no puedo gozar la satisfacción de un trago; para hablar me siento gago, para ver me falta un ojo, para andar me siento cojo, y hasta pienso en mi aflicción que si no estoy copetón, no debo llamarme “rojo”.

Era tímido pero compartía con alegría con todo tipo de gentes, el librero Rafael Vega, con las personas que trabajaba, con Pompilio Arango mayordomo de su finca Altamira y Canuto Echeverry, vecino de la vereda el Tablacito. A ellos dedicó algunas de sus décimas.

Mantuvo la costumbre de compartir con las familias en su finca o en las de sus amigos. En ocasiones pasaban vacaciones con la familia de Alberto Uribe Sierra y Laura Vélez. Lo unía con Alberto Uribe su espíritu bohemio y la afición por los caballos. Admiraba sus ejemplares Petrarca, la Tani, la Postal y la Medusa.

Don Diego le dedicó unos versos:

Don Alberto Uribe Sierra es un hombre muy jodido y siempre ha sido atrevido con la mujer, y me aterra que hoy venga a darme la guerra y que me llene de pena persiguiendo a María Elena mi preciosa secretaria, mujer que es extraordinaria, bella, dulce, linda y buena.

De esos encuentros familiares, su hija Ana María recuerda a Alberto como un hombre encantador que los consentía de niños. A Laura Vélez “como una mujer silenciosa, muy de hogar, muy querida”. Y como compartían con Jaime Alberto, Santiago y María Teresa, mientras veía a Álvaro, el mayor, como el diferente, el pinchado, que vestía y actuaba distinto y compartía más que todo con los adultos.

Esta cercanía terminó siendo relevante para la historia de Álvaro Uribe Vélez, ya que Diego Calle Restrepo lo apadrinó en el inicio de su carrera política y del servicio público. Don Diego ya tenía una vida sobresaliente en el mundo público. Hernando Agudelo Villa, siendo ministro de Hacienda, lo había nombrado, en 1958, como auditor de lo que sería la Organización Internacional del Café. Luego por encargo de varios presidentes, con quienes mantuvo una estrecha relación, fue ministro, director de Planeación Nacional, embajador en Canadá y director del Banco Interamericano de Desarrollo.

Agudelo Villa y Calle Restrepo se parecían en lo físico, en su trayectoria en el mundo público y compartían convicciones políticas. Emergieron, en la década de 1960, como líderes significativos del liberalismo a nivel nacional, alineados con el presidente Carlos Lleras Restrepo. Y hasta en sus debilidades se parecieron.

Organizaron los Encuentros Liberales de La Ceja, de los cuales el primero, en 1966, congregó líderes de todo el país, que abogaban para que el Partido Liberal asumiera la socialdemocracia como doctrina. Creían que para superar el Frente Nacional —el acuerdo que había sido útil para superar la Violencia, pero generó vicios en los partidos— el liberalismo debía modernizarse. Para ellos la política debía dejar de ser un ejercicio de repartición de puestos públicos, para convertirse en una lucha de las ideas para mejorar la sociedad y el Estado.

A este encuentro de La Ceja y los sucesivos que se desarrollaron en diferentes regiones asistieron centenares de militantes liberales de los cuales tomamos algunos nombres al azar para mostrar la trascendencia que tuvieron en ese partido: Otto Morales Benítez, Indalecio Liévano, Plinio Apuleyo, John Gómez Restrepo, Jaime Tobón Villegas, Carlos Mauro Hoyos, Héctor Abad Gómez, Roberto Arenas Betancur, Álvaro Cepeda Samudio, Luis Carlos Galán, Horacio Serpa, Daniel Samper, Juan Gossaín, Fabio Lozano Simonelli, Cesar Gaviria Trujillo, William Jaramillo Vélez, Armando Estrada Villa y líderes jóvenes como Jesús Aristizábal Guevara, Ernesto Samper y Álvaro Uribe, que se precia de haber participado, cuando tenía dieciséis años, en este primer encuentro de La Ceja.

A Calle Restrepo lo nombró el presidente Misael Pastrana como gobernador de Antioquia, contra la opinión de Bernardo Guerra, que hegemonizaba el ala tradicional del partido. Su gestión se caracterizó por su cercanía con las regiones y los ciudadanos. Trovaba en sus visitas y, a veces, lo derrotó algún retador espontáneo. Alguna vez invitó al poeta León de Greiff a Titiribí, y este le escribió unos versos que parecen complementar el Relato de Ramón Antigua, que había escrito hacia 1930 en homenaje a Martín Emilio Vélez.

En el alto de Otramina quedó atrás Titiribí me tope con Diego Calle colorado como un ají, por culpa de tantos tragos que él bebió, que yo bebí.

Siendo la Universidad de Antioquia de carácter departamental, Diego Calle debió manejar, bajo amenazas, momentos de crisis generados por un movimiento estudiantil de la izquierda radical que lideraba Amilkar Acosta. En ese tiempo vio como Álvaro Uribe defendía en un ambiente adverso la estabilidad académica y el Estado de Derecho, aliado con algunos estudiantes que militaban en los partidos tradicionales, como Fabio Valencia Cossio, Juan David Botero y José Roberto Arango, con quienes impulsó el Movimiento de Restauración Universitaria.

El entonces rector de la universidad, Samuel Syro Giraldo, exaltó la memoria del gobernador por superar las dificultades sin que a “su acción pudiera atribuirse una sola víctima ni una actitud injusta o contraria a la ley”.

En un discurso, al momento de renunciar, Diego Calle Restrepo enunció tres ideas de validez permanente: unir al pueblo antioqueño y sus dirigentes en torno a objetivos comunes; fortalecer los partidos como sostén de las instituciones republicanas y mover a los dirigentes empresariales a un proceso de solidaridad social para mitigar las desigualdades e injusticias sociales.

Don Diego sostuvo amistades con liberales y conservadores, con personas de todas las clases sociales y la comunidad de caballistas, como Ernesto Urrea, Vicente Uribe Rendón y Santiago Mejía Olarte. A inicios de los años 70, coincidía con ellos en el restaurante La Margarita en el barrio Caribe. Dice su esposa Marta que don Fabio Ochoa y su esposa Margot Vásquez les atendían sus gustos y caprichos, mientras veían desfilar hermosos caballos criollos colombianos.

El 20 de junio de 1976, el alcalde Víctor Cárdenas lo nombró en la gerencia de Empresas Públicas de Medellín, cargo que le dio la mayor trascendencia. Se rodeó de personas de gran capacidad, como Luis Guillermo Gómez Atehortúa, que ya lo había acompañado como secretario de obras públicas en la gobernación.

Y le dio oportunidad a jóvenes que venían del proceso de los Encuentros Liberales en los que veía capacidad técnica y gerencial. Nombró para la Corporación Forestal de Antioquia a Jesús Aristizábal Guevara, ingeniero de la Universidad Nacional, que tendría una carrera fructífera en el sector público. También vinculó a su pupilo Álvaro Uribe Vélez que estaba egresando de derecho de la Universidad de Antioquia, nombrándolo Jefe de Bienes, dándole la primera oportunidad en el mundo público.

Asumió la gerencia cuando EPM enfrentaba una crisis grave social originada por la construcción del embalse el Peñol-Guatapé, una hidroeléctrica de gran magnitud que tuvo la complejidad de requerir la inundación del casco urbano de El Peñol, que tenía 3.900 pobladores, y algunos barrios de Guatapé donde vivían 734 personas. Eso generó inconformidad natural de pobladores que se resistían a abandonar sus hogares, su historia y sus patrimonios.

En esta historia es ineludible la anécdota del cementerio del nuevo Peñol porque refleja el estilo directo y práctico de Don Diego. En los mil detalles que hay que discutir en el traslado de un pueblo, dentro de la comunidad hubo quienes dijeron que las bóvedas del nuevo cementerio eran pequeñas. Él decidió, con sus 1,86 de estatura y su cuerpo grueso, meterse en una bóveda. Para decir, al salir, que la sintió holgada. Con su talante y su rigor sacó adelante la segunda etapa de ese proyecto que hoy es una de las garantías de estabilidad energética para el país.

Ratificado sucesivamente en el cargo y con un manejo probo y técnico, la empresa pasó de generar 701.000 kilovatios en 1976 a 1.378.500 en 1985.

Integró los acueductos de los municipios vecinos de Medellín, reorganizó la administración de la empresa, saneó sus finanzas, mejoró las relaciones con la banca multilateral y la proyectó a un futuro próspero, con proyectos como el embalse multipropósito Riogrande, que permitió atender la demanda de agua de la urbe que creció acelerada por todo el Valle de Aburrá.

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Recibió altas condecoraciones como la Cruz de Boyacá, pero quizá el mayor homenaje, que lo haría sonreír, es que en la memoria social se diga, como un meme: Diego Calle, el hombre que a media caña llevó a EPM a otro nivel. Y es que la potenció como entidad estatal de servicios públicos cuando, en contraste, las empresas departamentales de energía, aguas y teléfonos de Antioquia y otras regiones, se arruinaron por las administraciones politiqueras y la corrupción.

Es excepcional que un dirigente social y empresarial lograra, en alguna medida, ser reconocido por exaltar un vicio. Pero su esposa, en la sinceridad de su semblanza, narra circunstancias en las que esta afición se atravesó en sus ambiciones.

Cuando el expresidente Mariano Ospina Pérez lo propuso para ser gerente del Banco de la República y cuando algún expresidente liberal quería que fuera candidato a la presidencia, se le objetó por su afición a la bebida. De Hernando Agudelo Villa, dicen personas que lo conocieron, que el gusto por el licor se convirtió en un lastre para su proyección hacia la presidencia de la República que parecía ser su destino.

Calle Restrepo escribió:

¿Qué has hecho?¿Yo? Trabajar y beber porque las dos cosas hago por deber me tomo un trago y trabajo por placer.

En un ambiente de deterioro ético, fiel a sus mandamientos, rechazó ofertas corruptas que lo habrían enriquecido. Ana María Calle, su hija, asegura que su padre también “discrepó de la relación pragmática que muchos empezaron a tener con la mafia que se iba filtrando en toda la sociedad. “Mi papá no podía con eso y por eso se alejó de algunos de los que habían sido sus amigos”, dijo.

Entre esas discrepancias mantuvo gestos con algunos de sus viejos amigos. Sintió gran pesar por el homicidio de Alberto Uribe Sierra, asesinado en 1983 en la finca Guacharacas. Como no podía asistir al sepelio le pidió a sus hijas que fueran a Campos de Paz a ofrecer condolencias a la familia Uribe.

En 1985 padeció una enfermedad terminal a la que se sumó la pena profunda de saber que uno de sus hijos había sido detenido por involucrarse en los ilícitos de los que tanto quiso alejarlos. Murió el 20 de octubre de ese año. Fiel a su estilo, quiso una misa de cuerpo presente y estrenar el sistema de cremación del cementerio de San Pedro. Pidió que todo se realizara en ambiente privado, sin fotografías. Pero la masiva afluencia de público impidió complacerlo. Finalmente, sus cenizas fueron regadas en el embalse de El Peñol, que fue bautizado con su nombre en un homenaje póstumo.

En mármol, en todas las entradas de las oficinas públicas, debieran estar grabadas las palabras de este gran dirigente: “Si metemos la pata, metamos la pata, pero nunca la mano”.

Por esas palabras, y la práctica de este paisa ejemplar, vale la pena brindar.