De la paz y otros demonios
En febrero de este año escribí una columna en la revista Vida Nueva, que dirige Javier Darío Restrepo. Se me antoja que puede ser interesante reproducir ahora lo que entonces dije y sigo pensando. Que fue esto, con algunos recortes por exigencia de espacio.
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Desde la derecha y desde la izquierda; desde el Gobierno y desde la oposición; desde todos y cada uno de los partidos políticos; en el seno de las Fuerzas Militares, de las Farc y las otras guerrillas, de la Iglesia; en los ámbitos de la academia, de la cultura, del periodismo, de la opinión pública, todo el mundo habla de paz. De la paz.
Y hemos caído sin darnos cuenta en la Babel de las confusiones. La palabra paz no está significando lo mismo para todos. Por eso, no nos estamos entendiendo, así vayan adelante y estén a punto de consumarse las negociaciones de La Habana para el fin del conflicto. Que (valga la pena recordarlo a pesar de su obviedad) no es sinónimo de paz lograda, aunque sea el principio y el “sine qua non” de esta utopía. Si nos descuidamos, vamos a terminar aprobando o rechazando una paz que va a ser muy diferente de la que el pueblo colombiano soñaba y esperaba.
Habría que revisar las actitudes existentes, expresas u ocultas, frente a la paz que se nos viene encima. Tal vez, en el fondo de muchos hay más miedo a la paz que a la guerra. Suele ocurrir. Después de medio siglo de confrontación, de los miles de muertos y desaparecidos y de los millones de desplazados, por supuesto que sabemos qué es la guerra pero hemos olvidado lo que es la paz. Un miedo a la paz que se camufla entre otros miedos, evidentes algunos de ellos, otros escondidos en el cascarón de sentimientos confesos o inconfesables, que afloran a la hora de las divergencias.
No deja de ser preocupante que la intolerancia y la radicalización, origen y alimento de las guerras, acaben apoderándose también de la búsqueda de la paz. Y vienen entonces las descalificaciones y las persecuciones en nombre de esa pretendida paz. Lo estamos viendo. Los que no están de acuerdo con el concepto o la metodología del Gobierno para llegar a la pacificación son tildados de enemigos de la paz, de guerreristas. Y los que apoyan las acciones y las actitudes gubernamentales en sus negociaciones son anatematizados por presuntos amagos de entrega de la patria a esa guerrilla que se pretende someter con la paz, o por claudicación ante fantasiosos socialismos o comunismos mandados ya a recoger.
Ser críticos frente al proceso de paz, significa no tragar entero, no comulgar con ruedas de molino. E implica también evitar caer en radicalizaciones, en exclusivismos, en intolerancias, en fanatismos disfrazados y otros demonios que asoman la cabeza y quieren impedir que algún día podamos vivir en paz. (...)