Columnistas

Las palabras (En el día del periodista)

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13 de febrero de 2016

Entonces pensé que lo mejor era celebrar el Día del Periodista en silencio. Callado. Solo. Solitario. La esencia de una vocación no se suele apreciar y saborear sino en el ocaso, solitario, sin palabras.

Corrijo: hablando de la vocación del periodista, con las palabras. Que son la esencia del periodismo escrito, de todo empeño por escribir. El angustioso placer de buscar las palabras, de paladearlas en voz baja, de sentirlas saliendo de dentro, paridas entre el dolor y el goce. Si amas las palabras, todo lo demás se te dará por añadidura. Uno tenso, ahuecado, anhelante y ellas van llegando desde el fondo, golpean las sienes, se pronuncian a sí mismas sin sonidos. Y nacen. Palpitadas en las teclas o deslizadas en los trazos de la pluma.

El placer de las palabras. Hay que centrarse en ellas para escribir o para leer. El que olvida la palabra, el misterioso mundo que cada vocablo encierra, no sabe escribir, no sabe leer. ¿Quieren ustedes saborear las palabras, sentirse poseídos por ellas, naufragar embelesados en ellas? Permítanme, entonces, transcribir esta página de Neruda, llena de puntos suspensivos que son silencio, asombro, arrobamiento, éxtasis. Que sea mi homenaje tardío en el Día del Periodista, a las palabras, que hacen que el periodismo exista.

“Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo cuando van zumbando, las atrapo, las limpio, las pelo, las preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz, que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron las palabras”.