Sumergirse en el misterio
Cuando el 16 de octubre pasado el Papa Francisco canonizó a la carmelita francesa Elisabeth de la Trinité, el padre Nicanor, mi tío, desenterró de su biblioteca las obras de la nueva santa y -me cuenta Mariengracia- se la pasa los días y las noches leyendo y leyendo. Apenas llegué me mostró el libro que lo cautiva y desvela. Un volumen blanco y pulcro, muy bien editado, que hojeaba con fruición.
-Mira, hijo, qué bella esta edición en francés de las obras de Sor Isabel de la Trinidad. Recoge todos sus escritos, que tienen un gran encanto leídos en su idioma nativo. Un inesperado tesoro espiritual y místico.
-Pero su nueva santa, tío, no es verdad muy conocida.
-Pues te cuento que su primera fiesta litúrgica se celebrará el próximo 9 de noviembre, día de su muerte. ¿Me dejas que te hable de ella?
-Soy todo oídos, padre.
-Elisabeth Catez Rolland, nació en el centro de Francia en 1880. Hija de un militar, su familia se residenció en 1882 en Dijon, ciudad famosa por su mayonesa, habiendo quedado huérfana de padre a los siete años. Excelente pianista, a los 13, en 1893, ganó el primer puesto como intérprete en el conservatorio de su ciudad. En 1901 ingresa al convento de las carmelitas descalzas allí, en Dijon, hace su profesión religiosa en 1903 y muere tres años más tarde, el 9 de noviembre de 1906, con solo 26 años.
-¿Y eso fue todo, tío?
-Pronto la carmelita, muerta en plena juventud, se fue dando a conocer en ámbitos religiosos, pero también entre laicos. Era una espiritualidad, nueva, fascinante. Su maestra de novicias y superiora publicó en 1909 una biografía titulada “Recuerdos”, que recoge datos, anécdotas, recuerdos y muchos textos de sus cartas.
-Una producción literaria más bien pobre, me parece.
-No lo creas. Para 1980, en el centenario de su nacimiento, y de cara a la beatificación de Sor Isabel, que haría Juan Pablo II en 1984, apareció una edición crítica de todos sus escritos recogidos, que conforman este volumen que te he mostrado, con más de mil páginas: “Cartas” (unas 342), “Poesías” (más de una centena), “Tratados Espirituales” (cuatro escritos breves), “Diario (1899-1900) “Notas íntimas”. Y en esos escritos sin sistematizar, en un tono sencillo, sobrio, sin pretensiones, está contenida la sinfonía espiritual de la pianista de Dijon. Pura música callada.
-Que consistiría, tío, en qué, concretamente.
-Silencio interior, contemplación, vivencia del misterio de la Trinidad, inmersión constante en Dios. Es conocida su oración que empieza: “¿Oh, Trinidad a quien adoro”, y que termina: “Oh, mis Tres, mi Todo, Mi Bienaventuranza, Soledad infinita e Inmensidad en que me pierdo...(O mes Trois, mon Tout, ma Béatitude, Solitude infinie, Inmensité ou je me perds...) ¿No te parece muy bello llamar a la Santísima Trinidad así: “Mis Tres”?
-Volvemos a hablar otro día, padre. Uno, pobre pecador, se marea en las alturas místicas. Usted me perdona.