Columnistas

Santa Teresa y el Quijote

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22 de octubre de 2016

Empiezo haciendo una aclaración: Santa Teresa no fue beatificada en 1515, año de su nacimiento, como apareció en lamentable errata de la columna anterior, sino el 24 de abril de 1614 por el Papa Paulo V. Ese año escribió Cervantes el poema de homenaje a la santa, que apareció en 1615, año de publicación, valga recordarlo, de la segunda parte del Quijote.

Ciertamente no se puede afirmar que Cervantes haya conocido en vida a Teresa de Jesús, pero es innegable el vínculo que los libros de caballerías crean entre la “fémina inquieta y andariega”, como llamó el nuncio del Papa a la autora inmarcesible de “Las moradas” y “Las fundaciones”, y el genio, también inmarcesible, que se ingenió al Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. No es un tema novedoso, por supuesto, y ha sido ampliamente tratado por los estudiosos de nuestros dos clásicos.

Escribe Teresa en el capítulo 2 de “Vida”. “Era (mi madre) aficionada a los libros de caballerías y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo lo tomé para mí, porque no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos... De esto pesaba tanto a mi padre que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; (...) y parecíame no era malo con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan extremo lo que en esto me embebía que si no tenía libro nuevo no me parece tenía contento”.

Me gusta leer este pasaje a la luz de los capítulos V y VI de la primera parte del Quijote. Imagino a la joven Teresa en las frías noches de Ávila, furtiva a la luz de un candil, embebida en la lectura de esos libros “malditos” y “descomulgados”, como los tildaron el ama y la sobrina del Ingenioso Hidalgo.

No fueron extraños para la muchacha los títulos y personajes de los volúmenes echados al fuego por el cura y el barbero. “Amadís de Gaula” (del que se hicieron más de treinta ediciones en el siglo XVI), “Florisandro”, “Oliveros de Castilla”, “Palmarín de Oliva”, etc. Es casi seguro que Teresa leyó “Las sergas de Esplandián”, pues hay un pasaje que lleva a ser relacionado con el famoso retrato que Teresa hizo de san Pedro de Alcántara, quien era tan flaco que, según ella, “no parecía sino hecho de raíces de árboles”.

Hasta un libro de caballerías, cuenta su primer biógrafo, escribió al alimón con su hermano Rodrigo. Pero habrá que hablar, quién sabe cuándo, de ello, del lenguaje de caballería en su “Respuesta a un desafío”, de su quijotismo a lo divino, de castillos y moradas, de luchas y conquistas, de sus andanzas de fundadora por los caminos de Castilla, La Mancha y Andalucía, montada en un asno, como el gran Sancho, o en carretas destartaladas, peripecias que ella narra en “Las Fundaciones”, con un estilo que envidiaría el mismo Cervantes