AÑO DE PARADOJAS
No solo el triunfo de Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas marcó una profunda huella en las decisiones insólitas de los pueblos, sino las denuncias de la CIA contra los rusos de haber hackeado la campaña electoral de los demócratas para favorecer al excéntrico magnate gringo. Sigue gravitando la sospecha, lo que degrada la confianza del juego democrático gringo que se creía invulnerable.
El triunfo del Brexit en el Reino Unido –que forzó la renuncia de Cameron como primer ministro como costo político que tiene que pagar toda derrota electoral en los regímenes parlamentarios– y la inestabilidad social, con hambre y violencia, en Venezuela, ocuparon muchas páginas para denunciar al sátrapa bolivariano.
Dos muertes sonadas fueron las de Fidel Castro y Simon Peres. Aquel, dictador de izquierda. Peres, defensor permanente del diálogo entre Israel y Palestina. También murió Umberto Eco, semiólogo, filósofo y novelista.
Colombia fue movida por muchos sismos. Y no pocos cismas. Santos perdió el plebiscito de su acuerdo habanero, y nada pasó. Antes por el contrario, lo reeditó, atropellando a la oposición, con la bendición de unas cortes que ya son simples cortesanas. El Papa quiso enmendar la plana a través del diálogo con Uribe y Santos, pero aquellos milagros portentosos de su gran Maestro no los pudo lograr el simpático Francisco. El país sigue polarizado y reñido con la ideología del arrepentimiento y de la tolerancia de quien la predicó hace más de 2 mil años.
Reafirmamos que somos el país con más inequidad social en Latinoamérica, y cuarto en el mundo. En la misma forma en que se llena un estadio para llorar a los deportistas brasileños que murieron en un frío cerro, se ve con indiferencia los atropellos a los ciudadanos asaltados en sus vidas, honras y bienes. Y de soslayo se mira la corrupción, y los niños que mueren de hambre por el saqueo a las arcas del Estado. Posiblemente la ausencia de instituciones eficaces que garanticen protección a testigos y castigo para criminales, aleja a los colombianos de mostrar realmente si la solidaridad es más romántica y pasajera que estado de ánimo racional y permanente.
Las cuentas internas y externas deficitarias, los modestos crecimientos del PIB, los altos índices Gini de desigualdad, el cicatero salario mínimo, pintan un panorama muy difícil para que se tenga solvencia en la financiación del posconflicto. Promesas y promesas han despertado tantas ilusiones que de no cumplirse pueden crear unas frustraciones peores que la violencia que se venía produciendo desde el monte.
Los mejores aciertos de 2016 se dieron en el deporte. La otra Colombia, la más grata y refrescante. Tres medallas de oro en los juegos olímpicos, aportados por atletas antioqueños. Un campeonato de ciclismo en España por un boyacense. La Copa Libertadores de América, por el Atlético Nacional. Ferias de libros, danzas, concursos de poesía, música clásica y popular. Teatro y cine y demás manifestaciones del espíritu que siguen trazando límites claros entre un país político que se despedaza en sus contradicciones y el otro que sueña y lucha, para que a esto se compense entre quienes crean y destruyen nación.