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Mercar

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19 de mayo de 2018

En medio de la tragedia que hoy vive el departamento y frente a tanta incertidumbre y dolor, nos quedan la solidaridad, la lealtad y la certeza de los pequeños gestos, a cada uno de los héroes que lucha por ganarle al agua, mi abrazo solidario.

Nada como una plaza, o una plaza de mercado, ese espacio que actúa como el corazón de pueblos, barrios, veredas o ciudades; las de mercado algunas veces se desarrollan al aire libre o en edificios de belleza o arquitectura increíble como los de Lorica y Honda en nuestro país y tantos otros en todo el mundo; inolvidable resulta una visita al mercado indígena de Chichicastenango en Guatemala o al Mercado de las Brujas en La Paz, recorrer la plaza de La América o la de Flores en nuestra ciudad reconforta, lástima que la movilidad impida hacerlo con más frecuencia.

En mi infancia montar las canastas al carro y salir a mercar a la plaza era una rutina inolvidable, después, cuando pretendí cocinar y quise preparar alguna rareza que involucrase hierbas o vegetales extraños, se hacía inevitable “bajar” a la Plaza de Flores y acudir donde Anita, que amorosamente traía de su cultivo la más olorosa de las albahacas y cualquier otro encargo. Con un amigo agricultor vendí arveja en Corabastos, negocio millonario pero duro, amanecer amargo entre largas filas de camiones que buscaba arrebatar unos justos pesos al despiadado intermediario.

Hace treinta años el exalcalde Juan Gómez Martínez decidió de manera visionaria acercar nuestros pequeños agricultores (no olvidemos que Medellín es 70 % rural) con la comunidad urbana y creó los Mercados Campesinos, que han sobrevivido y no paran de crecer. Una vez a la semana 20 puntos de Medellín se convierten en plazas de mercado alternativas, acercarse a ellas es un hermoso ritual, que por fortuna aumenta, extranjeros y jóvenes son clientes asiduos, convencidos de la importancia y el respeto hacia el producto hoy muchos entendemos que comprándole al vecino y consumiendo los frutos de la tierra cercana, ayudamos al medio ambiente y así entramos en la práctica del kilómetro 0, que busca evitar desplazamientos largos para disminuir emisiones y rescata y valoriza productos que las grandes superficies ignoran; estimula el trato justo al eliminar intermediarios y busca que el agricultor reciba un precio adecuado; eso se llama equidad. Estos mercados son la mejor manera de conservar saberes que de otra forma la industrialización y las supuestas “buenas prácticas” de los entes de control sanitario están haciendo desaparecer; arepas hechas a mano, quesitos envueltos en hoja de bijao y tantas otras delicias de la cocina local serán solo un recuerdo si no se promueve este tipo de iniciativas.

Gracias por mantener este proyecto que crece a más de dos dígitos anuales, un espacio que me acerca al otro y me ayuda a entender y dimensionar el territorio que habito. Al conocer y respetar el ingrediente valorizamos a quien lo produce, esta es una idea que visibiliza al que está en el campo y alimenta más que mi cuerpo, el espíritu.