Medellín

José Baena, el artista paisa al que buscan de todo el mundo para que los tatúe

Empezó con una máquina artesanal hecha con un motor de carro. Hoy, clientes de Estados Unidos, Europa y toda Latinoamérica llegan a Medellín para que los tatúe.

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Periodista de la Universidad de Antioquia. Hago parte del área Metro e investigo temas de ambiente, ciencia y cultura.

hace 2 horas

La aguja tiembla en un subir y bajar casi imperceptible, rompiendo apenas la superficie de la piel. El ritmo lo marca José Baena. Sus ojos están fijos en el trazo, como en un trance. Cuando lleva varias horas tatuando, dice, entra en un estado que se parece más a la meditación que al trabajo: el ruido desaparece, el tiempo se disuelve y solo quedan él, la máquina y la piel. Desde afuera parece calma. Por dentro, es la misma concentración con la que de adolescente saltaba obstáculos en BMX por las calles de Montería, confiando en lo mucho que ha practicado y calculando cada movimiento antes de lanzarse al salto.

Hoy tiene 32 años y lleva casi la mitad de su vida tatuando. Su primer tatuaje fueron unas letras torcidas que grabó en la pierna de un amigo cuando apenas tenía 15, con una máquina que él mismo armó con un motor de carro. Hoy, en su estudio de Medellín, ha desarrollado un estilo propio reconocido en países como Estados Unidos, Chile, Francia y Bélgica.

El orígen

José Baena creció en Montería, Córdoba, en un mundo donde el tatuaje era tabú y los únicos que se tatuaban eran los rebeldes que montaban BMX. En esa época, ellos mismos armaban sus máquinas, se tatuaban entre sí y no le rendían cuentas a nadie. Él, de 15 años, era el que les dibujaba los diseños, un gusto por el dibujo que, recuerda José, viene de familia. Su abuela y su mamá son artísticas, y de niño se la pasaba dibujando. Solo hacía eso hasta que un día un amigo le preguntó: si usted es el que dibuja, ¿por qué no tatúa? Y le prestó la máquina.

Ese fue el comienzo. Después vinieron tres años de prueba y error —”de las que no estoy orgulloso”, admite— hasta que encontró a alguien dispuesto a enseñarle de verdad. En esa época, los tatuadores buenos no compartían sus secretos. “Era como si te fueran a quitar los clientes”, recuerda. Esa persona llegó, como tantas cosas en su vida, a través de la bicicleta: conoció a un tatuador que también montaba, se ganó su confianza y le pidió que le hiciera su primer tatuaje, una máquina de tatuar en la mano izquierda. Lo vio trabajar, le hizo preguntas, y ahí entendió todo lo que había estado haciendo mal.

La apuesta: Medellín

A los 17 o 18 años tomó la decisión que cambiaría todo: se mudó a la capital paisa. No porque tuviera un plan, sino porque había venido antes a campeonatos de BMX, había visto cómo era la ciudad y había sentido algo que en Montería no sentía. “Acá la gente ve los tatuajes diferente. He viajado mucho y hay ciudades donde todavía lo miran raro. Aquí no. Aquí hasta a una persona mayor le parece bonito”.

Llegó solo, estudió diseño gráfico mientras vendía ropa que le enviaba a su mamá para que la comercializara en Montería, y tatuaba cuando podía, que al principio no era mucho, porque nadie quería tatuarse con alguien sin experiencia. Poco a poco fue mejorando. Dejó de vender ropa, se enfocó en tatuar y estudiar, y cuando terminó diseño gráfico, se la jugó por su vocación: ser tatuador.

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Un salto a sus primeros premios

A los 22 años hizo una jugada audaz que, para su sorpresa, le salió muy bien. Había ido a vender ropa a una convención de tatuajes en Medellín cuando conoció a un tatuador que también montaba BMX. Quince días después estaba con él en Perú, en su primera convención internacional, con un diseño que llevaba pintado desde hacía tiempo. Quedó en segundo lugar.

Tenía ahorrado dinero para comprarse una moto y, en cambio, lo usó para el boleto de avión. Ese viaje, en 2015, se extendió entre dos y tres meses. Pasó por Chile y ganó dos premios. Después llegó a Argentina, donde conoció la mecánica profunda de las máquinas de tatuaje.

“Las primeras convenciones que fui, gané mucho. No sé por qué”, dice sonriendo, con algo más parecido a la sencillez que a la ingenuidad. Llevaba años acumulando todo lo que había aprendido a la brava, y finalmente tenía el espacio para mostrarlo. El estilo que dominaba entonces era el neotradicional —colores sólidos, trazos gruesos, composiciones que evocan ilustraciones antiguas— y con ese se llevó la mayoría de sus trofeos. Aun así, no había llegado a donde quería estar.

Hoy trabaja más en blanco y negro y ha desarrollado un estilo propio que combina el realismo, el surrealismo y el neotradicional. Pero sabe que todavía le queda mucho potencial por explorar. Al hablar del tatuaje y del arte, su voz sosegada cambia de cadencia: habla un poco más rápido, sube levemente el tono, la pasión toma su cuerpo. “Sueño con dejar un legado en el arte, un estilo que prevalezca en el tiempo, para que otros artistas puedan aplicarlo en sus obras”, afirma.

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Tatuaje: arquitectura del cuerpo

Lo que busca José Baena ya no es solo hacer un buen tatuaje, sino que el cuerpo se vea mejor con él: que desde lejos cree formas, que genere movimiento y armonía. “No quiero que sea un sticker pegado en la piel. Quiero que sea algo que fluya con el cuerpo”.

Por eso pega el stencil —un técnica de imprsión a partir de una plantilla— diez veces si es necesario. Por eso puede demorarse horas visualizando antes de empezar. Y por eso sus sesiones llegan a durar entre cinco y diez horas, mientras sus proyectos más grandes —brazos completos, piernas, espaldas enteras— se extienden durante meses. Para él, ese momento en el que extrae una imagen de su mente y le da vida en otra piel es más que dibujar o rayar algo: es un ritual que crea un vínculo energético capaz de inmortalizar recuerdos.

“Cuando hago un tatuaje con el que quedo muy contento, casi siempre es porque conecté muy bien con esa persona”, dice. “Hay sangre, hay dolor, hay risa, hay de todo. Es un vínculo que se va forjando”.

Medellín como base

Hoy sus clientes llegan de Estados Unidos, de Europa, de toda Latinoamérica. A algunos los conoció tatuando; a otros, montando bicicleta. Recuerda un cliente reciente al que conoció en Estados Unidos precisamente así: fue a pedirle que lo llevara a montar, y cuando se conocieron descubrió que era el tatuador que estaba buscando. “La gente, si tiene que viajar, viaja. Si tiene que manejar horas, maneja. Un tatuaje es para toda la vida”.

Ha ganado premios en San Diego, California, EE. UU., y otros países más. También ha sido reconocido en convenciones en Francia, Alemania y España. Y sigue usando el viaje como herramienta de aprendizaje: “La única manera de aprender cómo lo hace alguien que admiras es viéndolo o estando con él”.

Pero su base es Medellín, la ciudad que eligió a los 17 años sin tener nada aquí, la ciudad que, según él, tiene una evolución que ninguna otra tiene. “Aquí siento que puedo hacer lo que quiero hacer”.

Detrás de la aguja está su ritmo, que se mueve como pedaleando: no en una carrera, sino en prácticas y saltos que buscan marcar un estilo, crear un movimiento y dejar una imagen memorable.