Para leer en voz alta
Cada loco con su tema. O cada “biato” con su santo de devoción. Dado que mañana, 15 de octubre, es el día de Santa Teresa de Jesús (1515-1582), no resisto la tentación de dedicar esta columna a la gran mística carmelita española, quien es además doctora de la Iglesia, una de las grandes cumbres del catolicismo y gloria de la literatura española. Una autora que tarde o temprano hay que leer. Sea para saciar la sed interior que, querámoslo o no, a veces nos consume (aun sin saberlo), sea para el disfrute literario y para aprender a hablar y escribir en español.
Lanzo una primera hipótesis. Aunque la lectura en voz alta ha ido perdiendo vigencia, creo que hay escritores que deben ser oídos. Y, a mi juicio, si algún autor debe ser leído en voz alta es precisamente Santa Teresa. Ella escribía como hablaba. Leerla es conversar con ella. Sus obras, en el simple plano literario, son un documento incomparable de la lengua que se hablaba en Castilla en el siglo XVI.
Su estilo es coloquial, de conversación. No tiene preocupaciones gramaticales. Es desmañada y descuidada. Escribe a vuela pluma, sin tiempo para corregir. De ahí su espontaneidad, su sencillez, su vitalidad. No expone tesis teológicas, no sistematiza, sino que simplemente charla con el lector. Empieza a escribir (ella, mujer, en medio del machismo antifeminista de la época, más aún en el ámbito católico español del siglo XVI) a los 47 años, sin más preparación que su afición a la lectura. En su juventud devoró con pasión libros de caballería, y una vez en el convento, libros espirituales, libros piadosos que se decía entonces. Y escribe porque se lo mandan, en medio de sus viajes de fundadora, entre enfermedades y dificultades de toda índole.
Su primer escrito es el Libro de la Vida. Es, digamos, una autobiografía espiritual, casi como una teología autobiográfica o, mejor, una biografía teológica. No solo en el Libro de la Vida, sino en todas sus obras, Teresa es una especie de novelista de Dios. Narra, cuenta lo que pasa entre ella y Dios. Ahí radican el asombro y el encanto de la experiencia teresiana. Dios como vicisitud diaria, como angustia y alegría cotidianas. Que eso, en el fondo, es la vida de todos. Y eso, digo yo, es la mística.
Dios se hace saga en los libros de Teresa de Ávila. Un Dios presente a cada instante en la vida de una mujer. Un Dios que palpita en su pluma, que se enreda en el polvo de sus sandalias que recorren los caminos de España; un Dios hecho búsqueda, lucha, escarceo, angustia, placer, éxtasis; un Dios confundido con los problemas de la época, con los personajes de la época, con los pecados y las virtudes de la época. Azorín dice que “Vida” es el “libro más hondo, más denso, más penetrante que existe en ninguna literatura europea”.