Columnistas

Tres visionarios

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30 de julio de 2016

Según el diccionario el adanismo es el “hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente”. Los adanistas presumen de ser fuente y origen, al creer que inventan la rueda repiten incesantemente errores superados, el adanista no agradece, pues supone que nada debe, asume que su construcción es suya y que su creación reviste novedad, no sabe que también la historia dará cuenta de sus actos y el tiempo se encargará de olvidarlo, como hace él.

Medellin sería otra sin Colombiamoda, la historia del diseño colombiano también, en 26 ediciones hemos presenciado mucho. Trabajé en Inexmoda bajo el liderazgo de Roque Ospina, Clara Echeverri y Alicia Mejia, fundadores y ya retirados. La noche de inauguración de esta Colombiamoda, que han denominado la semana de la moda colombiana, aunque sea una semana de solo tres días, encendí la TV y me sorprendí al encontrarme con una funcionaria de la compañía, que fue mi compañera, decir más o menos lo siguiente: desde hace cuatro años bajo el sistema moda, que todo lo articula, entendimos que había que salir de los escenarios de Plaza Mayor a habitar la ciudad, por eso hoy hacemos pasarelas en espacios como este, por fuera de la feria. Al día siguiente otro decía ahora salimos para que la ciudad viva y se contamine de moda, queremos una feria incluyente. La historia, parecen no saberlo ambos, es uno de los grandes activos de toda compañía, es menester conocerla. Olvidan que la transformación de Colombiamoda es fruto de procesos que en algunos casos se gestaron hace años, en otros no es así, les cuesta reconocer y agradecer la labor de quienes los antecedieron y presentan como novedad lo que por ignorancia y arrogancia, “sutilmente” olvidan.

Muchos años antes de lo que estos adanistas creen, la feria había ya salido a la ciudad. En algunos parques y plazas se ubicaban pantallas para que los ciudadanos viesen desfiles de figuras y marcas relevantes del diseño como Oscar de la Renta, Carolina Herrera, Loewe, Badgley Mischka o Balmain, y habitaba espacios como las bodegas de la vieja siderúrgica de Simesa, reactivaba el tren y los antiguos talleres del Ferrocarril, ocupaba el orquídeorama del Jardín Botánico, los salones del Country Club, el picadero del Club El Rodeo, los jardines del Club Campestre, coliseos como el de la U de Medellín o el Colegio Cristobal Colón, la Plaza de Toros o Pies Descalzos, construía carpas con árboles en su interior, edificaba plazas de mercado y escenarios de sueño o ponía a caminar modelos por el agua, y creaba cientos de experiencias, que no por ignoradas, dejarán de existir.

Ahí está la historia, que como testigo silencioso se encargará de recordar a tres visionarios que transformaron el país a punto de soñar cuando pocos lo hacían, que crearon niveles de refinamiento y calidad desconocidos por quienes hoy solo buscan réditos comerciales. Qué difícil les resulta a estos funcionarios agradecer y reconocer la obra de tres líderes que cambiaron el rumbo de la historia nacional.