Columnistas

Reformas ahogadas

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19 de diciembre de 2018

No ha corrido con suerte, en estos primeros tres meses largos de su mandato, el presidente Duque. Tal vez su poca experiencia política, dada su juventud, lo ha llevado a imprevisiones que le han costado caro, no solo para su agenda de gobierno, sino en su imagen de acuerdo con las últimas encuestas de opinión.

Su precipitada reforma tributaria, que se la despedazaron en el Congreso, el lánguido hundimiento de la reforma a la justicia, y la caída en la reforma política de las listas cerradas, son evidencias de la inexperiencia para lograr consensos políticos que conduzcan a la aprobación de sus propuestas de gobierno.

De la reforma tributaria original queda poco. Los 14 billones de pesos, faltante del presupuesto para la próxima vigencia, se redujeron a siete. El ministro Carrasquilla, buen economista pero sin sensibilidad y manejo político para ambientar y crear pedagogía tributaria, quedó frustrado. La reforma estructural que se esperaba, degeneró en reforma coyuntural que precipitará al país a que antes de finalizar el actual cuatrienio, tenga que tragarse una nueva iniciativa impositiva, que hace perder la confianza de los ciudadanos.

La reforma a la justicia abortó en su periodo de gestación. La ministra del ramo, quien debe ser una autoridad en derecho, careció de habilidad política para convencer de sus bondades al Congreso. Naufragó como proyecto de reforma moderna, eficaz, inaplazable, en un país en donde la credibilidad sobre la justicia ocupa el último lugar de confiabilidad en las encuestas de opinión. Sigue siendo un país que anda de gancho con la impunidad por estar tan cojo en su sistema institucional judicial, ese elemento básico de toda nación para que sea respetable y funcione en democracia, orden y libertad.

De la reforma política se ahogó su espina dorsal, cual era la resurrección de las listas cerradas. El voto preferente queda vivo y coleando. Ha sido un nido de corrupción para el surgimiento de microempresas electorales y la filtración de dineros calientes para financiar campañas “non sanctas”.

Afortunadamente el gobierno ha anunciado para comienzos del año entrante un encuentro con los partidos políticos para buscar consensos que lleven a la formación de una sólida coalición. Que introduzca a su modelo de gobierno la inclusión al gabinete de representantes genuinos, además de probos e idóneos, de los partidos que lo apoyan. Que sean ministros con hábil manejo político para lograr consensos transparentes que venzan las viejas marrullas –sin potes de mermelada que indigestan– de congresistas chantajistas y pedigüeños. Ya hay ministros prematuramente agotados como aquellos fusibles, según el viejo López Pumarejo, “que es necesario cambiar cuando se funden”.

Duque es un hombre joven, brillante, desprovisto de espíritu pendenciero, sin asomos de manzanillaje, que escucha y quiere cancelar las polarizaciones creadas por el mañoso gobierno anterior. Su pacto de nación para el progreso económico y la equidad para cerrar tantas brechas sociales, necesita tiempo. Confiamos y esperamos que en lo mucho que resta de su gobierno, y al culminar su gestión, pueda pasar a la historia como un gobernante moderno, respetable, que supo interpretar y consagrar los anhelos de las mayorías colombianas.