Columnistas

La paz, una noche oscura

Loading...
29 de julio de 2017

Suena exótico, pero la paz es, o debería ser, además de una realidad política, una vivencia mística. No religiosa, aunque tarde o temprano tiene que tocar las fibras hondas de lo que es la religión, cualquiera que sea el concepto que se tenga al respecto, y se encontrará así mismo, para bien o para mal, con la trinchera confesional de las partes enfrentadas y ahora pacificadas.

La paz, como mística, o si se quiere, la mística de la paz, implica trascender las mediaciones (diálogo, negociación, aspectos jurídicos y políticos, ideologías y proselitismos partidistas, etc.) para convertirse en una meta que arrastra, purificándolas, las actitudes de las personas, de las instituciones y de la sociedad. Y esto es una propuesta mística, no una endeble actitud devocional. Una aventura espiritual que implica un cambio de mentalidad, una “metanoia”, una conversión. No basta ser devotos de la paz. Hay que ir hasta las últimas consecuencias. Dar un salto en el vacío. Que eso, ni más ni menos, es la mística.

Existe, por ende, un ascetismo de la paz, que lleva a transformar estructuras mentales y emocionales, morales y éticas, si verdaderamente se quiere lograr la paz. Por eso, no hay paz sin perdón, sin reconciliación, sin justicia social. Extirpar los odios, la polarización, la sed de venganza, las radicalizaciones, es no solo la última y más dura batalla de una guerra, sino el primero y más difícil combate de la paz.

Si hay, pues, una mística de la paz, también hay una ascética de la paz, entendida la ascesis como un proceso de purificación en dos dimensiones: una que -para hablar en el lenguaje de san Juan de la Cruz- es noche oscura del sentido, que transforma las actitudes; y otra, la noche oscura del espíritu, que implica disponibilidad para renunciar a una mentalidad que impida el trasiego personal y colectivo hacia una sociedad pacífica.

La noche oscura de la paz lleva a bordear la tentación de la desesperación y la desesperanza, de la venganza, la retaliación y la desconfianza. Tentación que hay que enfrentar con la práctica de unas virtudes típicas del posconflicto, como el pluralismo, el respeto por la vida, el perdón, la reconciliación.

En una ascética y una mística de la paz, siguiendo a san Juan de la Cruz, la noche oscura del espíritu llevaría a una purificación (noche) del entendimiento por la fe, de la memoria por la esperanza y de la voluntad por la caridad. Lo que traducido puede enunciarse así: en la noche del entendimiento, hay que acrisolar el concepto y la vivencia de la paz, pues si no creemos en ella, nunca la conseguiremos; en la noche de la memoria, se purifica el pasado y se redime el odio con la esperanza, que es virtud de futuro; y en la noche de la voluntad nos despojamos de todo lo que alimenta la confrontación e impide la reconciliación. Nada más ni nada menos que una noche oscura. La noche oscura de la paz.