El apocalipsis, ahí amenazante
De no presentarse una mediación internacional válida y efectiva para frenar a tiempo cualquier locura por parte de Putin o de Zelenski, se podría desatar una hecatombe nuclear.
Por falta de espacio, hace ocho días debí interrumpir esta columna al trascribir un texto del papa Juan Pablo II, publicado el 1.º de enero de 1980, en la Jornada Mundial de la Paz. Estábamos hablando de una posible, casi inminente e inevitable confrontación nuclear, a la que muchos millones de seres vivos no sobreviviríamos.
Retomo hoy el mensaje del papa polaco, no sin recordar que este ya clásico mensaje de año nuevo de los papas fue instaurado por Pablo VI en 1968, en plena guerra de Vietnam. Han sido más de medio centenar de alocuciones vaticanas que ya forman cuerpo y doctrina eclesial en la defensa de la paz mundial.
El texto aducido era el siguiente: “Recientemente he recibido de algunos científicos una previsión sintética de las consecuencias inmediatas y terribles de una guerra nuclear. He aquí las principales:
La muerte, por acción directa o retardada de las explosiones, de una población que podría oscilar entre 50 y 200 millones de personas. Una reducción drástica de recursos alimenticios causada por la radioactividad residual en una amplia extensión de tierras utilizables para la agricultura. Mutaciones genéticas peligrosas, que sobrevendrían a los seres humanos, a la fauna y a la flora. Alteraciones considerables en la capa de ozono de la atmósfera, que expondrían al hombre a incógnitas mayores perjudiciales para la salud. En una ciudad embestida por una explosión nuclear la destrucción de todos los servicios urbanos y el terror provocado por el desastre impedirían ofrecer los servicios mínimos a los habitantes, creando una obsesión terrible”.
Recuerdo que la lectura del libro mencionado Si mañana estallase la guerra, de Nigel Calder, en ese lejano 1970, me dejó la sensación de haber leído una novela de ciencia ficción o, tal vez mejor, de haberme estremecido ante un apocalipsis en terminología científica. Revive en la memoria difuminada una presentida pesadilla de bombas y misiles, arsenales tóxicos, venenos síquicos, bombas ambulantes, armas químicas y biológicas, soldados robots, climas modificados, terremotos provocados y manejados por computadores... La gran hazaña de una guerra nuclear con el único fin de acabar con el hombre, que se balancea como un guiñapo, entre el miedo y la esperanza en una atosigante atmósfera de deshumanización y muerte.
Volviendo a la guerra en Ucrania, en estos momentos, la tensión mundial está centrada en la central nuclear de Zaporiyia, la tercera más grande del mundo, tomada por las tropas rusas. De no presentarse una mediación internacional válida y efectiva para frenar a tiempo cualquier locura por parte de Putin o por parte de Zelenski, se podría desatar una hecatombe nuclear. Que Dios nos coja a confesados, como decían las abuelas.
Porque, aunque no lo parezca, no estamos tan lejos de que nos vayamos a ver afectados por una explosión en Zaporiyia. El secretario general de la ONU, António Guterres, quien anda en estos momentos por Ucrania junto con el presidente de Turquía, Tuyyip Erdoban, intentando conjurar el apocalipsis, lo ha dicho perentoriamente: “Cualquier daño a Zaporiyia sería un suicidio”. Recemos y esperemos