En la palangana de Pilatos
Ya le queda difícil al Gobierno –por vergüenza o incapacidad– maquillar las encuestas de opinión y las cifras económicas que le son adversas en su gestión pública.
La última encuesta Ipsos para Semana y RCN arroja como resultado una imagen presidencial deteriorada. Solo un 23 % aprueba el trabajo santista, contra un 76 % que lo repudia. Lo rajan sin misericordia en todos aquellos aspectos que son fundamentales para la acertada conducción de un país. En los temas básicos como la generación de empleo, salud, seguridad ciudadana, economía, la desfavorabilidad supera los índices del 80 %. En los demás frentes la debacle es inocultable.
En medio de un sistema estatal que no inspira confianza, aturdido por las falacias y contradicciones, parecería que este Gobierno navegara en la “palangana de Pilatos”. No piensa sino en aparentar bonanzas y en torcerle el pescuezo a la Constitución. No hay ojos sino para un proceso de paz, no como política de Estado sino de gobierno e impuesto desde La Habana. Lo demás que se ahogue, como naufraga ya la calificación de la llamada deuda soberana de Colombia, al pasarla, tanto la Standard & Poor´s como la Fich Rating, de estable a negativa. También Moody´s Investors aporta su dosis de escepticismo. Todas coinciden en que las condiciones económicas “no son ahora tan sólidas como en el pasado”.
Entre los altos déficit de cuenta corriente y fiscal, la alta inflación –que anualizada llega al 9 %, con alzas de alimentos que superan el 15 %–, la galopante deuda del sector público, que según el contralor general Edgardo Maya –liberal hasta los tuétanos– “llega a 453 billones de pesos, el 56,5 % del PIB, el segundo nivel más alto de los últimos 25 años”, la caída de las exportaciones en un 26 % en lo que va del año, se diseña un panorama sombrío que arrojaría que la economía en este año a duras penas crezca al 2.3 % como lo calculan Fitch y el Emisor. Cifra que si bien refleja la vulnerabilidad económica colombiana como para alterar las condiciones externas de solidez y confiabilidad, pone asimismo en duda la solvencia de recursos suficientes para llevar a cabo un posconflicto sostenible, consistente y sin engaños.
Si bien es cierto que por mucho tiempo se han acumulado infinidad de problemas sin resolver, dada la irresponsabilidad de buena parte de la clase dirigente nacional, hoy, a este régimen, le cabe gran culpa del laberinto en que se asfixia la credibilidad institucional. Tuvo mayorías en el Congreso, cortes, gremios, gran prensa, para modelar una gran Nación. Dilapidó oportunidades y propuestas. Se dedicó a la farándula y a la egolatría.
Preocupa en particular que la dirigencia gremial siga como autista, ausente del debate en esta Colombia de improvisaciones e ingratas sorpresas. Predomina en su accionar la zalamería, vocación inveterada que seguramente se reflejará a partir de mañana en la asamblea de la Andi en Cartagena. Será el escenario para cerrados aplausos a las cifras presidenciales, premiadas además con el incienso que nubla y confunde. Y así, en medio del sahumerio, hacerle creer al país que estamos en el teatro de las maravillas.