Columnistas

El pudor de las noticias

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01 de julio de 2017

No está mal aislarse del tsunami noticioso de cada día y preguntarse, por ejemplo, hasta dónde es válido mezclar carcajadas a las noticias, hacer alusiones chistosas de mal gusto en las informaciones o dedicarse simple y llanamente a un periodismo burletero. Se termina no ya bordeando el mal gusto, sino chapoteando en la vulgaridad y la chabacanería. La opinión seria, ya de por sí tentada por unas relaciones incestuosas con la opinión editorializante de los directores al momento de informar, acaba enredándose en un descarado concubinato con el humor.

Insisto, pues, con mi cantaleta, a riesgo de repetirme. ¿Qué se busca al adobar las noticias con risotadas, con imitaciones de voces, con personajes ficticios, con alusiones taimadamente procaces que ofenden al oyente o al lector, con gracejos y recreos, con chistecitos flojos de viejos verdes? Tal vez en un principio existió la buena intención de desestresar al oyente, de generarle una especie de catarsis. Es tan dura la realidad que hay que paliarla con algún gracejo. Y eso no está mal, si se hiciera esporádicamente, con la espontaneidad que exige el buen humor. Pero hacer de la realidad dura que nos toca vivir un hazmerreír constante, es una desviación insoportable del sano ejercicio de informar.

Una cosa es un programa de humor y otra, muy distinta, un noticiero. Las fronteras de los géneros deben respetarse en periodismo. Mezclarles humor a las noticias (o mezclar noticias y humor sin exactos criterios periodísticos), so pretexto de hacer reír al receptor, lleva imperceptiblemente a que no se aprecie en toda su gravedad, y en toda su seriedad, lo que está ocurriendo. Se va perdiendo así poco a poco la capacidad de reacción ciudadana. Aunque no se crea, esa banalización de la información contribuye, junto con el miedo y la pérdida de credibilidad en las instituciones, a que se dé el fenómeno, que hoy aqueja a Colombia, de una sociedad apelmazada en la impotencia y que no se conmueve ante nada. Como se comprobó estos días con la noticia de la entrega de armas de las Farc.

Resulta muy graciosa, por supuesto, la imitación de voces que hacen algunos cómicos metidos a periodistas o colados en un espacio noticioso. Aparentemente es un juego inocente. Pero nunca, en periodismo está permitido tergiversar la fuente, o burlarse de ella, volverla mentirosa o manosearla ante el lector o ante el oyente, así no sea sino por chascarrillo.

No decimos que la radio deba volver a la solemnidad y el acartonamiento de antes. Pero no se debe perder nunca de vista el justo medio. Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre. Lo que estamos viviendo en Colombia no es precisamente una hora sabrosa. Ofende hacer de la realidad, de la noticia, un rey de burlas. Es un viejo truco: con una carcajada se conjuran los fantasmas. Las risotadas sirven de cencerro para controlar el rebaño.

Las noticias, aun las no trágicas, también tienen su pudor.