Columnistas

En renglones torcidos

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08 de octubre de 2016

No sabía si ir o no donde el padre Nicanor. Él había votado sí en el referendo del domingo y, me suponía que no iba a estar el palo para cucharas. Al fin no le pensé dos veces y allá le caí, el mismo lunes siguiente.

El viejo cura me saludó con una sonrisita entre burlona y bondadosa.

-Te había dicho, hijo, en una de nuestras conversaciones anteriores, que en esta puja del plebiscito la paz nos iba a desnudar a todos. Que como con el traje nuevo del emperador, el famoso cuento que bien conoces, iban a quedar a la vista las vergüenzas de unos y de otros, de los ganadores con el no y de los perdedores con el sí. De todos.

-Nos quedamos en pelota, tío, para decirlo en plata blanca.

-Y, como en el cuento, tanto el emperador con sus áulicos y paniaguados, como sus opositores y contrincantes con sus seguidores fanatizados, lo mismo que los guerrilleros con su malicia ofensiva, los civiles con sus miedos y abstenciones, y hasta los militares, creyentes o increyentes de la paz, nos la habíamos pasado haciendo loas de una paz invisible, como el traje del emperador, por miedo de que descubrieran que estábamos soslayando la verdad de lo que pensábamos.

-Usted diría, padre, que el proceso de paz y la radicalización por las dos opciones del plebiscito, estuvo montado en mentiras. ¿Es eso? -O en verdades a medias, que son casi -a veces sin casi- mentiras completas. Por eso, pienso yo que en los argumentos para votar, esgrimidos por los unos o por lo otros, se echó mano tanto de promesas fantasiosas e irreales, como de miedos no menos fantasiosos y también irreales.

-Según usted, tío, la paz desnudó al país y todos, bajo un ropaje que no cubría nada, paseamos esas mentiras soterradas: las mezquindades no confesas, los intereses creados, los cálculos disfrazados, los crímenes imperdonables, los odios irredentos; es decir, todas la vergüenzas de la guerra, los pecados de nuestra sociedad.

-Tú lo has dicho. Con los resultados del plebiscito se destaparon, a mi juicio, muchas cosas: la arrogancia y la marrulla política del presidente Santos; la ambición de poder y la intransigencia del ex presidente Uribe; las ambigüedades y el ánimo sesgado de las Farc; los intereses ocultos de los partidos políticos; la fanatización de una derecha que ve diablos marxistas entre los escombros de la historia y las torpezas de una izquierda anquilosada que se quedó en el pasado y hace alardes de una redención que nadie les cree.

-No deja usted, padre Nicanor, títere con cabeza.

-Con o sin títeres descabezados, muchacho, a lo que no se puede renunciar es a tener fe en la paz. Dios escribe derecho en renglones torcidos.

P. D. Madrugo hoy, viernes, a mandar esta columna al periódico y me encuentro con la sorpresa del Nobel de Paz para el presidente Santos. Por lo visto también en Noruega, como en el cielo, se escribe derecho en renglones torcidos.