Náufragos
Me siento ante el computador con la intención de dedicar este primer artículo del año al tema del medio ambiente. Pero no logro concentrarme. Se apodera de mí una extraña sensación de estar perdido. Es una mezcla de ahogo físico y tristeza en el alma. La nostalgia de los desterrados, la angustia de los náufragos.
Pared de por medio la ciudad se arrastra y serpentea. Es un ruido que entra a borbotones. Termino metido dentro de este ruido viscoso que ya no se oye sino que se siente, como pegado a la piel. Se escuchan los gritos, las voces, las prisas, las carreras. Motos y carros escarban inclementes las calles y arrastran por el asfalto sus gemidos metálicos. Ruido, ruido, ruido. Día y noche. Todos los días, todas la noches. Y uno ahí en medio, como un pelele llevado y traído, manteado entre el jolgorio y la batahola.
¿Dónde está la soledad, dónde el silencio? ¿En qué recodo de mí mismo refugiarme para no dejar de ser hombre, para palpar, aunque no sea sino fugazmente, las tenues raíces de la paz interior, de la serenidad?
Pero el ruido, amigo lector, no es el único problema que mina lentamente sus nervios. A su alrededor todo parece batallar contra la integridad de la vida. El aire está enrarecido, sucio. No se puede respirar. Usted siente que una capa pesada lo aplasta contra el suelo. El calor es cada vez más atosigante. Falta aire en este zoológico de seres enjaulados en que se han convertido las urbes modernas. Se acabaron las fragancias, los aromas elementales. Hiede. Se amontonan las basuras, los residuos industriales mataron los ríos. El hombre se ha ido construyendo su propia cloaca. Como los animales en cautiverio, han acabado por regodearse en su propio excremento.
Se podría huir, buscar el paraíso perdido. Pero la naturaleza ha sido mancillada irremediablemente. Ya no existe el paisaje. Han talado los montes y el verde mustio de los campos ya no significa esperanza. Para desterrar los fantasmas hemos inventado una ficticia arcadia de fines de semana o de vacaciones de fin de año, a las que llegamos arrastrando, como un tarro amarrado a la cola de un perro, todos los vicios de la cultura moderna. Y regresamos más tensos, más neuróticos.
Lo que hay en el fondo de este medio ambiente deteriorado es un ser humano cansado y enfermo. Es a ese hombre al que hay que recuperar. La ecología por la ecología puede llegar a ser un sueño inútil. La fórmula es cantar a la vida, aun en medio del naufragio. Porque la vida es la única que es capaz de hacer renacer la naturaleza. Es la mirada del hombre la que hace brotar el paisaje. Las ganas de vivir, las que reconstruyen las ruinas de este reino de los hombres. Créanme. A los náufragos hay que creerles.