Entre la guerra y la paz
Sí, entre la guerra y la paz. O tal vez, mejor, cambiando el orden de la palabras, entre la paz y la guerra. Que no es lo mismo. De hecho, no sabe uno exactamente dónde está Colombia en este momento. ¿Al pie de la guerra, o al pie de la paz? Lo que sigue después de que en el plebiscito se diga sí o no a los acuerdos de La Habana, ¿será la paz? ¿O será la guerra? ¿La misma guerra u otra guerra? ¿O será que una posible abstención nos llevará a vivir esa especie de coma inducido de la democracia que es no saber a ciencia cierta lo que el pueblo quería o quiso, lo que el pueblo debió decidir?
Tal vez sean preguntas tontas e inoficiosas que se le ocurren a uno. No solo a mí sino a muchos más, supongo. Porque fuera de quienes por compromisos políticos, o de otra índole, están casados con el sí desde el gobierno, o con el no desde la oposición, muchos no tenemos las cosas claras. Y dejo constancia de que escepticismo no es sinónimo de abstención.
En una pedagogía para el plebiscito lo primero que hay que hacer es despersonalizarlo. Es decir, “desuribizarlo” y “desantanizarlo” (no he dicho “desatanizarlo”, que conste). Porque, cualquiera que sea el lado en que nos situemos, ni el sí es santista, ni el no es uribista. El valor del voto está más allá o más acá de las fidelidades partidistas o ideológicas, pienso yo. Que en las urnas la única lealtad que se exige es a la propia conciencia.
Lo peor que le está pasando al plebiscito es que se haya convertido en el último “round” de la pelea en que andan enzarzados de tiempo atrás, no los santistas y los uribistas, sino ellos dos, Santos y Uribe. Se corre el riesgo de que más que los temas de fondo cuya suerte se juega en las urnas, lo que a muchos parece interesar es ver quién le ganará a quién. Como en una pelea de gallos.
Recuerdo que cuando las elecciones de mayo de 2010, que llevaron a Juan Manuel Santos a su primera presidencia, hablaba yo con un amigo, sincero seguidor de Uribe, quien se mostraba feliz de haber votado por el candidato del entonces presidente. Le dije que algún día íbamos a tener que alquilar balcón para asistir a una pelea a muerte entre los dos políticos. Y le di mis razones: no existen lealtades en política y menos entre un político bogotano y otro antioqueño. Que era una bomba de tiempo juntar, sea dicho con respeto, los apellidos Santos y Uribe. El uno, con el gen de la marrulla santista de su tío abuelo, el otro con la fama de buscapleitos y camorristas que tienen los Uribes en Antioquia.
Hoy, columpiándonos entre la guerra y la paz, me parece que no fue tan peregrina mi profecía