Medio Ambiente

Hallan nido de águila crestada real en Antioquia: así trabaja el proyecto que busca las grandes aves rapaces de Colombia

Detrás del descubrimiento realizado en Segovia está el trabajo del proyecto Grandes Rapaces –con la alianza de la Universidad CES–, una iniciativa que busca conocer y conservar estas especies amenazadas y los bosques que habitan.

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Periodista de la Universidad de Antioquia. He trabajado como fact-checker en La Silla Vacía y ahora hago parte de la sección de Tendencias de El Colombiano.

hace 5 horas

De más de un metro de altura, desde la punta de la cola hasta ese grupo de plumas que se elevan hacia el cielo en forma de cresta, y con patas que pueden llegar a ser del tamaño de la mano de un hombre adulto, conformadas por cuatro garras –tres al frente y una atrás–. Así son las águilas crestadas reales, una de las aves rapaces más grandes que habitan las selvas tropicales y los bosques montañosos de los Andes.

Tan sorprendente como imaginar un ave de esas proporciones es la rareza de encontrarse con una de ellas. Con esa “suerte” contaron los investigadores del proyecto Grandes Rapaces Colombia y de la Universidad CES, quienes recientemente identificaron un nido activo de esta ave rapaz en el municipio de Segovia.

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Este hallazgo, realizado en el nordeste antioqueño, representa un hito para la biodiversidad colombiana: es poco lo que se conoce en el país sobre el comportamiento y los hábitos de esta especie, que se encuentra amenazada según la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

La historia del grupo que investiga las grandes aves rapaces en Colombia

Grandes Rapaces es una iniciativa que investiga y promueve la conservación de siete especies de grandes aves rapaces, como lo dice su nombre: el águila arpía, la arpía menor, el águila crestada real, el águila blanquinegra, el águila tirana, el rey gallinazo y el águila solitaria.

Aunque este proyecto nació oficialmente en 2020, su origen se remonta a 2016, cuando en Mecana, un corregimiento de Bahía Solano, mataron a tiros a un águila arpía hembra que en su nido tenía una cría, la cual finalmente también falleció. El biólogo Mateo Giraldo Amaya estuvo en el Chocó estudiando el nido, que terminó convirtiéndose en objeto de investigación en un momento en el que el conocimiento sobre esta especie en Colombia era poco o prácticamente nulo.

Con el tiempo, este lugar de cría continuó siendo monitoreado, y así fue como descubrieron que en 2020 el macho del águila fallecida –estas aves conforman parejas de por vida– ya tenía una nueva compañera con la que estaba anidando en ese mismo lugar. Fue allí, en Mecana, donde Grandes Rapaces comenzó su tarea de conservación de la mano de la comunidad.

“El primer gran logro de este proyecto fue que, durante los tres años y medio que dura la dependencia del polluelo de sus padres, nadie molestó al águila, nadie le disparó y el árbol donde estaba el nido nunca fue talado. Incluso, en un lugar donde había existido un conflicto entre humanos y águilas, y donde habían matado a una hembra, la nueva pareja regresó al mismo árbol y logró sacar adelante a su cría”, asegura Giraldo.

A partir de ese momento comenzaron a moverse de una región a otra de Colombia cuando les notificaban que habían descubierto un nido: han estado en el sur de Córdoba, en el Parque Nacional Natural Paramillo, en la Sierra de La Macarena y en el nordeste de Antioquia, donde el proyecto se ha consolidado en los últimos tres años con el estudio de las águilas crestadas, de las cuales existen varias especies, todas destacadas por sus distintivas crestas plumadas.

La conservación de estas aves es fundamental ya que, al ser depredadores, cumplen un papel clave como reguladores del ecosistema. “Algunas cazan monos, perezosos y otros animales terrestres que generalmente son herbívoros. Si nadie controlara esas poblaciones, se consumirían las frutas, las hojas y las semillas, generando un desequilibrio en la cadena ecológica que termina afectando a las demás especies del ecosistema”, explica Juan Camilo Arredondo, coordinador de las colecciones biológicas de la Universidad CES.

Pero, a pesar de la relevancia de su función, este tipo de aves no son comunes en ningún lugar, ni siquiera en su hábitat natural, que puede ser el bosque tropical. Encontrarlas allí es complejo porque, por ejemplo, una pareja de águilas arpías necesita un territorio de 2.000 hectáreas –también una rareza, porque hoy en día son pocos los lugares del país que cuentan con esa extensión de bosque continuo, sin ningún tipo de intervención humana–, en las que encontrar solo dos aves es como buscar una aguja en un pajar.

Cuando se logra identificar un nido, es una ganancia para la conservación. Las águilas suelen vivir en territorios definidos y tener un árbol nido que utilizan como lugar de cría durante toda su vida; incluso hay áreas de anidación que se conocen desde hace más de cuatro décadas. “Eso, además de ser algo muy bonito, representa una gran responsabilidad y un talón de Aquiles, porque las águilas se vuelven dependientes de esos árboles. Si no se protegen, o si se permite que la minería o la deforestación se acerquen demasiado, ellas percibirán que el sitio ya no es seguro y lo abandonarán”, menciona Giraldo.

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Por eso, cuando los investigadores encuentran uno, combinan tres métodos de monitoreo para estudiar a la especie sin perturbarla: la observación directa desde el suelo, el ascenso controlado a los árboles para medir los nidos –cuyo nombre técnico es “canasta”, que pueden estar hasta a más de 30 metros de altura y pueden tardar uno o dos años en hallarlos– y recolectar restos que permitan conocer mejor su ecología, además de la instalación de cámaras trampa que permanecen durante meses registrando de forma automática su actividad. Gracias a estas herramientas pueden conocer detalles como qué comen, cuál de los padres lleva alimento, qué presas capturan y cómo se desarrolla el polluelo.

Estudiando un nido de águilas arpías en Bahía Solano, por ejemplo, la estudiante de Biología del CES Valeria Puertas, en el marco de este mismo proyecto, encontró que las aves se alimentaban de osos perezosos, monos aulladores, arañas y puercoespines, entre otros, lo cual fue registrado tanto en cámaras como en los restos que caían al suelo.

Esto, además de aportar conocimiento sobre los hábitos de la especie y dar pistas sobre sus presas, también ayuda a desmentir las creencias de algunas comunidades, que a veces las consideran una amenaza por el mito de que podrían comerse a sus animales domésticos. Es por esto que en este proceso, además de las rapaces y los investigadores, la comunidad es protagonista. Por una parte, es gracias a ella que los biólogos encuentran los nidos y, por otra, es con las personas con quienes se articulan esfuerzos para cuidar los ecosistemas y las especies.

“Hay una frase muy bonita que dice que uno no puede amar lo que no conoce, y aquello que desconocemos suele generarnos miedo. La participación de la universidad en todos estos frentes permite hacer un trabajo muy bonito de ciencia comunitaria. Al final, las comunidades están involucradas en todo el proceso; no se trata de que lleguen unos investigadores, hagan su trabajo, publiquen unos artículos y nadie vuelva a saber de ellos. La idea es dejar en los territorios conocimiento sobre la biodiversidad que tienen y hacer que las personas se apropien de ella”, afirma John Didier Ruiz Buitrago, decano de la Facultad de Ciencias Agropecuarias y Naturales de la Universidad CES.

En cuanto al nido encontrado en Segovia, durante las primeras semanas de monitoreo, los investigadores han documentado detalles como el tipo de cuidado que los padres dan a sus crías y la dieta que siguen en este bosque, la cual está conformada por ardillas y zarigüeyas.

Además de continuar con la investigación sobre este lugar, Grandes Rapaces y la universidad enfrentan dos retos futuros: seguir encontrando nidos y salvaguardando la vida de estos y de las aves que los habitan, lo que implica también ofrecer alternativas a las comunidades que conviven con ellas para que las continúen cuidando. Por otro lado, el propósito es seguir investigando a estos animales: este es uno de los pocos proyectos en el país dedicados a su estudio y, gracias a los avances de estos seis años, ya hay claridad sobre en qué zonas del país habitan estas águilas.

“Ahora queremos saber qué pasa cuando salen del nido, para poder decir con mayor propiedad que necesitamos más bosques conectados, no solo islas de hábitat aisladas. Eso implica un trabajo integral: se necesitan profesionales, veterinarios, recursos, fondos, acceso a los bosques y condiciones de seguridad para poder trabajar en esos territorios. Son pasos ambiciosos, pero necesarios y posibles”, concluye Mateo.

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