Sobre renunciamientos y otros placeres
Hace semanas que no iba a visitar al padre Nicanor, mi tío. Uno se va cansando hasta de las personas que más quiere y son los viejos, lamentablemente, quienes pagan el pato. Él lo sabe y ha terminado por aceptar la mía y otras ausencias.
-Uno, hijo, acaba por sacarles gusto a los placeres negativos.
-¿Placeres negativos, tío?
-La soledad, muchacho, el aislamiento, el abandono, acaban por convertirse en placeres negativos. Se les saca gusto a las negaciones. Las renuncias se vuelven placenteras.
-Hablemos, tío, de lo que usted llama los placeres negativos. Es una curiosa expresión.
-Pues hablemos. Yo pienso que el progreso del hombre, como persona y como colectividad, se consigue por el sendero del renunciamiento. Y en ello hay indudablemente un placer. Doloroso placer a ratos pero que conduce al gozo de los desnudamientos existenciales, del adelgazamiento espiritual. Hay que irse despojando de apegos y de nostalgias, de querencias y encaprichamientos.
-Ya sé para dónde va usted, tío. Pero a nadie le gusta que le metan la mano en el cajoncito donde guarda, oliendo a alcanfor, a lavanda o espliego sus pequeñas intrascendencias, su mundito de cachivaches sentimentales, sus recuerdos y nostalgias.
-No es por ahí, la cosa, hijo, sino que se trata de la purificación, al estilo de san Juan de la Cruz, que es maestro de desprendimientos y de noches oscuras.
-Entonces la cosa es en serio.
-Claro. El placer negativo no es el rechazo del gusto por algo o de algo, sino que es una desmitificación. Consiste en volver a su dimensión de relativo lo que hemos absolutizado por múltiples razones. O por egoísmo, o por herencia cultural, o por perversión religiosa, o por desviación educativa, o por distorsiones mentales, o porque hemos caído incautos en las trampas de la publicidad y del manejo que yo llamo borreguil a que se encuentra sometida nuestra sociedad.
-Acláreme mejor, padre, esos conceptos.
-El santo carmelita habla de “apetitos” que hay que ir purificando. La renuncia, el placer negativo, no es un desprecio de aquello a lo que se renuncia o de lo que existencialmente se decide no ser o no tener, sino que se trata de no montar a las “criaturas” en el pedestal de lo absoluto.
-Entiendo. No hacer un culto, una religión, un absoluto de algo relativo.
-Así es. Con el peligro de que absolutizar lo relativo lleva al fanatismo, a la intolerancia. Por eso, hijo mío, sácale gusto a las renuncias. Saborea los placeres negativos. Como el de esta soledad en que yo vivo y que tú tantas veces me interrumpes.