Columnistas

Esta tibia serpiente alrededor del cuello

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15 de septiembre de 2018

Use aunque sea una bufanda, me aconsejó el médico, preocupado con mi bronquitis y la amenaza del aire acondicionado que congela sin miramientos oficinas y edificios enteros en Medellín.

¿Una bufanda? Mentalmente recorrí calles, espacios, salones, sitios de trabajo. Nadie usa ya una bufanda. De ahí, supongo, la sonrisita entre burlona y compasiva que despertaba mi presencia el día en que me atreví a aparecer en público enfundado en tan inesperada prenda. Con los días de frío y ese acoso bronquial del aire acondicionado, le he tomado cariño.

¿Una bufanda? Sí, allí estaba, en el fondo del ropero, entre vestidos viejos. Allí estaba, enroscada como una serpiente en estado de hibernación. Apenas la tomé entre mis dedos se deslizó trémula y como un viejo amor recuperado se me echó al cuello en un abrazo tímido.

Y ahí sigue, boa desleída que me constriñe con delicadeza; pulpo de lana que impensadamente adquiere tentáculos movedizos; huella lejana del abrazo tenue de la primera novia adolescente; herida viva del apasionado abrazo de la persona amada; recuerdo tierno del aferramiento del hijo pequeño a la seguridad paterna.

O si usted quiere, conjuro de la soga del ahorcado, antídoto contra ahogos y estrangulamientos, collar fiel de perro amaestrado por el destino. Estola, también, de esta callada liturgia de soledad y silencio que acaba siendo la vida.

Curioso nombre: bufanda. Dice Corominas que viene del francés “bouffante”, participio del verbo “bouffer”: ahuecarse. Un verbo que como todos los otros similares de las lenguas romances, tiene origen en el sonido onomatopéyico “buf”, que resulta de expulsar el aire por la boca, teniendo las mejillas henchidas. En español tenemos, entre otros, bufar, bofe, el pulmón de la res, que los antioqueños llamamos boje, y otros que asocian con soplar.

Vean, pues, como la etimología nos lleva al rito, casi inconsciente, de ir descargando suspiros, soplos, toses y bufidos en el rebozo de la bufanda. Ese contacto con el propio hálito, con el “pneuma” griego, con el “ruah” hebreo, con el espíritu, crea una simbiosis, una intimidad honda y esencial con la prenda que se desmadeja sobre nuestros hombros.

Voy por la vida con mi bufanda al cuello. O a cuestas. Vaya usted a saber si es una carga, una inutilidad más de las que uno se echa encima por puro capricho. O por vanidad. Me miran con extrañeza. Puedo ser un dandy. Un excéntrico. De pronto un poeta insomne o un vagabundo sin rumbo. No me importa. Me siento bien con este mínimo abrazo detenido. No me separa del mundo sino mi bufanda, babera desgastada del yelmo invisible de mi vieja armadura de quijote venido a menos.