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El undécimo mandamiento

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09 de julio de 2016

Alguna vez, conversando con el padre Nicanor, mi tío, me lamentaba yo de que en los mandamientos de la ley de Dios no existiera uno que hiciera referencia a la responsabilidad del ser humano en el cuidado y defensa de la naturaleza.

-Es cierto, hijo, que en el catecismo del padre Astete, que aprendimos de niños, no se hablaba de ecología ni de medio ambiente. Era impensable en el siglo XVI, cuando vivió el padre Astete, y así fue por años, por siglos. Es lamentable, pero no existía en la formación religiosa una expresa preocupación al respecto. Tal vez, apurando mucho los conceptos, en el quinto mandamiento se podía incluir una responsabilidad moral frente a los seres vivos.

-No matar, entonces, no sería solo no quitar la vida a otro ser humano, sino que también haría referencia a defender toda clase de vida, animal, vegetal o mineral. Que, sea dicho de paso, hay que “desantropoformizar” (si vale la expresión) el concepto de vida.

-Eso pienso, muchacho. A falta de un mandamiento expreso, en el quinto se contemplan la defensa de los animales, el no cortar árboles, no contaminar el ambiente, el cuidado de la tierra, del aire y el agua.

-Como quien dice, padre, un nuevo mandamiento ecológico, el undécimo: cuidar y respetar la naturaleza.

-Y ahí quedarían incluidos los pecados ecológicos, de los que nunca nos confesamos ni nos arrepentimos, como cortar árboles, maltratar a los animales, contaminar el medio ambiente, con todos los etcéteras que conocemos y que a diario cometemos.

-Una utopía, tío, ¿no cree?

-Ni tan utopía, muchacho, sobre todo después de la encíclica “Lodato sí” (Alabado seas”) del Papa Francisco, expedida el año pasado. A que no la has leído.

-Francamente no, tío.

-Es un texto luminoso e iluminador, que desborda fronteras confesionales y se convierte en propuesta para toda la humanidad.

-Deme una pildorita, tío, a ver si me convence.

-El Papa habla, por ejemplo, de una conversión ecológica, que es lo que tú y tantos más necesitamos. Te leo: “Tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes”.

-Me suena, me suena.

-Sonar no, te debería tronar por dentro. Una conversión que, dice, “implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión espiritual”.

-Ya empieza usted a enardecerse, como cuando predicaba la novena de la Virgen del Carmen, ahora que estamos en su novena. Me perdona, padre, pero me suena a predicar en el desierto.

-Pues sí. Predicar en el desierto de personas insensibles, como pareces ser tú, y en el desierto en el que estamos convirtiendo este esplendoroso reino de la tierra que Dios nos ha regalado. Y sí, el undécimo mandamiento es no acabar con la naturaleza. Punto.