Columnistas

Duele

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18 de agosto de 2018

Duelen, cuando cae la noche se reagrupan en pequeños combos, se acogen unos a otros, se suman, se convierten en uno, se calientan, agregan su afecto, su solidaridad los protege, sus rituales son otros, el ritmo es distinto, su situación de calle los hace diversos, contemplarlos a lo lejos conmueve, desde la comodidad del taxi que pasa veloz, apenas son una sombra furtiva, cada uno está ahí por circunstancias distintas. Mientras la luz se hace verde, encienden sus pipas de bazuco; a lo lejos se les ve atacar su hambre eterna con droga, no huyen, parecen pequeños animales asustados, muchos nos huyen, sus ojos ariscos no miran, deambulan en el vacío, los transeúntes les evaden, no siempre son amigables, ahí vienen, una manada, varias barras, aquella duele más, son apenas niñas y exhalan e inhalan veneno. Los hemos desplazado de todo, hasta de sus propias vidas. La Oriental, las orejas del puente, Palacé, La primero de mayo, Barbacoas o el río son suyos, hay más, quisiéramos condenarlos al subsuelo, ahí no se ven y lo que no vemos no existe, creen algunos; su dolor también es el de uno, sus ojos apenas se intuyen, su pelo es un amasijo, sus ropas son del color del pantano, los veo, pero apenas imagino lo suyo. Hay programas, proyectos y planes, pero la calle les es más fuerte que cualquiera de nuestros políticos. A lo lejos algunos hurgan los restos de una caneca, no es la Venezuela chavista, es la Medellín de la innovación. Están en mi ruta hacia el arte, voy a alimentar el espíritu, cuánto duele todo esto. La calle es fuerza poderosa que atrae.

Sacarlos, echarlos, hacerlos a un lado, eso nos hemos pasado haciendo durante años, ¿cómo acercarlos? No todos quieren hacerlo, algunos logran “recuperarse”, ¿recuperarse? ¿Para qué, acaso para insertarse en este medio, en este espacio que ignora, en esta ciudad que como tantas otras ha hecho de sus zócalos una vitrina infinita, en la que tener es la única opción para ser, en este país en el que los corruptos nos dejan migajas? De la calle al combo, de la nada a lo poco, ¿es eso un futuro? ¿Existe mañana? Hemos depredado el espacio, el territorio urbano lo hemos destruido a hachazos, lo hemos abierto a machete como si fuese trocha, ¿cómo reparar tantas cicatrices? Será acaso posible sanar estos dolores que conmueven, cada comuna es un gueto, cada uno de nosotros también, lejano del otro y limitado invisiblemente por nuestras propias barreras, en cada ser y comuna hemos construido un centro, que desconoce el centro común.

Regreso a casa, la noche los invisibiliza en sus sombras, abro mi puerta y recuerdo las palabras que el padre Francisco de Roux le dijo a la revista Arcadia: “el conflicto nos hizo romper nuestro mundo simbólico y nuestro tejido social, y así nuestra primera labor será recuperarnos como seres humanos, aceptarnos en medio de la diferencia, y en medio de la riqueza simbólica de un país diverso como el nuestro. Lograrlo produciría un cambio ético y moral porque nos enseñaría a vivir nuestra dignidad como sociedad ... nuestro problema ético de fondo es que hemos sido capaces de la destrucción del ser humano entre nosotros, en cada uno de nosotros. Es impresionante”.