Medellín

La Naviera, la historia del “barco” encallado en el Centro de Medellín

La edificación, de casi 77 años de antigüedad, ha sido protagonista de dinámica arquitectónica de la ciudad.

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Periodista de la Universidad de Antioquia. Al igual que Joe Sacco, yo también entiendo el periodismo como el primer escalón de la historia.

hace 1 hora

Muchas de las joyas arquitectónicas de Medellín están envueltas en algunos misterios ya sea por sus peculiares formas, sus curiosos estilos o simplemente porque la bruma del tiempo se tragó las fechas y los nombres de cuándo y quiénes los hicieron. Pero uno de los misterios que todavía perdura en el imaginario de la ciudad es como rayos fue que un “barco” terminó metido en pleno Centro de Medellín.

Para más señas, el tal “barco” es esa mole de casi 80 años de construida que aún se yergue en el cruce de la carrera Palacé con la Avenida 1° de Mayo, justo antes de llegar a la Plazuela Nutibara. Su nombre es edificio La Naviera, o edificio Antioquia, o La Naviera–Antioquia, o Antioquia–La Naviera, como más le guste. Este se asemeja más a un enorme buque que –quien sabe cómo– terminó encallado en el centro de este valle montañoso.

Para contar su historia, hay que irse a los archivos de prensa y las voces de los expertos. Por ejemplo, en el año 2000, a raíz de una confusión de un artículo de prensa —suscitada por su parecido con el edificio Álvarez Santamaría-Cárdenas (o El Portacomidas)—, el arquitecto Jorge Vega Bustamante comentaba que el Antioquia o La Naviera fue construido a mediados de la década de 1940 bajo la tutela de la firma Vieira, Vásquez y Dothee y puede clasificarse dentro de la arquitectura simbolista, ya que sus primero propietarios —la compañía de buques a vapor Naviera Colombiana— pidieron que la torre de ocho pisos semejara uno de sus barcos. Según Vega, a este estilo simbolista se acomoda también el Edificio Coltejer con su remate en forma de aguja de telar.

Auge de cambios

Otras de las reflexiones obligadas para contar la historia del edificio son las de Luis Fernando González Escobar, profesor de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia. Este, en su artículo de la revista Universidad de Antioquia en diciembre de 2013, comentó que la planificación y construcción del edificio no debía entenderse como una obra aislada, sino como parte de un proyecto urbano más amplio vinculado al desarrollo de la Plazuela Nutibara como eje modernizador de la ciudad para esas fechas.

Para González, la Plazuela Nutibara, construida tras la canalización de la quebrada Santa Elena, se consolidó como el núcleo que permitió articular importantes edificaciones como el Edificio B. Ortiz —después Hotel Continental— en 1939, el edificio Central de la Cervecería Unión en 1941, el edificio Álvarez Santamaría en 1944, el del periódico El Correo en 1945 y el propio Hotel Nutibara en ese mismo año. Todos ellos proyectos que reflejaban un cambio en la estética arquitectónica medellinense que apuntaba al modernismo, si se les comparaban con el barroco Palacio Departamental construido entre 1925 y 1935.

Otro asunto no menor tocado por González Escobar hace ya 13 años tiene que ver con que también la construcción de edificios como La Naviera–Antioquia fue la prueba de fuego para las nuevas generaciones de arquitectos paisas.

Cabe recordar que desde finales de la década de 1920 y el inicio de la de 1930, las ideas arquitectónicas del belga Agustín Goovaerts, tan influyente en construcciones de la ciudad, fueron cuestionadas entre otros motivos por su falta de adecuación a las condiciones locales. Esto se refleja en que muchos de sus proyectos quedaron inconclusos por el encono de la sociedad e incluso por la falta de financiación estatal.

La ausencia de Goovaerts y su estilo permitió que pelecharan otras miradas y otros nombres de arquitectos de origen paisa y formación local o extranjera. De ahí surgen personajes como los míticos Horacio Marino Rodríguez y sus hijos Martín y Pedro Nel, Luis Olarte, Ignacio Vieira, Alberto Dothée y Federico Vásquez, entre muchos otros.

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Según González, estos nuevos arquitectos se encargaron de forjar proyectos que reducían la ornamentación y exploraban lenguajes cercanos al Art Deco (con su respectiva polémica por esta designación, que abordaremos al final), la Secesión vienesa y el expresionismo alemán, eso sí reinterpretados localmente, dando lugar a una arquitectura que privilegiaba el volumen, la funcionalidad y la expresión formal por encima de la decoración.

El vapor en medio de la ciudad

Ahora sí, hablando de la construcción del La Naviera–Antioquia, hay que remontarse a una crónica del genial periodista Gustavo Ospina Zapata, quien en diciembre de 2020 escribió sobre este edificio. Ospina comentó que tras finalizar la canalización de la Santa Elena, en un espacio de la Plazuela Nutibara, surgió un lote en forma de triángulo que se convirtió en el lugar perfecto para levantar el edificio en forma de buque.

El edificio surgió a pedido de la empresa Naviera Colombiana, una de las más importantes de transporte fluvial del país que, según los registros, para 1946 poseía 25 vapores y 66 remolques y una capacidad de transporte por mes de 82.000 pasajeros y 240.000 toneladas.

Según González, las obras para el edificio solo arrancaron en 1946 cuando por fin la última casona de tapia que quedaba en la zona, fue demolida. La tarea de diseñar la nueva torre fue encargada a la firma Vieira–Vásquez–Dothé que reunió a tres figuras excepcionales de la arquitectura paisa.

Ellos fueron los arquitectos Ignacio Vieira Jaramillo –decano de Arquitectura en la Pontificia Bolivariana y artífice de varias obras en la ciudad–; Federico Vásquez, uno de los fundadores de la misma Facultad, socio de Vieria en otros proyectos y quien desarrolló obras como el edificio de La Bastilla, el Betancur, La Roca y los edificios de la fábrica de Everfit. Por último está Alberto Dothée, arquitecto belga y profesor de UPB, que junto a Vieira y Vásquez diseñó obras como el edificio de la Compañía Colombiana de Seguros, el edificio Gran Colombia Bemogu y el Teatro Lido.

La presencia de Dothée es cuando menos peculiar, pues si bien la ciudad tenía aversión por la visión arquitectónica de su compatriota Goovaerts, tal parece que Dothée se supo adaptar bien a los nuevos aires de la ciudad.

La mayoría de especialistas datan la culminación del edificio entre 1947 y 1949. Incluso algunos entusiastas —a raíz de una confusión que ya explicaremos— apuntan a que se terminó en 1955. Pero, al menos en las averiguaciones hechas para este artículo, hay que decir que su fecha de inauguración dataría entre agosto y septiembre de 1949.

La primera pista de esta conclusión apareció en julio de 1949 cuando en una publicidad de los talleres Renacimiento aparecía una foto de la moderna estructura casi culminada. Solo un andamio en un extremo daba cuenta de que seguía en obra. De otro lado, entre septiembre y octubre de 1949 se publicaron en los periódicos avisos de arrendamientos de oficinas en el “nuevo edificio Naviera Colombiana”.

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Para estas fechas entonces quedó culminada la descomunal edificación que simbolizaba el progreso y la modernidad a través del transporte fluvial. La forma de un barco, alzada justo en inmediaciones de la quebrada Santa Elena, buscaba trasladar ese imaginario de progreso, refinamiento y dinamismo a la arquitectura.

Pasado y presente

Eso sí, González en su texto comentó que el diseño original buscaba literalmente emular un vapor. “Dibujaron un barco navegando, con su proa con ventanas ojo de buey rompiendo las olas, sus ocho pisos divididos por balcones volados con barandas, la cabina de mando a lo largo de toda la cubierta. Y, coronando la proa, la bandera de La Naviera flameando en todo su esplendor”, escribió.

Esta idea finalmente fue moderada en la versión final. Aún así el edificio conserva esta fuerte expresión simbólica en su forma curva y semi triangular.

Al final, las fachadas incorporaron elementos funcionales como balcones retranqueados que daban sombras a las oficinas y superficies planas según la orientación, lo que demuestra una preocupación por aspectos como el favorecimiento de la luz natural y las formas prácticas, toda una novedad de la época. El edificio también destacó por su relación con el espacio público, especialmente en su primer piso, concebido como un “piso noble” con conexión visual directa a la calle. Además, destaca la todavía presente carpintería metálica y el trabajo decorativo aplicado en las puertas, con relieves y medallones cuyas escenas hacen alusión al comercio fluvial, además del ya desaparecido escudo de la empresa, el cual coronaba la franja vertical de la fachada sobre la Plazuela, y que fue retirado de su fachada en 1955.

“A esta arquitectura diseñada en perfecta resonancia con su contexto urbano, y cuidadosamente manufacturada, se suman los detalles en sus acabados que evidenciaban la intención de exhibir el imaginario del progreso de la ciudad de la época. La fachada en piedra de Suesca, con diferencias sutiles en sus frentes hacia el oriente y el occidente, el óculo en el mezanine de la primera planta, los pisos en granito pulido, el mismo elemento del diagrama de la rosa de los vientos, nos mantienen rememorando el agua, aún encontrándose emplazado a kilómetros de las autopistas fluviales del país”, escribió Ofelia Luz de Villa en este periódico en 1992 sobre el edificio.

En sus pisos quedaban –obviamente– la sede de la Naviera Colombiana, pero también la de la naviera Grace Line –que llegaba hasta Chile y New York–, la Asociación de Periodistas de Antioquia, las oficinas de Paños Vicuña, la oficina central de la Sociedad Aeronáutica de Medellín (la mítica SAM), y la empresa turística de Luis Gómez T., que en esas fechas ofrecía un recorrido por todo Suramérica por tan solo 1.350 pesos, todo incluido.

Tras la quiebra de la Naviera Colombiana en 1954, el edificio fue tomado por el departamento de Antioquia y desde 1955 fue rebautizado como Edificio Antioquia, de ahí la confusión que puede generar en su datación. En plena dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, según González, el último piso fue residencia temporal del entonces gobernador, el brigadier General Pioquinto Rengifo. Posteriormente fue el edificio de las Rentas Departamentales, y la sede de la Lotería de Medellín. Allí también funcionaron otras oficinas públicas como la Contraloría, Catastro, la Secretaría de Agricultura y la Fiscalía. Luego el edificio fue abandonado.

Posteriormente, y tras su declaratoria como Bien de Interés Cultural en 1991, fue entregado en comodato a la Universidad de Antioquia. Desde la década del 2010 ha sido sede del Salón Internacional de Artistas, aula para estudiantes de Medicina de la Universidad de Antioquia y hoy en día hace parte del Museo de la Vida, propuesta formativa, artística y cultural de la U. de A., que con su programación permanente promueve la pedagogía, la divulgación científica, el diálogo de saberes y la experiencia. También queda allí el Café Uincluye, una apuesta de la U. de A. para que visitantes del Centro de Medellín encuentren una oferta variada de café de origen con una apuesta por la inclusión laboral de personas con discapacidad intelectual.

¿Es o no es?

Para algunos entusiastas, obras como La Naviera–Antioquia se inscriben en el llamado “Art Deco”, por su estilo muy particular que rechazaba formas recargadas y pesadas de otras épocas, algo más común en las obras de Goovaerts diseminadas por la ciudad. Ante este punto, ya había dicho Vega en el 2000 en este diario que la arquitectura en Medellín es en realidad, ecléctica; o sea, mezcla de tendencias europeas y modernas.

“Hubo una época (entre los años 20 y 40) en que prevaleció la arquitectura republicana inspirada en el neoclasicismo. Hay, asimismo, estilos puros: románico y gótico en iglesias. Pero involucrar el Art Deco (arquitectura pegote o new rich) como tendencia en Medellín, lo menos que me parece es atrevido”.

Incluso el mismísimo Federico Vásquez, para las mismas fechas, comentó también en este diario que obras suyas como La Naviera son un tipo de arquitectura libre de esas filigranas, decorados y capiteles de otras expresiones que, según él, en nada aportan. Pero también aclaró que sus obras nada tienen que ver tampoco con el Art Deco.

“Yo prefiero hablar de una arquitectura moderna y nada más. Yo eliminaba lo que no fuera necesario, pero nunca me fui al extremo de hacer una arquitectura de cajón, que es ese estilo internacional donde pareciera que se pusiera un cajón encima de otro, sin gracia (...) Eso (el Art Deco) suena como a mueble de madera. Son nombres que ponen los comentaristas que no encuentran cómo identificar las cosas.”, dijo.