Columnistas

Jagüey

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23 de abril de 2016

En el laboratorio sonoro del MAMM, que se halla en penumbra, tres hermosas máquinas de apariencia preindustrial, iluminadas como si fuesen actrices prestas a escenificar un duelo, se enfrentan entre sí, son casi idénticas, pero cada una emite unos sonidos diversos. El artista Leonel Vásquez ha construido una escultura sonora, que es a su vez un dispositivo que amplifica el dolor, una máquina que magnifica los lamentos de la comunidad Wayúu, los gritos de la tierra, las lágrimas de esos ojos de vida que son los jagüeyes, centro vital de la cultura, lugar donde nace o muere la vida. Que oigamos es el propósito de estos objetos, pero no solo el rumor o el murmullo del agua, sino sobre todo su llanto, el llanto que gota a gota o a borbotones se derrama dentro de las palanganas de barro que evocan el jagüey y que artesanos de Ráquira han moldeado con sus manos. Se trata de escuchar al otro, de asumir su lugar, de sumergirse en él, gracias a las manos que palmo a palmo y golpe a golpe han martillado el cobre o el bronce con el que se han forjado los altavoces e hidrófonos que nos permiten escuchar las voces subacuáticas, como bien lo dice el artista “los cantos de sirenas”, pues como no somos seres del agua, solo oímos lo que sucede fuera de ella; la arcilla roja de cada palangana evoca la aridez del territorio guajiro, su color es el tono del estío, aquí no hay fenómenos, solo existe una realidad, que se manifiesta a través de la poesía, el arte no cambia el mundo, lo anticipa.

Las máquinas que construye Leonel Vásquez son hermosas, visualmente seductoras, construyen un paisaje sonoro que encanta, pero tras esas formas aparentemente simples e inofensivas hay más, allí subyace oculta la terrible realidad política y social del territorio, la catástrofe ambiental que hoy vive la Guajira le permite entender al artista lo que significa “cosechar el agua”. Al fondo de la sala y mientras los arietes bombean el líquido para oír su llanto, se escucha un jayeechi, que son narraciones cantadas, en él se llama al agua, pero no solo a la lluvia, sino y sobre todo a la sensatez de las corporaciones que desean transformar el paisaje para extraer de él sus recursos.

El artista nos invita en su proyecto a descentrar la escucha, a vivir una experiencia auditiva no antropocentrista, por lo pronto a él esto le ha permitido ubicarse en el lugar del otro, para entenderlo y respetarlo, para enseñárnoslo, para descubrir y construir con y desde la hidráulica una profunda experiencia poética. Pocas veces una obra de arte había sido tan pertinente.

La instalación sonora Jagüey es posible gracias en parte al Premio Ibermedia de Museos, concedido al MAMM, y forma parte del proyecto “El paisaje sonoro como estrategia de educación patrimonial”, que busca que aprendamos desde la dimensión auditiva.