Columnistas

Jericó

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22 de octubre de 2016

En un país como el nuestro, la vida es la suma de ausencias o la acumulación de ausentes, aquí abundan los idos; “si quiere oír historias tristes, yo le tengo la más triste, a mi hijo lo desaparecieron hace veinte años... yo no entregué un ramo de flores, para que me restituyan al que lloré durante trece años, con un ramo de flores”, esas conmovedoras palabras las pronuncia una de las ocho dignísimas mujeres que Catalina Mesa ha convertido en protagonistas de su película “Jericó, el infinito vuelo de los días”.

Jericó está muy cerca del cielo, sus colores, sus calles, sus paisajes, sus historias, su gente, todo en él invita a que uno se piense como parte de este vuelo, un vuelo cinematográfico en el que como pocas veces las palabras con que se cuentan las historias habían adquirido un poder y una resonancia de tal dimensión, mientras vuelan las cometas, vuela la vida, pero sobre todo vuela la sensibilidad de una directora que construye con su “cine de lo real”, a mitad de camino entre el documental y la ficción, una mirada en la que los hombres somos fuerza motora desde la ausencia, una ausencia que las impulsa a seguir soñando y luchando. Cada historia es la historia del que no está, cada una involucra al que fue o lo que debió haber sido, en cada narración de estas mujeres que la autora ha seleccionado cuidadosamente, hay una mirada que desde lo femenino parece decirnos que son ellas las que nos mantienen en pie y que es gracias a sus valores y su infinita ternura que aún no hemos sucumbido como sociedad, la complicidad que establece la directora con cada una de ellas dignifica lo femenino frente a una sociedad que ha hecho de la casa, la cuna de tantos maltratos.

La película hace evidente también la importancia de la materialización de la tragedia y de los sueños a través de las manos, cada una de ellas narra su vida y mientras lo hace ejecuta con ellas acciones que ayudan a reparar, sanar, soñar o evocar ... cosen para sumar ausencias, amasan o muelen, porque en estas actividades y a través de elementos fundacionales de nuestra sociedad como el maíz y la arepa se cuece la vida. La música y los objetos son también protagonistas y prolongaciones de sus entornos, cada melodía, retrato, mueble, santo o abalorio son actores que enfatizan la acción.

Catalina quería hacer un homenaje a su tía ausente, que en cada historia evocaba el lugar de su infancia, Jericó; a través de este tributo construye una acción poética que desde la descripción de lo local logra hacerse universal, aquí se reconocen todas las mujeres que se cruzan por nuestras vidas y todas las vidas que cruzan a estas mujeres. Cada lágrima que se derrama al presenciar este testimonio del buen momento por el que atraviesa el cine colombiano, está justificada por estas mujeres que son un manifiesto vivo de que un mejor país y un mundo más sensible, deberían ser posibles.