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Reconocer

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14 de octubre de 2017

Viajar es quizás uno de mis placeres favoritos, cada uno a su manera busca devorarse el planeta, bien sea de manera virtual o recorriendo miles de kilómetros y compartiendo en redes su experiencia, hace un par de años realicé en compañía de un grupo de amigos un paseo inolvidable, nos fuimos a La Guajira a conocer ese fragmento de Colombia que como cada uno de sus departamentos, es una Caja de Pandora, el viaje significó descubrir con nuestros propios ojos ese oximoron que dice que somos un país rico pero pobre, me sorprendió de La Guajira la inmensa cantidad de plástico arrojado al piso, él vuela, se enreda en esos matorrales, deambula por ahí, es la epidermis de esa tierra ya yerma y seca, La Guajira es un enorme espacio vacío y carente de mucho, por allá las normas son bien distintas y casi todo tiene apariencia surreal, pero ese espacio sobrecogedor, más que un territorio es un lugar del alma, su belleza dura y austera asombra y resulta tan distinta de la nuestra, prolija y repleta de verdes, estar allí conmueve y nos hace entender que somos un país profundamente desarticulado, donde nos desconocemos entre hermanos, falta reconocernos.

Ese viaje volvió a mi memoria a propósito de dos lecturas, la de la novela Criacuervo, publicada por la editorial Angosta y escrita por Orlando Echeverri Benedetti; fascinante me resultó la historia de estos dos hermanos berlineses que tratan de resolver su pasado y una vida que se encuentra dividida, entre otras cosas por la distancia y por el amor que ambos sienten hacia la misma mujer, extraña historia la de este nadador dopado y su hermano, que terminan encontrándose para tratar de reconocerse en La Guajira, donde uno de ellos vive. La otra lectura que me hizo recordar esa tierra que tengo anclada en mi memoria, fue el hallazgo de una noticia de esas que reconforta. Insistentemente se habla hoy de que los consumidores preferimos historias, experiencias y recuerdos a cosas, privilegiamos memorias a haberes, decía en el diario Portafolio el gerente de un centro comercial de Bogotá, que desde el año pasado habían decidido apagar las luces de Navidad para honrar esas fechas, que son para compartir y dar al prójimo, contra todo pronóstico y aún ante el temor de sus comerciantes, comprobaron que no son solo las luces navideñas las que jalonan el consumo, pues a pesar del cambio, las ventas crecieron un 8 %, ¿por qué decidieron dejar de alumbrar el centro comercial?, porque quisieron ayudar a tres comunidades de La Guajira que lo necesitan todo, los 300 millones de la decoración y los 30 de consumo de energía benefician hoy a los Onolaulia, los Totopauna en Manaure y los Sichichón de Riohacha, ¿los había oído nombrar? Yo tampoco, huertas, suplementos alimenticios y una torre para tratamiento de agua son las mejoras que han llevado allí.

Las imágenes fotográficas de La Guajira adornaron el centro comercial, este año lo harán los productos de las comunidades, estas historias reales, estas experiencias han conmovido más al comprador que las luces y los villancicos, porque no se trata de dar lo que nos sobra, sino de compartir lo que tenemos, resulta fácil cuando reconocemos al otro.