Columnistas

Obra en filigrana

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26 de septiembre de 2018

Si el ministro de hacienda, Alberto Carrasquilla, salió bien librado del debate efectista y taquillero que le hizo en el Senado el congresista Jorge Robledo, quien no pudo sacarlo a sombrerazos de la cartera de las finanzas, dudamos que corra la misma buena suerte en su pretensión de castigar más a las clases medias colombianas gravándoles con más Iva a la canasta familiar.

Su antiguo patrón y jefe del Centro Democrático, Álvaro Uribe, ya le notificó en forma terminante que, “su partido no apoyará el Iva a la canasta familiar, porque aunque digan que el valor del impuesto se lo pueden devolver a los más pobres, la que queda afectada es la clase media”. Más claro no canta un gallo.

A esta tajante -y esperamos que inapelable- declaración, se unió el conservatismo, el otro partido de la coalición de gobierno. Por boca del senador Barguil anunció su desacuerdo con tan injusta propuesta ministerial. Y como para no quedarse rezagado de la sentencia uribista se montó en el mismo coche, a nombre de lo que va quedando de liberalismo oficialista, el expresidente Gaviria. Proclamó su oposición a esta afrentosa iniciativa.

En buena hora encuentra dolientes en el Congreso esa clase media que sostiene los sistemas democráticos y contribuye como fiel de la balanza al equilibrio y permanencia del Estado de Derecho. Tendrá entonces el ministro Carrasquilla que derrochar imaginación para buscar otros recursos que tapen el hueco fiscal heredado del derrochón gobierno Santos. Detectar otros sujetos gravables que hoy poco aportan al fisco y que a través de la evasión y la elusión hacen permanente festín de sus altos ingresos y patrimonios.

Pero no solo la manifestación de Uribe pone en dificultades al ministro Carrasquilla, sino que ensombrece su panorama el mismo Contralor General. Dice que el presupuesto para la paz aforado en 130 billones de pesos para distribuirlo en un tiempo de 15 años, es insuficiente. Calcula que se requieren 76 billones de pesos más. Vaticinio que adquiere mayor gravedad ante la declaración del presidente Duque frente al delegado de la ONU, a quien le confesó sin tapujos que el país no cuenta con los dineros suficientes para cumplir con el posconflicto.

Con semejantes rotos fiscales y tamaños compromisos financieros firmados en Cuba, ¿cómo va a responder el país? ¿Caerá en nuevas frustraciones ampliamente peligrosas para que se expandan más las disidencias de las Farc que hoy, asociadas con bandas delincuenciales están creando desasosiego en muchas regiones colombianas? ¿Acaso con la reforma tributaria anunciada, y bajo el supuesto que se castigue a las clases medias y a los empleados de nómina -chivos expiatorios de la voracidad alcabalera- será posible tapar tantos huecos financieros y fiscales y cumplir con todos los generosos compromisos firmados en La Habana? Lo dudamos.

El desafío para este gobierno es inmenso en materia económica. Tiene que hacer una obra en filigrana para, por un lado, no caerle a la misma base de contribuyentes que no aguanta más tantas cargas impositivas y, por el otro, conseguir recursos para evitar que la subversión vuelva a colmar de dolor ciudades y campos colombianos.