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01 de diciembre de 2018

Tengo más de 50 y menos de 70 años, pertenezco a una generación llamada “baby boomers”, que en 2025 representará el 9 % de la población; tengo la fortuna de que algunos de mis amigos son menores y otros tantos mayores, como dirían por ahí soy multitarget en cuestiones de amistad, la semana pasada participé en la celebración del hermano menor de una familia maravillosa, él cumplió 90 años, tengo una amiga que cumplirá ochenta y sueña con las muchas celebraciones que hará, amigos y amigas de 70 están absolutamente activos y celebran y viven su vida con rituales y acciones que sorprenderían a muchos, a sus 89 años la líder feminista Betty Dodson aún imparte talleres de sexo en su residencia en NY y Carmen Herrera a sus más de cien años es una de las grandes artistas abstractas contemporáneas, en el mundo de la moda, en el que se idolatra la juventud eterna, y del cual formé parte activa hasta hace algunos años, Iris Apfel a sus 97 es un icono mundial, el mismo Karl Lagerfeld que diseña Chanel a sus 85 años sigue tan activo como siempre. A pesar de que soy el mayor de casi todos los grupos con los que trabajo, muchas veces me siento más vital y curioso que mis colegas de oficio; soy de los que tiene la fortuna de trabajar en proyectos que son mi pasión, me divierte trabajar en medio de gente más joven que yo y siempre he creído que la diversidad y multiplicidad de puntos de vista y experiencias enriquece cualquier proyecto que se emprenda.

Según las evidencias antropológicas el hombre primitivo se desarrollaba de la infancia a la vida adulta sin pasar por la adolescencia, este término, el de la adolescencia, es un concepto que apareció apenas en la segunda mitad del siglo veinte, después del final de la Segunda Guerra Mundial. Una vez concluido el conflicto aparecieron unos jóvenes llenos de ímpetu y con ansias de plantear un rompimiento generacional, con independencia y alguna capacidad de consumo, la atención del mundo se dirigió entonces hacia ellos, la vida y la realidad se miraron con otra óptica, se les consideró un puente entre la niñez y la edad adulta.

Mientras celebrábamos a un buen amigo que ya no está y conversaba con algunos que hoy se encuentran jubilados, recordé fragmentos de un texto que circuló por internet y se atribuye a Sandra Pujol ... “A este grupo (de entre 50 y 70 años) pertenece una generación que ha echado fuera del idioma la palabra ‘envejecer’, porque sencillamente no tiene entre sus planes actuales la posibilidad de hacerlo. Se trata de una verdadera novedad demográfica parecida a la aparición en su momento, de la ‘adolescencia’ ... Hoy la gente de 50, 60 o 70, como es su costumbre, está estrenando una edad que todavía no tiene nombre, antes los de esa edad eran viejos y hoy ya no lo son, hoy están plenos física e intelectualmente, recuerdan la juventud, pero sin nostalgias”. Pertenezco a ese grupo pendiente de una clasificación, porque a pesar de la edad, bien dijo André Malraux que “la juventud es una religión a la que uno siempre acaba convirtiéndose”.