Columnistas

Iván Duque Escobar

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06 de julio de 2016

Iván Duque Escobar fue un ser humano que se fue formando a golpe de constancia. A pesar de las dificultades que en su parábola vital atraviesan los que vienen de la periferia hacia los centros de poder y decisión, fue abriéndose camino a base de tenacidad e inteligencia. Logró ser otro arquitecto de su propio destino. Labró su perfil paso a paso, pulso a pulso.

Muchas jornadas vivimos desde nuestras mocedades con Iván Duque. Antes de finalizar la década de los sesenta del siglo pasado lo llamamos a que integrara el grupo Tema Libre, columna que fundamos en El Colombiano para ventilar asuntos de interés nacional en lo económico, en lo social, en lo político. Pretendíamos enriquecer la libre discusión sin retenes. En donde la discrepancia civilizada fuera la insignia y el buen decir idiomático hiciera más claras las ideas. Allí estuvo Iván desde el primer momento. Garrapateando teclas para expresar criterios. Alegre y a veces tomador de pelo con el retruécano oportuno, con la apostilla ingeniosa.

Fue un amigo sincero y leal. Es pertinente y oportuno recordar lo que fue su desempeño en la aciaga noche en que la subversión, en amancebamiento con el narcotráfico, quiso derrumbar las instituciones legítimas del Estado con el incendio del Palacio de Justicia. Acompañó todo el tiempo en que duró el asedio al presidente Betancur, no solo de cuerpo presente, sino con sus análisis, sus consejos, sus interpretaciones, su malicia. Hace poco, cuando se rememoraba este vergonzoso episodio de nuestra convulsionada historia nacional, le preguntamos a Iván cuán cierta era la afirmación de que en aquella nefanda noche, el presidente Betancur fue un rehén de las Fuerzas Militares y de altos oficiales que habrían propinado un golpe técnico de Estado. Iván nos negó categóricamente esta lectura de reconocidos novelistas, más que historiadores. Nos sostuvo que Betancur asumió con sus plenas facultades de comandante en Jefe toda la responsabilidad en su misión de salvaguardar las instituciones del Estado.

En los últimos meses volvimos a dialogar con nuestro amigo Iván, cuando buscó nuevamente el rincón del afecto y la autenticidad antioqueños para retomar aquella metáfora borgiana de que la patria es el paisaje de la infancia y los sueños de juventud. Salíamos algunas tardes a conversar con nuestras esposas y otras parejas, siempre al calor de la palabra y con alguna taza de chocolate bien parveado como decimos en estas tierras de Tomás Carrasquilla y Ñito Restrepo. Hablábamos de un país lleno de dificultades y de retos, de éxitos y bajonazos. Muchas veces con hondas preocupaciones. Otras con moderado optimismo. Le repetía a menudo una frase atribuida a Núñez, el Regenerador, que le encantaba para aplicársela a Colombia: “Hay pueblos que se enseñaron a progresar padeciendo”.

En la lucha lo cogió la muerte. Y luchó para zafarse de ella. Sabía, como el Cid, que “su descanso era guerrear”. Al fin, como sentencia la razón, perdió la batalla. Pero ganó la guerra porque su vida y su obra ya trascienden. Esa es la importancia de saber vivir para trascender en la muerte.