Columnistas

La de Alba

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22 de noviembre de 2014

Hicieron de sus títulos una zarzuela y de su abolengo una fiesta, vivieron a sus anchas y su pensamiento liberal asombró a muchos.

“La Duquesa de Alba no tiene un solo cabello que no inspire deseo. Nada hay más hermoso en el mundo. Ni hecha de encargo podría haber resultado mejor. Cuando ella pasa por la calle, todo el mundo se asoma a las ventanas y hasta los niños dejan de jugar para mirarla”, eso dijo en el Siglo XVIII el Marqués de Langle, viajero francés, algo similar decían de Cayetana sus coterráneos, la belleza no es nada.

La que murió esta semana vivió a su antojo, pero su muerte me recordó a la otra, la que cuelga pintada en su palacio de Madrid, la que enviudó joven y murió a los 40, la que se disfrazaba como su sombra de maja, la que rivalizó con la reina de su época por nobles y plebeyos, la que sedujo a Goya y él inmortalizó, pintó y dibujó de mil maneras, de forma obsesiva, porque cuando el amar duele el trazo es un puñal.

Sí, Goya, el gran pintor español que trasegó por su época de manera consciente, que vivió tres Españas, según Carlos Mas Arrondo: “la que hacía tránsito del Siglo XVIII al XIX, la de la Ilustración tardía y la de la Guerra de Independencia que suponía el fracaso de los ideales de la Razón”. Goya la conoció en 1786 y enloqueció al verla. En 1795 la pintó de pie, casi como una estatua, vestida con un traje de gasa blanca de clara influencia francesa y con una cinta roja que sujeta su cintura, en su pelo y en su pecho lazos rojos adornan su figura, un collar de coral de dos vueltas luce su cuello; un perrito faldero, símbolo de fidelidad la acompaña en la escena, un lazo rojo que lleva en su pata evidencia la unión entre ella y (¿Goya?) la mascota.

En 1796, cuando la duquesa enviudó, el artista acompañó a su mecenas a Sanlúcar y allí realizó un precioso cuaderno de dibujos que reposa en el Museo del Prado, la leyenda diría después que la retratada en “Volaverunt” (Volaron), la extraordinaria serie de grabados de los caprichos y la musa que posa en “La maja desnuda” era la XIII duquesa de Alba en cuerpo ajeno, como venganza del artista; puro mito urbano para engrandecer la sombra.

De la “nueva” quiso hacer Picasso una maja desnuda moderna, ella se definió como “una mujer que peleó, vivió intensamente y que espera que se la recuerde por sus obras y por su esfuerzo para mantener y aumentar el patrimonio de una casa que forma parte de la historia de España”.

Para ambas el epitafio podría ser el de la actual, que ella misma redactó. “Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió”.