Columnistas

Rezar por la paz

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22 de julio de 2017

Fui donde el padre Nicanor, el 16 de julio fiesta de la Virgen del Carmen. Tuvo su encanto la misa, dicha allí, en la sala de la casa, ante el altarcito que armó Mariengracia. Una misa humilde, casi susurrada ante sus dos únicos parroquianos, la sobrina y yo. Nos pidió que encomendáramos una vez más a la Virgen del Carmen la paz de Colombia, “ahora que todavía está fresquita” y rezáramos para que no hubiera más violencia desde ninguna trinchera. Cuando Mariengracia salió para la cocina a traernos un tintico, me atreví a decirle, aun a riesgo de que se enfurruscara, que estaba predicando en el desierto.

-Vea, sobrino, no empiece con sus indirectas. Yo sí creo que la devoción popular a la Virgen del Carmen puede y debe ayudar a conseguir la paz, a acabar con la violencia, a que nos convenzamos de que violencia y cristianismo no se compaginan, que son dos contrarios de imposible coexistencia en un mismo sujeto. Si se es cristiano, no se puede aprobar ni ejercer la violencia.

-Pero, padre, uno sabe de católicos practicantes y que se ufanan de pertenecer a la Iglesia, pero que no solo aprueban sino que aplauden complacidos muchas de las muertes violentas que ocurren en Colombia.

-Muy triste, hijo, así como es un escándalo que no obstante contradecir todos los principios éticos, morales y espirituales del cristianismo, muchos justifiquen la justicia privada, la criminalidad, la muerte y las desapariciones, la persecución para quienes piensan distinto, etc.

-Una aberración, tío, llena de etcéteras.

-Una aberración, hijo, que busca echarle agua bendita a un integrismo fanático, si es desde la derecha; y que busca también, si es desde la izquierda, la bendición para su fanatismo revolucionario; y si desde la delincuencia común o el narcotráfico, con la desfachatez de quienes dizque se persignan antes de disparar contra el hermano o van al templo para cohonestar con la práctica externa la conculcación del principio básico de respeto a la vida que predica el Evangelio.

-Al fin le reventó, padre, el sermón. Me gusta ese tono suyo de predicador.

-De pronto, como alguna vez me dijo el padre Lalinde, a los curas viejos, como escribíamos los sermones y nos los aprendíamos de memoria, se nos quedaron encerrados en el alma y, en el momento menos pensado, salen volando como palomas.

-Palomas mensajeras, tío. Porque sus palabras están cargadas de mensaje, sin duda.

-Pidámosle a la Virgen del Carmen que nuestro pueblo, tan devoto de ella y del escapulario, se convenza de que no se puede ser católico y al mismo tiempo propiciar o cohonestar la violencia. Ninguna violencia.

-Yo no sé, tío. El mismo escapulario en el pecho de la víctima y en el del victimario... Un escándalo.

-No te escandalices, muchacho. Tal vez de esa contradicción brotará el milagro. También en la paz, debe ser un mismo y único perdón el que anide en el corazón de los enemigos enfrentados. De los enemigos “pacificados”. Hay que rezar por la paz y para que no haya violencia