Atrapados
Están por todo el mundo, negocian incertidumbres, esperanzas y fracasos, cobran millones por hacer deambular a miles, el cartel podría llamarse Los coyotes. Contrario a los de verdad, estos mamíferos bípedos son expertos en transitar clandestinamente con los sueños de sus presas a través de territorios y países, circulan libremente gracias a redes y mordidas que agilizan documentos, sellos y visados, ahí, aquí no más, en Urabá, dejaron tirada una “mercancía”, a la que ya explotaron, de la que ya obtuvieron rédito y que no por ser humana, consideran valiosa, ahí está cada uno de esos migrantes anclado a un territorio que no le pertenece y que de tránsito pasó a convertirse en pesadilla, para algunos una pesadilla erradicable, como si fuesen plantas de un cultivo ilícito o una especie de plaga que debiera detenerse con candado, en esa línea llamada frontera, que inventaron los políticos para separar los países y distanciar los hombres, ni siquiera el lenguaje de nuestros poderosos los acoge.
Su historia suena lejana, muy lejana de la fría Bogotá que con casi nada se conmueve, lejana también de la más innovadora, luce muy lejana y menos conmovedora que la registrada desde hace más de un año en un mar que como tantos debería llamarse hoy de la ignominia y no Mediterráneo, Pacífico o Caribe, para millones de migrantes el mar es un camino, el mar es una puerta que a muchos abre el mundo y llena de esperanza o los golpea en la cara con espuma y sal y ahoga sueños y vidas, las pocas herramientas de esas travesías, el chaleco salvavidas y la balsa parecen hechas de hormigón. En Turbo las imágenes del hacinamiento en el que malamente perviven los abandonados a su suerte, asemejan el entramado de raíces del manglar, una maraña de bejucos, sin salida conocida, todos están atrapados literalmente por y en el Tapón del Darién, que puso desde “allacito”, nuestro vecino, Panamá, cuando decidió cerrar su frontera.
Los espera la deportación, vaya paradoja, no podemos ayudarles a seguir, quebrantaríamos acuerdos y ofenderíamos vecinos, que a pesar de llamar “amigos”, hoy maltratan nuestros productos como si fuesen ilegales, además haríamos publicidad al dichoso cartel que se enriquecería aún más, tiene razón el Estado colombiano, pero entristece tanta falta de solidaridad y humanidad.
Como animales, muchos de estos soñadores prefieren irse a deambular por la selva antes que ser devueltos a la realidad de sus países en los que sus sueños son de piedra, en los que dejaron todo lo poco que tenían para salir con nada, y al que no esperan regresar con las manos vacías y sus sueños intactos. Perderse en la manigua o ser devorado por la noche es mejor que morir atrapado por la corrupción y la burocracia, otro más de nuestros carteles.